El arte de Apeles, la pintura (I)

Existen varias referencias escritas de otras pinturas de Apeles, que representaban a Alejandro en coloquio con los dioses o ya francamente divinizado; en sus pinturas él y sus discípulos debían de perpetuar asimismo los hechos capitales de la vida del gran conquistador. A Apeles o a su discípulo Filoxeno hay que atribuir el original de un mosaico de Pompeya, que puede admirarse en el Museo de Nápoles. Representa la batalla de Issos, cuando Alejandro ataca personalmente al grupo de mil lanceros llamados los inmortales, que forman la invencible escolta de Darío. El héroe macedonio, con la cabellera revuelta, embiste a caballo a los temidos guerreros persas y lleva la confusión hasta el mismo carro de Darío. La célebre batalla se ha resumido hábilmente en aquel episodio; en una sola escena están expresadas la gloria de Alejandro y la victoria de los griegos. No hay otra indicación del lugar más que un extraño tronco de árbol; sin embargo, la profundidad del espacio está hábilmente sugerida por la diversa inclinación de las lanzas, que se entrecruzan indicando que entre ellas queda cierto espacio.

Si bien no se conoce con seguridad al autor de este cuadro de la batalla de Issos, en cambio ha llegado hasta hoy el nombre de otro pintor de la época: Etión, autor de un cuadro también famoso que representaba las bodas de Alejandro y Roxana. Queda de él una detalladísima descripción de Luciano, quien, alabando el conjunto, describe las figuras de los esposos y de los pequeños amorcillos que juegan con las armas del conquistador.
Como un eco del cuadro de Etión es probable que se perciba en el fresco descubierto en Ostia, que enriqueció la colección Aldobrandini y actualmente se halla en la Biblioteca Vaticana. Se trata de una copia muy pequeña; las figuras, mucho menores del natural, están todas en un mismo plano, lo que revela que el original de la composición databa, por lo menos, de principios del siglo III a.C. En el centro descuella el grupo hermosísimo de la esposa, velada aún, pálido el rostro, y escuchando los últimos consejos de Peitos semidesnuda.

Del mismo estilo del siglo IV a.C, o a lo sumo de principios del siglo III, es el modelo de una gran composición descubierta en una quinta de los suburbios de Pompeya, la llamada Villa de los Misterios. Son los más hermosos frescos de la antigüedad recobrados hasta hoy; los únicos de grandes dimensiones, con numerosas figuras mayores del natural. La fecha de su ejecución material es conocida, porque las obras de construcción de la quinta que decoraban fueron interrumpidas por el cataclismo que destruyó la ciudad; pero los modelos son muchísimo más antiguos, griegos seguramente, y repetidos en Pompeya, como nosotros decoramos a veces nuestras casas con copias de pinturas del Renacimiento italiano. Los temas representados son extraordinariamente interesantes: a un lado se halla el cuadro del gineceo con la madre de familia, la cual enseña a leer a un niño y recibe la visita de las amigas; probablemente se conciertan para ir a la fiesta de iniciación de algún nuevo tipo de misterios. A continuación hay un largo plafón con curiosas representaciones de las ceremonias: varias jóvenes se muestran poseídas del frenesí o delirio báquico, propio de un rito extraño; perseguidas por unas figuras negras, aladas, ejecutan una danza completamente desnudas; una de las muchachas cae anonadada sobre las rodillas de su compañera, la cual, sin duda alguna, procura reanimarla. Evidentemente se trata de una liturgia que exige el paroxismo de una gran emoción. Entre terrores y revelaciones de frases extrañas de doble sentido, las almas de las personas candidatas a la cofradía reciben algo que era exclusivo de los iniciados y que les haría contemplar el mundo con otra realidad de la que veían con sus ojos naturales. Es de todo punto imposible hacer suposiciones acerca de la clase de misterios de que participan las figuras representadas en los frescos de la Villa de los Misterios, pero es muy dudoso que fueran una imitación diluida y provinciana de los misterios de Eleusis. Tampoco representan el delirio báquico de la orgía.

Los misterios eran muchos y muy variados, casi tantos como lugares reputados santos había en Grecia y en las islas. Es seguro que nunca llegaremos a conocer el valor, seriedad y trascendencia mística de la mayoría de ellos, pero todos tenían en común el hecho característico de la experiencia religiosa, universal en el mundo entero; esto es, el cambio radical en el alma del myste o catecúmeno después de la iniciación. En otras religiones se llama “salvación, conversión, segundo nacimiento”. El alma, cambiada, casi no se reconoce a sí misma: detesta aquello que amaba y ama lo que detestaba. Por esto en la escena de la Villa ítem se presenta un espejo a las personas que han recibido la iniciación, para demostrarles que son otras y que hasta su aspecto físico se ha transformado. Es posible que después de haber sufrido las pruebas que exigía la ceremonia, con terrores y castigos que acaso duraran toda la velada, las caras de los iniciados reflejasen en el espejo la congoja y los sufrimientos, y no fueran capaces de reconocerse a sí mismos.
No es extraño que las ideas y ceremonias de los misterios influyeran en el arte. Debían de ser tremendamente impresionantes y algunos casi exclusivamente estéticos. Heródoto, tan sarcástico y es-céptico en materias religiosas, no puede disimular la impresión que le causó el misterio de Osiris, que pudo presenciar en Menfis.

arte griego
Bodas Aldobrandinas (Biblioteca Vaticana)

Dentro del espíritu helenístico hay que situar este fragmento de la llamada copia romana de principios del Imperio de un original griego de Etión. Posiblemente simbolizaba las bodas de Alejandro Magno con la princesa oriental Roxana. Peitos, la diosa de la persuasión, habla dulcemente a la esposa, pálida y conmovida, cubierta aún con sus galas nupciales. Mientras, sentado al pie del lecho, coronado de pámpanos como un joven Baco, el novio espera impaciente el final de la conversación. El cromatismo, claro y alegre, potencia la tierna espera de la escena, fuertemente plástica, donde prevalece el gusto por el detalle propio de lo helenístico. La alegoría es, sin embargo, reminiscencia clásica.

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