Historia del Arte

La adecuación a la era industrial y la valoración de la subjetividad

En el año 1844 un ferrocarril atravesó a toda prisa la superficie ilusoria de un cuadro de Turnen el cuadro se titulaba Lluvia, vapor y velocidad. Los caminos del desarrollo técnico y del arte se cruzan en el siglo XIX, pero la técnica, acelerada su carrera por las necesidades surgidas con el nuevo siglo, no se detuvo y dejó atrás al arte, que marchaba despacio, cargado con el peso de la historia y de la tradición.

La arquitectura no podía absorber todos los conocimientos que desarrollaba la técnica, ni tenía la fuerza suficiente para poner en marcha el laborioso engranaje de los órdenes y del clasicismo, junto con el uso de nuevos estilos históricos; tampoco podía responder a la multiplicidad de edificios diversos que requiere el desarrollo moderno ni a la necesidad de resolver el problema de la vivienda, creado por la población que emigró a las ciudades como mano de obra industrial. El siglo XIX es el gran siglo de la ingeniería, la cual acudió a resolver las nuevas demandas del progreso sin los prejuicios de la vieja arquitectura.

El mundo hormigueaba y aceleraba su pulso. El viaje cambió el pausado ritmo de la diligencia por la energía del ferrocarril, con su aliento de vapor; las ciudades crecieron hasta explotar; se tendieron puentes a la velocidad y se levantaron chimeneas para la industria, y los ríos concedieron su fuerza para impulsar el mecanismo de las nuevas máquinas productoras. El siglo XIX es también el siglo del telégrafo y del manifiesto comunista. Los arquitectos advirtieron pronto el desfase que había entre sus obras y las de los ingenieros. La arquitectura siguió aparentemente cifrándose en términos historicistas, pero la conciencia profunda de los hombres cultos sabía que había llegado el momento de la crítica del pasado y de la búsqueda de una arquitectura nueva. Aunque la conciencia era clara, la tarea resultaba difícil.

En arte, olvidar es todavía más costoso que inventar; la dificultad estribaba, entonces, en desvelar el nuevo rostro de la arquitectura más allá de los estilos del pasado. La intuición opera con mayor rapidez que el análisis; antes que en la teoría, las formas de la arquitectura moderna fueron anunciadas en las libres construcciones de los ingenieros y en edificios aparentemente conservadores, en los palacios de la placentera vida burguesa: teatros, museos, salones de exposiciones y galerías comerciales.

Las estructuras metálicas se dedicaron en un principio a aquellas actividades que necesitaban grandes espacios, prácticos y luminosos: mercados, almacenes industriales, estaciones y puentes para el ferrocarril. Pero las estructuras de hierro atravesaron la frontera de la arquitectura en el palacio de Cristal, construido en Londres para la primera Exposición Universal, en 1851. Su autor, Joseph Paxton, fue un ingeniero y jardinero que estudió las estructuras de los nervios vegetales y que, ocupado en ese asombro, debió de mirar poco hacia el pasado y sus estilos. Esta obra estaba destinada también a la belleza, a provocar la admiración de las gentes, y por esta razón era arquitectura.

La arquitectura representativa, consolidada en la apariencia pétrea y en el uso de ornamentación referido al pasado, también encerraba el germen del cambio de rumbo hacia la arquitectura moderna: la Ópera de París, obra del arquitecto Charles Garnier, inaugurada en 1875, tras catorce años de trabajo, no fue un triunfo del eclecticismo histórico, sino una victoria del resplandor del instante bello. Concurrencia del color, de la luz, del recorrido, donde los órdenes y los elementos decorativos no son más valiosos que el brillo instantáneo del mármol dorado. Más aún, para Garnier, su obra alcanzaba el cenit cuando los asistentes al rito de la ópera irrumpían en el vestíbulo que alberga la escalera de acceso al teatro y añadían a la arquitectura sus risas y su belleza, la presencia inquieta, el crujido de las sedas de sus trajes brillantes bajo el parpadeo de las luces de gas. Sentido estético que prefiguraba el cinematográfico. Garnier no podía saber que Hollywood construiría en 1925 una réplica del vestíbulo a igual escala para la película El fantasma de la Ópera.

El Modernismo fue el último fulgor del lujo asociado a la belleza que vio el siglo XIX, su fiesta de fin de siglo. También en la arquitectura modernista germinó el espíritu moderno, aunque aparentemente fuera una despedida, un movimiento conservador que protestaba, quizá con razón, por el deslumbramiento de la máquina y que proponía una entrega completa del espíritu a la contemplación del lujo inútil del arte.

El Modernismo fue propenso a pactar con la industria un reparto de papeles ofreciendo la colaboración del artista como diseñador industrial. Quizá por eso fue la última vez que una tendencia artística dejó su gesto en una gama tan amplia de elementos del entorno. El art nouveau empapó con su sensualismo decadente desde la arquitectura hasta las botellas de perfume, los carteles anunciadores de cigarrillos y los marcos de los espejos donde se reflejaba la belleza de una vida desesperadamente fugaz. El Modernismo aportó a la arquitectura la posibilidad de dejar de identificarse con los estilos históricos sin dejar de ser ornamentada, incorporando motivos naturales y oníricos, fantasías abstractas y referencias populares, espectros de sus pesadillas y de sus ensueños. Verdad técnica y subjetividad, dos herramientas de la arquitectura que, a principios del siglo XX, ya habían sido experimentadas y estaban dispuestas para la fabricación de formas nuevas.

historia de la arquitectura

Galerái Vittorio Emmanuele II (Milán, Italia) Los cambios en la forma de vida que tuvieron lugar a lo largo del siglo XIX hicieron necesarios tipos edilidos nuevos: mercados, estaciones para el recién nacido ferrocarril, palacios para grandes exposiciones y galerías comerciales. La galería de Milán, obra de Giuseppe Mengoni en 1867, es un e¡emplo de cómo las estructuras metálicas dieron forma a estos nuevos palacios de la actividad urbana y de la vida burguesa. La ligereza y la diafanidad de los espacios cubiertos con estructuras acristaladas desplazaron pronto a la vie¡a arquitectura pétrea-, la nueva estética había aprendido las lecciones de la ingeniería y prefiguraba la imagen moderna de los rascacielos acristalados. En estas obras prácticas del siglo XIX, todavía las nuevas estructuras se conjugan con el sistema ornamental de la tradición.

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