Historia del Arte

Hacia la ejecución de la obra

Levantar un edificio, trazar las vías de una ciudad o de un territorio, ejecutar un monumento, erigir torres, allanar terrenos: la actividad de la arquitectura puesta en marcha. Una actividad a veces brutal, a veces delicada, que moviliza hombres, fuerzas, máquinas, industrias: configurar y modificar el mundo es una operación titánica. El proyecto es solamente un fantasma; para que se haga realidad, el arquitecto debe conseguir la construcción de su sueño, debe especificar todos los detalles posibles, el orden de ejecución de las distintas operaciones, debe verificar la solidez estructural y hacer frente a los imprevistos.

La puesta en obra ofrece nuevas preguntas; el curso de la ejecución sugiere cambios beneficiosos al proyecto. Escribió Adolf Loos, arquitecto vienes, a principios de siglo que el arquitecto debía indicar con un gesto la altura del antepecho de una ventana frente al espectáculo real que ésta ofrecía. Loos criticaba así a aquellos arquitectos que solamente tomaban decisiones desde su mesa de dibujo, ignorando las sugerencias de la obra. El proyecto concluye en la obra. El trabajo del arquitecto concluye tras conocer el poder de organizar grandes fuerzas. Es el final apoteósico de la arquitectura.

Después queda la obra sola y perdurable; sobrevivir largamente a su autor y a los hombres que hicieron posible su construcción es una de las características esenciales de la arquitectura. Tratemos de imaginar la construcción del Partenón; hace casi 2.500 años, Ictino debía de recorrer la colina de la Acrópolis de Atenas dando instrucciones a los hombres que movían trabajosamente las piedras y a los que las labraban.

Las arquitecturas más bellas han significado grandes esfuerzos. Las técnicas más novedosas se pusieron en juego para construir la torre Eiffel, monumento a las modernas estructuras metálicas. Vivir el ambiente constructivo imprime carácter a la obra de muchos arquitectos que han surgido de familias de artesanos de la construcción y han aprendido antes el oficio que la teoría; Mies van der Rohe, hijo de un albañil y cantero, nunca olvidó el conocimiento profundo de los materiales y su enseñanza: para la construcción del pabellón de Barcelona escogía las piedras tras la observación detallada de la rotura en lajas, producida por el golpe del cantero. La realidad supera a la ficción, es más rica en matices. La obra de arquitectura ensombrece con su brillo al proyecto.

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