La Edad Media y los símbolos: el sueño de la catedral

El sentido simbólico de la arquitectura culminó en Occidente durante la Edad Media, edad que se interpone entre los dos grandes momentos del clasicismo, la Antigüedad y el Renacimiento. La Edad Media está definida como interludio, como paréntesis, pero no es una unidad. Diez largos siglos medidos en relojes de arena, cantadas sus horas al viento por las campanas de las iglesias y por los rezos de los monjes, siglos sacudidos por invasiones y pestes que despoblaron Europa.

El pensamiento religioso, el cristianismo profundo, es el esqueleto que da consistencia a la Edad Media. Las manifestaciones de suma religiosidad y la permanente formación de herejías son dos caras del mismo mundo medieval: el pensamiento trascendente tiende a ocuparse de regiones que se encuentran más allá de la realidad, enfocando la mirada hacia planos cada vez más lejanos a ella. Este desinterés por la apariencia del mundo hizo caer en el olvido la cultura grecorromana, que tanto había buscado la belleza, y proyectó los esfuerzos de la inteligencia humana en ideales distintos.

Los ideales de la arquitectura medieval están próximos al pensamiento trascendente y al uso de los símbolos camo vehículo de la expresión de lo sobrenatural. El símbolo, en arte, se despreocupa de la imitación de lo natural; para ser eficaz, debe ser concreto y esquemático, se ha de reconocer, transmitir y reproducir con facilidad: una figura de Virgen románica se halla más próxima, en cuanto a la intención, al anagrama de una marca publicitaria moderna que a la pintura de una Madonna de Leonardo. Lo esencial del símbolo es la ausencia de lo que simboliza: la arquitectura de las iglesias medievales es el símbolo de la casa de Dios, evocadora del rigor del infierno en sus puertas y del premio del paraíso en su interior. Para construir este sueño se empeñaron las grandes fortunas de los nobles y de la Iglesia, pero también las míseras pertenencias de los pobres.

Vagabundos y cruzados, viajeros de aquel tiempo, locos y charlatanes, contribuyeron con sus relatos y sus fábulas, y con las noticias de Oriente, llenas de sugestión por el riesgo de las aventuras en Tierra Santa: tremenda fusión de verdades y fantasías. La culminación de este sueño arquitectónico es la catedral gótica, aunque en el siglo XIII, que la vio surgir, ya se había dulcificado el rigor de las condiciones de vida y la radicalidad de los planteamientos religiosos.

El siglo XIII fue una encrucijada de la historia, que ofrecía, por un lado, el nacimiento de un naturalismo nuevo y, por otro, el peso de un pasado estrictamente simbólico. El Gótico, en términos de arquitectura, es una perfecta revolución: rápida, renovadora y victoriosa. El ejemplo de la catedral de Chartres ilustra esta idea: tras el incendio de la vieja catedral, hombres iluminados por el fervor y la inteligencia la construyeron en treinta años, entre 1194 y 1225, desde los cimientos hasta las delgadas agujas de sus torres.

Toda acción fulminante tiene una incubación oculta: la catedral de Chartres utilizó tanto las formas de viejas iglesias como los experimentos arquitectónicos del abad de Saint-Denis, Suger, o las rigurosas propuestas estéticas de San Bernardo, y recogió en su totalidad el casi infinito bagaje de símbolos arquitectónicos que la Edad Media había reunido. El valor de la imaginación no es inventar, sino reunir datos dispersos y de distinta naturaleza.

Al principio, los territorios de la Corona francesa, en su momento de máximo poder, y más tarde toda Europa, vieron cómo brotaban de su suelo las altas catedrales, organizando la imagen de los horizontes y señalando con sus torres las nuevas ciudades florecientes. Casi todas las producciones artísticas suceden en el tiempo al espíritu que las alienta, pero las catedrales se levantaron al unísono con el fervor de sus constructores. Conocemos dos propuestas teóricas del siglo XII, anteriores a la aparición del estilo gótico de Chartres, que nos ayudan a descifrar el tinglado simbólico de la catedral.

La primera es la propuesta de Bernardo de Claraval para la arquitectura de los monasterios de la orden del Císter, a la que pertenecía. La segunda es la que sé materializó en la reforma de la abadía de Saint-Denis, la más próxima al poder de Francia, dirigida por su abad Suger. San Bernardo logró conferir carácter con sus palabras a una arquitectura austera.

Sentía el nacimiento del Gótico y quería frenar su fuerza, que se desviaba de la modestia cristiana. Para San Bernardo, el único camino de salvación era el retiro en el monasterio cisterciense; la ciudad naciente era una trampa de la soberbia. En arquitectura, las propuestas de San Bernardo que influyeron en el Gótico fueron el monolitismo, símbolo de la unidad divina, unidad de materia y forma; la exclusión de las figuraciones fantásticas del interior del templo, y la utilización de números simbólicos para las medidas de los elementos del templo. Pero San Bernardo se aleja del Gótico cuando propone suprimir el color de los vitrales y frenar la invasión de la luz: comedimiento y austeridad; el templo cisterciense simboliza la morada de Dios, pero no debe emularla. Tampoco acepta la fragmentación de la bóveda gótica; sólo las formas monolíticas y continuas tienen para él asociaciones válidas con la idea de la divinidad. Suger, el otro abad, soñaba en cambio con inundar de luz su templo. Dios es luz; su casa debe resplandecer.

Suger reunió aquellos conocimientos constructivos dispersos que permitían levantar el esqueleto de un edificio, un tinglado de nervios de piedra, y disponer entre ellos la fina superficie de vidrieras de colores. La cabecera de la abadía de Saint-Denis, construida hacia 1134, es una estructura diáfana que encierra un espacio luminoso; la perfecta geometría, símbolo del orden del universo, como obra de Dios, es el trazado de su planta.

Con la aspiración de la luz se construyeron las catedrales góticas, aunque no se buscaba el placer de los sentidos en ello, sino la presencia de Dios a través de su símbolo. Era una batalla contra la opacidad de la piedra. Geometría y número expresan concordancias con la creación del universo, con la ciudad celestial descrita en el libro del Apocalipsis: piedras preciosas de sorprendente brillo se entierran en sus cimientos; las torres flanquean las entradas como en la fortaleza del cielo; la cruz de la planta se extiende hacia los cuatro puntos cardinales; la rosa de luz, el rosetón, es símbolo de María. Pero el Gótico es también el naturalismo que nace de nuevo tras la noche medieval: las figuras de la portada de Chartres hacen que la piedra sonría por primera vez después de diez siglos de rigor simbólico; el esbozo de esa sonrisa sella el pasado y abre el futuro.

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El interior de una catedral gótica constituía un ambiente radicalmente excluido de la realidad exterior. Sus muros encerraban un lugar simbólico destinado a trascender el mundo visible y acercar asi al hombre a la idea de Dios. Por la extensa superficie del suelo de la catedral, ba¡o las altísimas bóvedas, se movían los hombres empequeñecidos por la grandeza del espacio. Las actividades que se realizaban en el interior estaban relacionadas con la alegría y con la desolación, con la vida y con la muerte.

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