La preeminencia del siglo XVIII

El siglo XVIII representa, sin exagerar, el 70 o el 80 por ciento de lo que queda del conjunto que construyeron los colonos a lo largo de toda la América española.

Hay razones para esta preeminencia: del siglo XVI quedan pocos monumentos. Muchos de ellos y otros muchos del siglo XVII fueron agrandados o enriquecidos en el XVIII. Después, pese a la relativa contribución del neoclásico, puede decirse que la historia eclesiástica se detuvo.

Es lógico que los edificios que sobresalen aún hoy pertenezcan en su inmensa mayoría al siglo XVIII y esto desde California hasta el sur de Chile.

En aquel tiempo, América Central y el Caribe habían prosperado en tal forma que ello repercute en la arquitectura: nuevos palacios urbanos, conventos de ciudad y de campo aparecen como resultado de algunas inmensas fortunas, especialmente las logradas en la explotación de minas. No es casual que Guanajuato, San Luis Potosí, Zacatecas y Taxco sean ciudades enriquecidas por la minería.

En todas esas ciudades se construyen en el siglo XVIII suntuosas catedrales e iglesias. En la Ciudad de México se encuentra una primera oleada que ofrece edificios importantes como el santuario de Guadalupe, La Profesa o el llamado Palacio de la Inquisición.

Más tarde será el momento del Sagrario Metropolitano -al lado de la catedral, como es costumbre-, obra maestra del andaluz Lorenzo Rodríguez (1704-1774), que hace triunfar en él esa pilastra en forma de trapecio alargado que se conoce con el nombre de estípite.

El introductor de esta variante barroca de la columna salomónica fue, en realidad, otro andaluz, Jerónimo Balbás, que lo había empleado en un retablo. Es la época también del magnífico portal de la iglesia de la Santísima Trinidad, del Colegio de las Vizcaínas y de la capilla de Balvanera agregada a la antigua iglesia de San Francisco.

Al norte de la Ciudad de México se levanta entonces el convento de San Martín de Tepotzotlán cuya fachada es de 1760-1762. El templo que se encuentra detrás es anterior en un siglo, pero la fabulosa decoración de retablos gigantescos dorados de arriba abajo, es también de mediados del siglo XVIII.

En fin, el último episodio mexicano del barroco comporta obras como la capilla del Pocito, obra del arquitecto Guerrero y Torres (1792), posible autor también de la iglesia de la Enseñanza (1772-1778).

El resto de México arde en un chisporroteo cuyas mejores luces serán las iglesias de Tlaxcala, las de Oaxaca (incluyendo la catedral), las de Morelia, Guadalajara, Querétaro, Guanajuato (especialmente La Valenciana). Quizá la más armónica de todas sea, sin embargo, la de Santa Prisca (1748-1758), en Taxco, que, aunque un poco anterior, parece resumir las virtudes del estilo.

Es imposible en breve espacio dar cuenta de la profusión de monumentos erigidos durante el siglo XVIII en esa parte de América. Baste señalar la hermosa y proporcionada catedral de La Habana, los conventos de Santa Clara, de las Capuchinas y la Universidad, en Antigua.

Hay siempre otra arquitectura paralela y «espontánea» que ha servido para construir iglesias, capillas y millares de casas cuyo origen puede remontarse a modelos andaluces o nórdicos de España, según sean abiertas sobre patios y galerías o concentradas y provistas de balcones protuberantes para protegerse del clima. Este fenómeno se volverá a encontrar también en América del Sur.

historia del arte
Iglesia de San Cayetano, en Guanajuato (México). Detalle de la fachada de esta iglesia, también conocida por La Valenciana, nombre de las minas de oro y plata que tuvieron su auge productivo en la segunda mitad del siglo XVIII.
Decididos a dotar a la población de un templo tan rico como las minas, sus propietarios iniciaron su construcción en 1775 sobre un crestón de la veta madre, utilizando piedra rosa de una cantera cercana. En 1788 concluyó esta obra, digna representante del arte churrigueresco.

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