La envolvente arquitectónica

Los muros de los edificios, o límites del espacio arquitectónico, fueron despojados de ornamentos a principios de este siglo. A partir de entonces, dejaron sentir la voz de la pureza de las formas y de la materia que los constituye. Las sensaciones abstractas y aisladas que provocan los materiales constructivos modernos se encontraban escondidas bajo el oculto laberinto de la ornamentación tradicional.

La arquitectura moderna se ha despojado voluntariamente del ornamento. Planos perfectos o superficies onduladas, frutos de leyes geométricas o de los gestos del capricho, se asocian a sombras proyectadas por otros muros o cubiertas. La ventana como incisión del muro, como vacío contundente, puede recorrer con libertad las superficies aligeradas por la estructura moderna, puede cortar como un cuchillo de lado a lado los edificios: es el lenguaje plástico de la arquitectura moderna. El material que ofrece la superficie arquitectónica es una de las claves de su presencia. La arquitectura moderna dejó de avergonzarse de usar materiales pobres y baratos como el hormigón y el ladrillo. El hormigón, con su superficie áspera y rugosa, es el material que se presenta como acabado en la iglesia de la Tourette, de Le Corbusier. La forma de esta iglesia es simple: un paralelepípedo casi absoluto, de gran altura, donde el material protagoniza en solitario la acción del drama.

Pero el material más característico de la superficie de la arquitectura moderna es el vidrio. Ahora los edificios exhiben con orgullo cerramientos de vidrio, por haber conseguido la estructura diáfana y por los valores plásticos que le son propios: la pureza de la superficie completamente lisa, que ha convertido en monolitos a los rascacielos, y la habilidad del reflejo, que roba su esencia al entorno. El carácter engañoso del vidrio ha seducido a la modernidad sirviéndose de los reflejos de lo más fugaz: las luces de los anuncios luminosos, los faros de los coches, el deambular continuo de los transeúntes y el color del cielo tras el paso de las nubes.

Otro material de la superficie arquitectónica moderna es el estuco, el cual se encarga de que el fondo constructivo pase desapercibido, de uniformar espacios y de confiar la belleza plástica a la forma. Pero éste no ha sido un descubrimiento moderno-, fue un sistema ya usado con destreza en el Renacimiento y en el Barroco. El Renacimiento utilizó el estuco para dar continuidad al espacio; el Barroco, para dejar hablar con retórica al enjambre de sus formas superficiales, al ondulamiento de los muros y a los sistemas geométricos más ingeniosos que accidentan su espacio. También el mármol fue superficie pulida, brillo, reflejo y color, y precedió históricamente al vidrio en la expresión de grandeza; ha sido el espejo de los espectáculos más grandes que han albergado los edificios. Por la afición al brillo, Bizancio llegó a cubrir de oro los muros de sus iglesias.

En los muros de la arquitectura también anida el claroscuro escultórico; en la forma moderna, esta función la cumple el despiece de algún material de superficie, pero tradicionalmente lo había hecho la máscara ornamental. Bajo la lectura de las referencias cultas encontramos la pura forma del relieve que unifica los distintos conceptos ornamentales: las narraciones fantásticas del Románico, el mundo de los órdenes clásicos, o las inspiraciones naturales del Modernismo.

El relieve de la ornamentación se alinea y distribuye conforme a leyes de equilibrio abstracto y no referencia!: se hace denso alrededor de los huecos de la fachada, subraya la superposición de las plantas, hace que prime la verticalidad o la horizontalidad, y explica, o camufla, verdades del edificio. La ornamentación en relieve utiliza usualmente un solo material, como la piedra o el estuco; pero, a veces, recurre a la combinación de varios materiales y colores. Gaudí jugaba con las leyes del azar para tapizar superficies con restos rotos de cerámica, piezas perdidas de un rompecabezas que recomponían combinaciones puramente plásticas.

El significado ornamental consigue, sin embargo, dominar la sensación plástica en ejercicios de narrativa arquitectónica como las portadas medievales, con sus sobrecogedoras explicaciones sobre los castigos del infierno o los premios del paraíso. El mismo sentido tiene la superficie publicitaria que cubre las ciudades modernas y cuyas luces llegan a producir durante la noche sensaciones espaciales falsas, creando lugares ilusorios que el día desvanece.

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Villa Adriana (detalle del muro) (Tívoli, Italia) La cultura de la Roma clásica fue especialmente hábil en el dominio de la técnica constructiva. Utilizó materiales compuestos por elementos granulares o piezas cerámicas de pequeño tamaño, en la construcción de masas murales enormes que formaban la base de los inmensos espacios en los que desarrolló su actividad y su poder. La técnica de los encofrados de muros cerámicos, como la llamada opus reticulatum que se muestra en la foto, y la técnica del hormigón o argamasa eran sistemas que evitaban el desplazamiento de las piedras desde las canteras. La arquitectura romana se vestía después con finas lajas de piedras nobles, inaugurando así el juego arquitectónico que consiste en ocultar la estructura real.

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