El pathos en la escultura helenística (I)

La religión se iba convirtiendo cada vez más en una adoración intelectual del principio supremo, ordenador del universo. Una excelente idea de este misticismo la da la estatua del joven orante, obra de un discípulo de Lisipo llamado Boetas, la cual se ha conservado en una copia en bronce del Museo de Berlín. En cambio, en lugar de los tipos antiguos de dioses y diosas se prodiga cada vez más la representación de la diosa Tyche, o sea el Azar, la Fortuna; era muy estimada y se reprodujo mucho la Tyche de la ciudad de Antioquía, obra de Eutíquides. La estatua está asentada en un terreno rocoso, tiene varias espigas en la mano y en la cabeza ostenta la corona de torres, que será en adelante atributo indispensable para representar las ciudades. Lo más original es la alusión topográfica, con la figura de un niño que sale corriendo de entre sus pies; es el río Orontes, que después de correr subterráneo, vuelve a su cauce en Antioquía. Eutíquides era también discípulo de Lisipo, cuya influencia se advierte todavía en la majestad y belleza de los pliegues del ropaje de la estatua.

Estas representaciones topográficas se fueron haciendo cada vez más frecuentes y constituyeron los modelos que luego aprovechó el arte romano oficial. Dos copas de plata, ejecutadas probablemente en Alejandría en los primeros años del Imperio romano, muestran su fondo en alto relieve; en una aparece la ciudad de Alejandría como una Minerva sentada, y en la otra, las cabezas de dos hermanas iguales en categoría: Antioquía y Roma. El grupo del Nilo, acaso también de época romana, señala análoga inspiración. El gran río, con sus barbas fluentes, está tendido, la frente coronada de espigas, y apoyado sobre una esfinge y el cuerno de la abundancia. Dieciséis niños, número de los codos que subía el agua en la inundación anual, juegan en torno suyo, sobre sus mismas rodillas, y uno de ellos hasta se ha atrevido a encaramarse sobre su hombro derecho.

Al lado de los asuntos alegóricos aparecen las composiciones del género idílico. Muchas obras antiguas de los siglos anteriores son repetidas, con un nuevo acento más gracioso, en la época helenística. El espinario, antiguo tema de un joven corredor que después de la carrera se sienta para arrancarse una espina, lo repiten los escultores helenísticos en las formas blandas de un adolescente de lacia cabellera. Otro asunto es el del niño que se pelea con una oca, como una parodia del atletismo de los siglos anteriores. El Niño de la Oca se reprodujo muchas veces; el original, según la tradición literaria, era del mismo Boetas.

Pero si no el más característico ejemplo de esta simpatía por los asuntos infantiles, al menos el más poético, es el grupo del beso de los dos niños, identificados como Eros y Psiquis, en el Museo del Capitolio. Es el comentario plástico más expresivo de los tiernos amores de dos criaturas. En el grupo del Capitolio, los dos niños se abrazan inocentes, sin conocer el origen misterioso de la fuerza que junta sus labios. Los dos cuerpos son casi igualmente femeninos: él sonríe en la iniciación del beso, ella inclina la cabeza, sorprendida por la extraña caricia infantil. Así, en las corrompidas metrópolis helenísticas, los escultores, como los literatos, encontraban público propicio para los más candidos idilios.

Al lado de estos asuntos, cuyo carácter poético podría todavía comunicarles cierta idealización, otra corriente artística parece complacerse en la interpretación cada vez más realista de la naturaleza. Una manifestación de este gusto es el tan copiado Marsias, castigado por Apolo a ser colgado y desollado. El sátiro tiene la musculatura exagerada por la tensión de sus miembros; es una anticipación del estilo que florecerá más tarde en Pérgamo y Rodas. El origen de esta tendencia podría encontrarse ya en los retratos, que cada vez son más parecidos a sus modelos. Los antiguos retratos griegos eran raros, y aun casi siempre de espíritus superiores con tendencias al heroísmo, como las imágenes de Safo, Aspasia y Pericles. Después, en las estelas griegas, los retratos de los difuntos y de sus parientes fueron también delicadamente transfigurados. Lisipo, con su fervor por la interpretación viva de la naturaleza, fue quien abrió la puerta al realismo extremado. Sus retratos de Alejandro Magno debieron de poseer el noble prestigio del gran arte del maestro. Se acudió, también, a ayudarse vaciando las fisonomías, es decir, los autores se aprovechaban de los vaciados como de un auxiliar para sus retratos.

arte griego

Busto de Epicuro (Museo del Capitolio, Roma)


Escultura en mármol del siglo l a.C. que representa un retrato del filósofo de Samos sin ropajes ornamentales.

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