Las primeras dinastías

La dinastía Shang dominó una zona de 400 por 300 km cerca de la confluencia del Hoang-ho con su afluente Wei, dentro de la que se encuentra Anyang, que fue su capital, y en cuyas necrópolis se han hallado los maravillosos bronces de fines del segundo milenio a.C, orgullo de los museos de arte oriental. Fue probablemente en esta zona donde se inventó la escritura china, con lo cual la dinastía Shang dispuso de un poderoso instrumento para crear una tradición política y mantenerla fija.

Aquellas excavaciones tumbales han revelado la existencia de una cultura del bronce que había llegado a su apogeo sin que se hubiese renunciado por completo a los utensilios neolíticos. Los bronces, jades y cerámicas de Anyang son ejemplares depuradísimos de este período histórico al que se está haciendo referencia. El jade debió de ser considerado ya entonces como una materia mágica, que se había de labrar con especial delicadeza y que se convertiría en uno de los rasgos idiosincrásicos del arte chino. En cuanto a las vasijas de bronce, bellamente patinadas, su ornamentación por relieves curvilíneos es muy fastuosa e incluye a veces el engaste de turquesas o de malaquita.

Estas vasijas demuestran una previa fijación de tipos que perdurarán largamente; vasijas ku, altas y esbeltas y de elegante gálibo; marmitas de dos asas kuei, o con tapadera, yeu; las de base en trípode li y ting, y finalmente las copas de sacrificio tsio, con aquella misma base.

Sus poderosas formas monumentales, su arcaica expresividad, su segura y viva plástica que reproduce formas de serpientes y cabezas de tigres simplificadas hasta el extremo de hacerlas enigmáticas y misteriosas, colocan estos bronces entre las grandes creaciones artísticas de la humanidad, capaces de cautivar por completo el interés del más exigente contemplador.

Una efigie simbólica, el T’ao-t’ieh o Demonio de la Tierra, máscara de un monstruo cornudo, de nariz recta y salientes ojos y carente de mandíbula inferior, preside los esquemas ornamentales de estos bronces. La misma efigie figurará en muchos de los que después se elaborarán (a veces con formas zoomórficas) durante la época de la dinastía Tcheu y en el período llamado de los Reinos Combatientes.

Este período fue la Edad de Oro de la filosofía china, la época de los grandes pensadores taoístas, como Lao-Tse, cuya obra interesa en la actualidad en la cultura occidental, y aquella en que K’ungtse o Confucio propagó su sabia doctrina de la convivencia, que ha constituido durante tanto tiempo la base de la moral china. Las guerras continuas entre los diversos soberanos y contra los pueblos nómadas del Norte caracterizan esta época feudal china, durante la que se formó una aristocracia terrateniente que no poseía grandes latifundios, como era tan usual en Occidente. Efectivamente, a diferencia de lo que ocurría en Europa, en la que unos cuantos señores poseían prácticamente la totalidad de las tierras cultivables, en China los campesinos arrendaban una multitud de parcelas dispersas.

Por otro lado, el primogénito no heredaba de momento; si resultaba inepto, la familia adoptaba otro miembro más competente como jefe, aunque fuera un pariente lejano de la rama principal. Los miembros rectores de la familia dirigían la gestión de las tierras, las empresas mercantiles en las que había que invertir los beneficios (pues estos terratenientes eran simultáneamente grandes comerciantes suministradores de los ejércitos), la educación y matrimonios de los jóvenes, y la manutención de enfermos, inválidos y ancianos.

Este sistema, que constituyó la base de la burocracia letrada e independiente («mandarines»), explica la razón por la cual todo el mundo deseaba descendencia numerosa y contemplaba con alegría la vejez, el descanso de la vida, viendo en ella la plenitud de la existencia. En este período no son raros los objetos de bronce con incrustaciones diversas (malaquita, jade, nácar), labrados con una ornamentación geométrica terminada en volutas, que refleja una gramática decorativa de riquísima fantasía lineal. Abundan los objetos de jade, probablemente amuletos, que con frecuencia repiten la forma del dragón (símbolo del Yang, principio masculino y celeste del cosmos) y del tigre (símbolo del Yin, principio femenino y terrestre).

Durante el siglo III a.C, la dinastía Ch’in eliminó a sus rivales y fundó el primer imperio unificado, que fue organizado definitivamente por la dinastía Han, la cual perduró hasta el siglo III d.C. El primer soberano de la dinastía Ch’in, que asumió el título de emperador el 221 a.C, inició el mismo año la construcción de la Gran Muralla, la célebre obra de ingeniería que recorre 7.300 km desde el golfo de Pohai hasta el Kansu. Se trata no sólo de una fortificación contra los nómadas del Norte, sino de una prueba concluyente de la existencia de un estado unificador. Restaurada varias veces, tal como ha llegado hasta nosotros refleja la reconstrucción realizada por la dinastía Ming en el siglo XVI.

Todo lo esencial del arte chino se halla ya contenido en las manifestaciones artísticas del período Han que va desde el siglo II a.C. al año 220 de nuestra era. Apunta la pintura de retrato; la escultura produce figuritas -sobre todo, en bronce- que revelan una inteligente captación del dinamismo de las actitudes; en las paredes de algunas cámaras funerarias se recortan, grabadas en relieve plano sobre fondo punteado al cincel, siluetas humanas (a veces personajes que forman parte de movidas escenas multitudinarias) o símbolos, como los de los puntos cardinales: el Tigre blanco del Oeste, el Dragón verde del Este, el Pájaro rojo del Sur, el Guerrero negro del Norte, que también simbolizan, respectivamente, el Otoño, la Primavera, el Verano, el Invierno. Un gran adelanto denotan también la cerámica, recubierta de barniz plumbífero, y la ornamentación lacada.

Algunas piezas de jade, como, por ejemplo, el célebre caballo verde del Victoria and Albert Museum, de Londres, son obras maestras que muestran simultáneamente un asombroso dominio técnico y la conquista total de una voluntad de estilo. Nada se conserva de la arquitectura del período Han, fuera de la disposición propia de la tumba monumental, destinada a perpetuarse a través de los siglos; la precedía ya el «camino de los muertos», bordeado por grandes esculturas de animales.

En China se da la paradoja de que quedan muy pocos edificios antiguos. No se conserva nada de la época del Panteón de Roma ni de la de Santa Sofía de Constantinopla, y quedan poquísimas construcciones contemporáneas de la catedral de Burgos.

Sin embargo, de los pequeños modelos hallados en los sepulcros se puede colegir cómo eran las casas: con muros ligeramente ensanchados por su base, amplias aberturas (a modo de ventanales) sostenidas por pilastras o columnas de leño provistas de zapatas, techumbres en saledizo recubiertas de tejas con remates en forma de pájaros u otros animales decorativos. Es ya la típica casa china.

arte en china

Tings de bronce de la dinastía Chang (Royal Ontario Museum, Toronto). Con una antigüedad que va aproximadamente de 1400 a 1100a.C, estas piezas con dos asas presentan una decoración incisa de estilo geométrico.

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