Historia del Arte

Las leyes del juego: tratados, normas y academias

Paralela a la idea del clasicismo fue la formación de una normativa para su uso. La continua producción de tratados y códigos desde que el Renacimiento inició la recuperación de la Antigüedad define progresivamente las fronteras entre las que podía moverse la creación artística. El arte teme la libertad tanto como la desea-, sujetarlo a una normativa es ofrecerle, al mismo tiempo, orientación y estímulo. El clasicismo estableció leyes que forzó hasta el límite, exploró sus fronteras y agotó las posibilidades combinatorias de unos elementos finitos. Marco Vitruvio Polion, personaje de la antigua Roma, nacido en Verona hacia el año 70 antes de Cristo, fue arquitecto militar de Augusto y escribió, cuando tenía cincuenta años, el tratado Los diez libros de arquitectura, que probablemente entonces no conoció la fama que habría de alcanzar más tarde, ya que fue el único tratado antiguo que llegó hasta la Edad Media tras un largo letargo en bibliotecas monacales.

Finalmente llegó a las ansiosas manos del Renacimiento y fue elevado al rango de máxima autoridad en la definición de los órdenes y de la arquitectura clásica en general. Se imprimió por primera vez en Roma hacia el año 1486. El tratado de Vitruvio era modélico, pues recogía los más amplios conocimientos sobre arquitectura, especialmente su adecuación a los distintos usos edilicios; la forma de construir los edificios, de acuerdo con la salubridad de los terrenos, la orientación y el clima, e hipótesis variadas sobre el origen de las formas decorativas. Vitruvio debió de ser más práctico que dogmático; fue el Renacimiento el que lo convirtió en dogma.

Los primeros tratados renacentistas intentaban ser más sistemáticos y procuraban hacer compatibles las dos fuentes de información de las que disponían: Vitruvio y las ruinas de la Antigüedad que afloraban todavía en diversos lugares de Italia. Todo aquel que recogía conocimientos sobre la arquitectura clásica trataba de definir cuidadosamente sus elementos con la conciencia de salvaguardar una herencia preciosa pero deteriorada por el paso del tiempo.

Las principales guías renacentistas de arquitectura fueron el tratado de León Battista Alberti De re aedificatoria (Florencia, 1485), obra culta, erudita y racional; el libro dogmático y codificador de Sebastiano Serlio Rególe generali di architettura, iniciado en 1537 y donde determinó el número definitivo de los órdenes, fijándolo en cinco: los tres griegos, dórico, jónico y corintio, y los dos romanos, toscano y compuesto; y las teorías del rival de Serlio, Vignola, quien escribió Rególe dei tinque ordini delf architectura, 1562, profundizando en el estudio de las proporciones que debían mantener los elementos en los órdenes, as tarde, Andrea Palladio recorrió las ruinas romanas con paciente observación y recogió los resultados de este estudio y de su experiencia como arquitecto en la obra teórica I quattro libri dell’architettura, publicada en 1570, y la cual se convirtió en guía de toda Europa.

Otra fórmula literaria a la que fueron aficionados los teóricos renacentistas, porque había sido utilizada por los antiguos, es la narración de vidas de artistas y hombres ilustres, con la finalidad de mostrar su ejemplaridad. Las vidas narradas por Giorgio Vasari en Le vite depiü eccellenti architetti, pittori e scultori italiani, publicada en 1550, muestran a Brunelleschi, Alberti, Leonardo y Miguel Ángel, entre otros, como héroes de una batalla cultural. Otros autores prefirieron la descripción de edificios y ciudades imaginarios, en cierto modo utópicos, para manifestar sus ideas acerca de las posibilidades de la nueva arquitectura. Un ejemplo de esta actitud es el Tratatto dell!architettura, de Filarete, escrito hacia 1460; se trata de un ejercicio sorprendente de «ciencia ficción» en el siglo XV que describe la imaginaria y deslumbrante ciudad de Sforzinda, dedicada a la familia de los Sforza de Milán. Pero la gran afición de la teoría clásica fue la continua reedición de Vitruvio y la tentación generalizada de ilustrarlo, estímulo permanente para la imaginación. Con el siglo XVII, la antorcha de la custodia de la herencia clásica pasó a manos de Francia, donde proliferan tratados y ediciones vitruvianas.

El tiempo transcurrido y el carácter de los criterios arquitectónicos franceses modificaron el espíritu renacentista del tratado y lo abocaron hacia la discusión, la polémica y la crítica. La teoría del clasicismo perdió pasión por la Antigüedad, pero ganó precisión científica. En la teoría francesa del clasicismo fue determinante la influencia de una institución dedicada a la custodia constante del uso correcto de artes y ciencias: la academia. Más o menos institucionalizadas, las academias también se fundaron en Italia, España y otros países europeos a partir del Renacimiento.

Descendientes nominales de la escuela de Platón, en un bosque próximo a Atenas, las academias fueron escuelas de artistas, círculos de debate intelectual, o instituciones oficiales próximas al poder que velaban por la corrección de las obras de arte. Pero el máximo exponente de este tipo de institución fue la Académie française, fundada en 1635, como signo del poder de Luis XIII y Richelieu. La sección de arquitectura se creó en 1672, concediéndose su dirección al arquitecto Jacques-Frangois Blondel. La Académie frangaise fue nido de disputas, discusiones y crítica hacia el Barroco. Tuvo desde su fundación un carácter depurativo fundamental.

Fruto de este ambiente cultural cobijado en la sombra poderosa de la Académie, donde germinaba ya el espíritu de la Ilustración y se sentía el hastío del Barroco, fueron las siguientes obras teóricas: las lecciones de Blondel Cours d’architecture avile, 1675, y las diversas obras de Claude Perrault, hermano del escritor de cuentos y opositor de Blondel. Las obras de Perrault son una traducción comentada e ilustrada de Vitruvio, aparecida en 1673, y la Ordonnance des cinq espéces de colorines selon la méthode des anciens, publicada en 1682.

Al entrar en el siglo XVIII, el espíritu codificador se entregó a la búsqueda de elementos más puros y originarios que los órdenes; nostalgia de los orígenes que denotaba inquietud por la artificialidad del clasicismo y de la que es muestra la obra del abad Laugier Essai sur l’architecture, publicada en 1753. También se invocaban nuevas divinidades, como la Naturaleza y la Razón, inspiradoras de la arquitectura.

A partir del siglo XVIII, el tratado entendido como código cerrado y completo tendió a perder sentido, debido a la diversificación de la práctica arquitectónica, cada día más compleja e inabordable desde la unidad del tratado. Las teorías arquitectónicas o bien se ensimismaron en la experiencia personal y en la propuesta particular, o bien se convirtieron en instrumentos útiles, como la guía de viaje, el diccionario de términos y otras fórmulas que aún nos resultan familiares: el problema fundamental de la crítica moderna consiste en abordar la inmensa extensión del terreno colonizado por la arquitectura. El fin del tratado coincidió con los últimos ejercicios convencidos del clasicismo arquitectónico.

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