La escultura: Kúroi y Kórai

Mientras la arquitectura iba elaborando estas formas tan precisas, los escultores luchaban rudamente con las dificultades de la técnica. El secreto de la admirable belleza, jamás superada, que consiguieron las obras de la estatuaria griega consiste en la fijeza de los tipos. Los escultores avanzaron paulatinamente sin salir nunca de un reducido número de tipos bien definidos. Las escuelas dóricas de la Grecia continental se fijaron más bien en el tipo masculino y lucharon trabajosamente para interpretar la anatomía de las formas humanas en su imagen típica del atleta, hombre joven desnudo, primero rígido y después animado de movimiento, con las piernas un poco separadas.
En los primeros días del arcaísmo, se ve aparecer al hombre en una inmovilidad grotesca; mas poco a poco se mueve y gana en inteligencia y expresión. Son innumerables las figuras de este tipo que se encuentran en Grecia y en muchos museos de Europa. En un principio se creyó que eran representaciones de Apolo. Actualmente se cree que cada una de estas estatuas masculinas de la Grecia primitiva es un retrato “heroico”, un retrato idealizado, para poner sobre un monumento. Son retratos de atletas jóvenes, porque se representan imberbes e impúberes, y algunos de ellos llevan larga cabellera, lo que demuestra que no han llegado a la mayoría de edad, puesto que el efebo griego no se cortaba la cabellera hasta llegar a la completa madurez. A veces, el cabello de los Apolos arcaicos o kúroi (plural de kuros, palabra que en griego significa el mancebo) no cae suelto sobre la espalda, sino recogido o trenzado en varios bucles sobre los hombros.
Pero lo que justifica la calificación de retratos heroicos que se le han dado a las figuras antes llamadas Apolos arcaicos es que siempre ciñen sus sienes unas bandas o cintas, coronas simbólicas que los griegos llamaban stéfanos y que son la señal distintiva de su carácter heroico semidivino. Para explicarse esta necesidad de ser algo más que simples figuras de atletas los personajes representados en las primitivas estatuas dóricas, no hay más que recordar la singular repugnancia que sienten todos los pueblos primitivos por la representación figurada. Un retrato sirve para prolongar la permanencia y, en cierto modo, eternizar la vida del ser que representa, y sirve también para alejar o producir maleficio a quienes lo contemplan.
En Egipto, muchos faraones se ensañaron en destruir las facciones de sus antecesores o borraron sus nombres y los suplantaron con los propios. En la Grecia primitiva predominaba el mismo concepto entre los dorios; una ley o costumbre no codificada prohibía la representación de personajes que no fueran de carácter divino o semidivino, o sea que se tratara de héroes. Esta ley a menudo se transgredía y hasta llegó a olvidarse completamente en el siglo V a.C. Pero debió de respetarse estrictamente en los siglos VIII y VII, y esto explica la abundancia de figuras de atletas impúberes, a los que antes se solía designar como Apolos arcaicos.
Son héroes, porque de otro modo no llevarían la corona que les caracteriza indiscutiblemente como inmortales. Consiguieron la categoría de héroes por haber ganado la carrera de cien metros en Olimpia. Zeus había concedido este favor a los vencedores de aquella carrera en los Juegos porque una tradición suponía que al nacer, cuando todavía era un tierno infante, antes de que su padre Cronos pudiera devorarle como había hecho con sus anteriores vastagos, unos muchachos dorios que jugaban a correr en la vertiente del Ida oyeron los gritos del recién nacido, lo raptaron y se lo llevaron a la lejana Olimpia. Por este favor, los mancebos que vencían en la carrera de cien metros tenían derecho a erigirse una estatua. Eran héroes. Si ganaban tres veces la misma carrera, al derecho de la estatua se añadía el del parecido, y el re-
trato podía recibir entonces las facciones del héroe retratado; sin esta triple victoria, la estatua se identificaba sólo con una inscripción. De esta manera se tendría una estatua de atleta corredor para cada Olimpiada, que, naturalmente, se colocaba en el “heroón”, lugar sagrado junto a la puerta de la ciudad natal del muchacho “campeón”; pero, además, algunos de los vencedores en los juegos de Olimpia dedicaron otras estatuas con sus nombres en los santuarios panhelénicos y aun en lugares de menor importancia.
arte griego
Kuros de Anavyssos (Museo Nacional de Atenas). Monumental escultura en mármol de 1,94 metros, que fue hallada en Anavyssos, en 1936. Dos años más tarde se encontró la base, en cuyo segundo peldaño estaba escrito: Permanece triste y en pie junto a la estela del fallecido Kroisos, luchador de primera línea a quien el tempestuoso Ares ha arrebatado. Kroisos murió hace dos mil quinientos años, pero su noble figura, que avanza hacia la muerte con la sonrisa jónica en sus labios jóvenes, nos entristece todavía; tal como aconseja el dístico.

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