Historia del Arte

El origen de la arquitectura

¿Cuándo construyó el hombre por primera vez? ¿En qué momento dejó las guaridas que le ofrecía la naturaleza para dedicar su esfuerzo a la formación de un refugio propio? O, más allá de la necesidad de cobijo, ¿por qué amontonó piedras sobre una tumba o levantó monumentos a sus dioses? Sabemos que el hombre construye desde hace más de 5.000 años. El hombre del Neolítico levantaba dólmenes y menhires con una intención que permanece aún oscura, pero con un sentido que podemos entender, el sentido mágico de la vida que dominaba a los hombres que llamamos primitivos.

También los animales construyen: los nidos de algunos pájaros parecen estructuras arquitectónicas complejas; las galerías del topo recuerdan laberintos. Pero mientras que el animal simplemente resuelve con sus construcciones la subsistencia, el hombre busca con las suyas, además de la comodidad, el dominio de las fuerzas de la naturaleza y del destino: la llamada de las lluvias, el aplacamiento de los vientos y la supervivencia ante la muerte.

Las primeras construcciones fueron de naturaleza mágica; más tarde, el sentido simbólico fue adueñándose de la arquitectura. Un objeto mágico es idéntico a aquello que representa: sus esencias se confunden. El amuleto no es signo de poder, sino el propio poder. Posiblemente el menhir se confundiera con la misma divinidad solar. El símbolo, en cambio, suple la ausencia de aquello que simboliza y suele serlo de alguna cosa lejana, sobrenatural o divina. La Edad Media sabía que sus templos no eran la casa de Dios, pero intentaban representarla. En Egipto, el sentido mágico y el simbólico se entrecruzan; su arquitectura se levanta hacia sus dioses y en torno de la muerte.

Las pirámides, quizás abstracciones de montañas, ponen su solidez como obstáculo a la huida del alma del muerto, que encuentra en ellas su tumba y su resurrección. Son moles poderosas que no intentan impresionar, sino resultar inamovibles: la base de la pirámide de Kefren, construida hace más de 4.500 años, es un cuadrado de 215m de lado, y su altura alcanza los 143m. Las columnas de los templos egipcios son abstracciones vegetales y soportan techos donde se pintaban representaciones de los astros nocturnos: cubiertas de estancias que simbolizan la noche; pórticos descubiertos que evocan el día. También los griegos, pintando de colores algunas piezas de los órdenes, evocaban y representaban las fuerzas de la naturaleza; conocían, pues, el carácter simbólico del color como otras tantas culturas. La primera columna de capitel corintio, labrada en un templo perdido en la región montañosa de Arcadia hacia el año 420 aC., tuvo sin duda un sentido simbólico: representaba la idea de la muerte.

La arquitectura también cuenta con orígenes míticos, no cifrados en el tiempo, fusión de recuerdo y fantasía. Babel es el edificio de ejecución imposible que se ha convertido en símbolo de utopía arquitectónica. El templo de Salomón, cuya fama se debe precisamente a su destrucción y no a su construcción, simboliza la morada divina. El hecho de no haber dejado rastros de su pasado ha convertido ese templo en objeto de constantes especulaciones sobre su apariencia. Otra forma de arquitectura de la que hablan los mitos griegos es el laberinto, construido en Cnosos para esconder al monstruoso Minotauro; su artífice, Dédalo, representa al primer arquitecto.

El laberinto es una forma de arquitectura que conduce a la confusión o al placer del juego, guarida de un monstruo o cofre de un tesoro. El laberinto es la expresión del ingenio arquitectónico. Al escritor argentino Jorge Luis Borges le gustaba fabular sobre laberintos y en alguna ocasión propuso el mayor y más perverso de todos ellos: el propio universo como escondite perfecto, como absoluta confusión.

La Troya que describían las narraciones de Hornero se creyó durante siglos mítica, hasta que la tenacidad del alemán Heinrich Shliemann logró desenterrar sus ruinas. En la segunda mitad del siglo XIX, Troya fue convertida en realidad junto con Tirinto y Micenas. Quizá los orígenes más antiguos de la arquitectura están todavía por descubrir, quizá los mitos encierran aún verdades profundas. La preocupación por conocer el momento originario de la arquitectura impulsó a los hombres del siglo XVIII a buscarlo en teorías nutridas por la revalorización de la inocencia y por la nostalgia de la naturaleza, que el hombre civilizado perdía.

El mismo estado de ánimo en el que concibió Rousseau su fábula del «buen salvaje». El jesuita francés Laugier describió minuciosamente la forma de la cabana primitiva en su Essai sur l’architecture (1753). La cabana de Laugier es esencial y simple, pero no es tosca; explica la razón de ser de columnas y vigas de madera, de pórticos y cubiertas, en un tiempo sin datar, rodeada de hombres felices: una «edad de oro» de la arquitectura que constituye el último mito formulado deliberadamente por los hombres.

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«La Torre de Babel» (Pieter Bruegel el Viejo, Kunsthistorisches Museum, Viena) Babel es uno de los orígenes míticos atribuidos a la arquitectura. Su historia es la de un fracaso causado por un exceso de ambición. Sin embargo, simboliza la actitud arquitectónica que ha querido trascender las posibilidades materiales, estableciendo, de esta forma, el mecanismo de la evolución y obteniendo los grandes triunfos de la historia. El levantamiento de las masas arquitectónicas de la torre ha sido uno de los más obstinados empeños de la humanidad. Pero Babel es también una advertencia al hombre sobre la necesidad de adecuar los medios disponibles a la elección de una determinada forma arquitectónica. Los grandes edificios que han sobrevivido al tiempo han sido fruto de esta adecuación de medios, nunca de la ambición irreflexiva.

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