Plasticidad y espacialidad de la obra

La impresión que la arquitectura produce en nuestros sentidos al percibirla como un objeto físico es tan poderosa que consigue emanciparse de su lectura cultural. Un edificio es una gigantesca escultura que podemos recorrer y habitar. El gran tamaño es esencial en arquitectura: el mismo espíritu que construye edificios diseña objetos pequeños, pero lo que diferencia al edificio es que no podemos tenerlo nunca en la mano, como no sea en sueños y alegorías; el edificio nos posee, nos envuelve y nos invade, constituye el marco físico diseñado por el hombre, contrapuesto al marco natural que nos fue dado en principio.

La percepción de la arquitectura es fragmentaria y se extiende a lo largo del tiempo; es sugestiva porque nos rodea y nos sale al encuentro, porque no podemos eludir su presencia.

Con objeto de albergar las actividades humanas, la arquitectura es hueca, está constituida por muros y cubiertas que atravesamos y que contemplamos en su doble faz, exterior e interior. Vivimos en el espacio que encierra y recibimos la impresión de las formas de sus muros y de los volúmenes espaciales que delimitan.

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