Técnica y construcción

En el curso de la historia, la arquitectura ha descubierto nuevos sistemas para levantar sus alturas, para aumentar la anchura espacial entre muros y apoyos, al mismo tiempo que ha aprendido a economizar esfuerzos y energía. El avance de la técnica sigue un camino en el que la meta es mayor perfección con menor esfuerzo. Pero este camino no es una línea recta; es una ruta accidentada de logros y fracasos, de descubrimiento y olvido. Si pensamos en qué razones impulsan al hombre a utilizar nuevos sistemas estructurales, o nuevos materiales, tendremos que recurrir al conocimiento de cada momento histórico y de sus ideales estéticos. Del mismo modo que la técnica impulsa el cambio de las formas de arquitectura, el deseo de construir nuevas formas de edificios invita al hombre a idear artilugios técnicos que las hagan posibles.

La imaginación que tiende a proponer empresas nuevas pero no imposibles es el motor de la técnica; la técnica es la inspiradora de la imaginación. La arquitectura ha desarrollado el conocimiento de los materiales y sus posibilidades de manejo y de articulación, y paralelamente ha investigado los sistemas estructurales y su relación con los materiales. Las estructuras de formas continuas y de grandes masas y las reticulares, más ligeras, han ido alternando su uso y su desarrollo; cada una de ellas ha sugerido la utilización de formas espaciales adecuadas.

El conocimiento de un sistema estructural determinado queda a veces estancado hasta que, pasados los siglos, se continúa aquella vía abierta y se lleva a su fin con gran celeridad. Éstos son los hilos que mueven la apariencia, el secreto y el truco de la arquitectura. A partir de combinaciones casi infinitas de las distintas posibilidades estructurales y constructivas, se ha obtenido el inventario histórico. Grecia conoció solamente el sistema estructural que llamamos adintelado, pilares que soportan vigas rectas horizontales. La grandiosidad de las estructuras de los templos se conseguía a base de piedras enormes que se soportaban unas a otras por la ley de la gravedad y por rozamiento. La precisión ornamental se aseguraba labrando las piedras ya encajadas en la obra.

Menhires, monolitos o piedras únicas, y dólmenes, primeras asociaciones estructurales, así como las impresionantes estructuras de las pirámides egipcias y de sus templos, tenían los mismos apremios técnicos que Grecia: el ingenio se esforzaba en encontrar la manera de que los bloques pesados se sostuvieran en pie y un sistema para su transporte desde las canteras hasta el lugar del monumento. El desarrollo de estas técnicas constructivas estaba encerrado en su propia trampa: para asegurar la cohesión estructural era adecuado el uso de piedras de gran tamaño, pero el tamaño que recomendaba la lógica dificultaba el transporte de los bloques y su levantamiento.

En los cuentos, los seres pequeños se identifican con la astucia y suelen resultar victoriosos frente a la fuerza del gigante. El caballo de Troya nos deleita porque esconde las piezas de un ejército; su truco es la multiplicidad de su composición oculta. La sabiduría de Roma consistió en utilizar elementos constructivos pequeños y desarrollar la técnica de la cohesión. Materiales granulares y mortero de cal forman la argamasa romana, un hormigón primitivo que se vertía entre paramentos constituidos por trozos de piedra pequeños y poco regulares (opus incertum), o entre paramentos de piezas cerámicas, barro cocido en forma de ladrillos triangulares o de pequeñas pirámides de base cuadrada que se colocaban con los vértices hacia el interior del muro de argamasa, (opus reticulatum). Estos componentes, concurrían en la obra para formar masas enormes, bases invencibles para la construcción de edificios. Para que la arquitectura romana estuviera dispuesta a colonizar el mundo, hizo falta otra muestra de ingenio estructural: la alianza de estos materiales constructivos con la forma del arco y sus derivados, la bóveda y la cúpula. Esta técnica estructural, que llamamos abovedada, tenía precedentes en Egipto y Mesopotamia.

El espacio tomó las formas más variadas, resultantes de la unión de las figuras geométricas de las plantas y las correspondientes formas abovedadas de las cubiertas. La figura del arco es expresión de economía estructural y permite cubrir espacios de mayor anchura que las vigas rectas. Su comportamiento es más eficaz en distribuciones espaciales de estancias paralelas, que contrarrestan mutuamente los empujes laterales.

Las formas basilicales son herederas de Roma. El sentido común romano llegó aún más lejos, ingeniándoselas para dar a las grandes moles de ladrillo y argamasa una apariencia noble, aplacando la estructura con lajas de piedras de gran riqueza, donde podía invertir las fortunas que ahorraba en la base constructiva. Con esta técnica decorativa se inauguró un viejo juego arquitectónico que consiste en ocultar o mostrar a conveniencia la realidad que soporta el edificio. En el arte hay siempre una parte de ilusión: los romanos superponían delgadas columnas a sus muros, haciendo que se entendieran como mágicas, sustentadoras de espacios que parecían más ligeros a los engañados sentidos. El tiempo, con la ruina de aquellos edificios, ha revelado sus secretos, mostrando una anatomía de masas estructurales y decoración superpuesta.

Pero Roma, olvidó el camino abierto por las estructuras adinteladas hacia el conocimiento de las retículas estructurales: conjuntos de elementos constructivos lineales, pilares y vigas o arcos, entre los que se sitúan las superficies de cerramiento. El Gótico llegó al conocimiento de una estructura marcadamente reticular, pero no lo hizo a través del dintel griego, sino a través de las formas abovedadas. En este punto la técnica sufrió un vuelco: el impulso lo dio el deseo de perforar los pesados muros que la Edad Media había heredado de Roma, y abrir la catedral al paso de la luz.

Las nervaduras de las bóvedas, que quizás habían empezado por ser ornamentos superpuestos a las aristas de las bóvedas de crucería, adquirieron un papel estructural: los gruesos pilares se estilizaron en finas columnas y los arbotantes soportaron los empujes laterales, en sustitución de la masa del contrafuerte. A medida que la estructura gótica se aligeraba, sus elementos se hacían más delgados hasta convertir la catedral en un esqueleto de líneas activas. Pero las catedrales se construyeron en piedra, muros regulares de sillería como en las más costosas construcciones románicas, y la delgadez de los elementos estructurales tenía un límite que dictaba la consistencia del material.

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Las torres Petronas, en Kuala Lumpur, capital de Malasia, fueron los edificios más altos del mundo entre 1998 y 2003. Estas torres cuentan con una altura de 452 metros. Las torres con 88 pisos de hormigón armado y una fachada hecha de acero y vidrio, se han convertido en el símbolo de Kuala Lumpur y Malasia.

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