El proyecto y la obra: el papel de la imaginación

En arquitectura es indispensable tener en cuenta el proyecto. La ejecución de las obras es sólo la última etapa del quehacer arquitectónico. Al principio existe siempre un proyecto, concepción mental de la futura obra.

El arquitecto, antes incluso de trabajar con sus manos, dibujando y representando, trabaja con su imaginación, esa facultad de prefigurar algo que todavía no existe, de fabricar imágenes mentales. La arquitectura se enfrenta en este punto con la nada, con el vacío que la precede. La imaginación y la memoria tejen un tapiz de novedad y de recuerdo: las imágenes ya vistas se entrecruzan con las creadas. La conciencia persigue formas recordadas y la inconsciencia ofrece otras sólo entrevistas. Esta fusión de memoria y fantasía es el motor primero de la obra de arte.

Los maestros constructores de catedrales escuchaban los relatos de los cruzados que habían visto Santa Sofía de Constantinopla y explicaban las maravillas de aquel templo resplandeciente. Mientras la imaginación de los constructores se poblaba de luces y brillos, buscando una imagen de aquel templo nunca visto, acudían a ellos otras fantasías: lentamente se formaba la idea de la futura catedral, de la luz de su interior, de la disposición de sus partes.

Cuando los arquitectos del Renacimiento intentaban concebir sus obras según la manera romana tenían que empezar por formarse una idea de aquel pasado ya entonces remoto.

Esta operación quedaba en manos de la imaginación, que fundía y relacionaba datos dictados por las ruinas con datos contenidos en los textos antiguos y con una veneración hacia el pasado que imprimía carácter de sueño a su arquitectura.

Además de la imaginación, otros elementos intervienen en estos preámbulos de la obra: el conocimiento del uso a que se destinará, la idea de adecuación a su entorno, al paisaje, a un tiempo histórico y a una cultura.

También pueden ser elementos configuradores la casualidad y el azar, incluso el capricho, el humor y el estado de ánimo del arquitecto; Leonardo invitaba a los pintores faltos de imaginación a que se fijaran en las formas del azar, como las manchas de las paredes y las figuras de las nubes, a que vieran las imágenes vivas que hay en ellas y empezaran a pintar partiendo de esos modelos.

De todas estas operaciones mentales complejas surge la idea de la arquitectura; más tarde se perfila, se concreta y se emancipa del pensamiento. Otros instrumentos y otras facultades ayudan a la idea a convertirse en obra.

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