Historia del Arte

Eduard Manet

Clasicista e impresionista

Alrededor de 1860, cuando apenas algunas obras de Courbet empezaban (entre escándalos) a ser apreciadas, con Manet comenzaba, en aquel proceso de liberación de la pintura de sus antiguas trabas, una etapa decisiva, aunque habían de transcurrir muchos lustros para que en su mayoría los críticos y aficionados (sin tener en cuenta al gran público o los maestros consagrados, árbitros de la admisión de las obras presentadas a los Salons) estuvieran en condiciones de aquilatar la excelencia, dentro de un espíritu de auténtica modernidad, que aportaron Manet, y con él Degas y sus amigos del grupo impresionista.

Edouard Manet, en esa ardua lucha, fue ciertamente un paladín cuya significación es tanto más singular cuanto que su comportamiento (a diferencia de lo que ocurrió en la actuación “llamativa” de Courbet) careció de un deliberado propósito de afirmación egocentrista. En cierto modo, fue un campeón a pesar suyo.

En las condiciones en que tuvo que desenvolverse fue un incomprendido a lo largo de casi toda su carrera (que abarcó tan sólo poco más de veinte años). Fue la suya una situación verdaderamente amarga para un artista como él, partidario del fair play y de carácter abierto, pero que, consciente de su valía, era también ambicioso bajo su aparente resignación, un tanto más dolorosa para un pintor que siempre aspiró a verse conceptuado a través del cauce al que atribuía significación categórica, el de los galardones oficiales. Cuando se empezó a hablar de él en París aún no había cumplido los treinta años. Buen conversador, aficionado a la música, amigo y contertulio de literatos (aunque no, en rigor, un intelectual), era ya entonces el sonriente boulevardier de rubia barba al que Banville dedicaría algunas de sus preciosistas rimas y que su amigo Henri Fantin-Latour retrataría, en 1867, en el lienzo que se conserva en París.

Ese parisiense del retrato de Fantin-Latour, cuya elegancia realza un impecable haut-de-forme, no es en modo alguno un simple mundano y todavía menos un oportunista, sino un producto escogido de aquella misma clase burguesa de vieja cepa que con tales muestras de indignación acogió tan a menudo sus obras. Nació en París el 23 de enero de 1832, en la Rive Gauche, frente al Louvre, en una de las primeras casas de la calle de los Petits-Augustins, y fue el mayor de los tres hijos varones de Auguste Manet, jurisconsulto, alto empleado en el Ministerio de Justicia.

La familia procedía de Gennevilliers, a orillas del Sena, y desde hacía dos siglos poseía tierras en aquella localidad, de la que el abuelo de Manet había sido alcalde bajo la Revolución Francesa. Por parte de madre pertenecía también a un linaje de abogados y funcionarios, y su abuelo materno, Joseph Fournier, había desempeñado una misión de destacada importancia cuando el mariscal Bernadotte fue declarado heredero de Carlos XIII de Suecia, lo que explica el napoleónico nombre de pila, Eugénie-Désirée, que llevó la madre de Manet.

Ya en el Colegio Rollin, donde realizó sus estudios, sobresalió por su afición al dibujo, especialmente en los apuntes que sacaba de sus compañeros. Uno de ellos (también con inclinaciones artísticas), Antonin Proust, llegaría a ministro de Bellas Artes y sería autor de unos Souvenirs concernientes a su antiguo camarada, que publicados en 1913, enriquecen en grado extraordinario la bibliografía acerca del artista.

A los 16 años, al salir de aquella institución escolar, Manet se creyó con vocación de marino, y aunque no consiguió ingresar en la Escuela Naval, en diciembre de 1848 embarcó en la nave Le Havre-et-Guadeloupe rumbo al Brasil, en un viaje de prácticas que duró seis meses. Pero a su regreso aquella ilusión se había desvanecido; entonces su padre accedió a dejarle pintar. En enero de 1850 ingresó, pues, en el estudio del reputado maestro Thomas Couture, en donde tuvo por condiscípulo a Proust, su amigo del colegio, quien, en sus Recuerdos, ha revelado cuan incómoda le resultaba a Manet aquella enseñanza con un maestro retrógrado y riguroso.
pintura impresionista
El torero muerto de Edouard Manet (Galería Nacional, Washington). Este cuadro es en rigor el fragmento de un gran lienzo pintado en 1863 titulado Episodio de una corrida de toros. La obra, que al ser expuesta en 1863 suscitó vivas polémicas, es una gran muestra de que Manet no sólo se inspiraba en el estilo de Velázquez o Goya, sino que también lo hacía en los temas típicamente españoles. Rosend Novas hizo una escultura, Torero herido, conservada en el Museo Nacional de Arte de Cataluña de Barcelona, que también trata este tema.

Sigue leyendo >>>