Paul Cézanne (I)

He aquí cómo Georges Riviére (que fue después consuegro suyo) le describe, según recuerdos que le sitúan en 1874: «Un mocetón alto y fornido, sobre un par de piernas algo delgadas para su corpulencia. Andaba con paso rítmico e irguiendo la cabeza, como si estuviera contemplando el horizonte. Su rostro noble, que rodeaba una barba rizada, recordaba los de los dioses asirios. Su aspecto solía ser grave; mas al hablar se le animaban las facciones, y una mímica expresiva acompañaba sus palabras, pronunciadas en voz fuerte y bien timbrada».

Zola resultó para Cézanne de una considerable ayuda cuando, en 1861, el joven provenzal se hubo trasladado a París. Gracias a él y a Pissarro, a quien no tardó en conocer en la Academie Suisse (en donde le había inscrito su padre cuando le acompañó a la capital), entró en el cenáculo de los futuros impresionistas.

Pero Cézanne siempre se sintió en París encogido y forastero, y, sobre todo durante los primeros años, muy a menudo tuvo que regresar a su Provenza vencido por el desánimo. Así, en septiembre del mismo año 1861 estaba ya de vuelta en Aix, y durante unos meses estuvo empleado en la banca paterna. En sus primeros años de París puede decirse que sólo conoció fracasos. No obstante, al ser presentado a Manet en 1866, consta que éste elogió el impulso que aquel joven pintor denotaba en sus pinturas de naturaleza muerta.

Durante la guerra de 1970 vivió escondido en L’Estaque, cerca de Marsella, en compañía de Hortense Fiquet, modelo parisiense, que sería más tarde la madre de su hijo y con la que acabaría casándose. De regreso a París, después de la Commune, vivió Cézanne una temporada en Pontoise con Pissarro, para instalarse, al año siguiente, en Auvers sur-Oise, cerca del Dr. Gachet, el mismo personaje al que se encontrará cuando se estudie la azarosa vida de Van Gogh.

La pintura de Cézanne había ya entonces evolucionado mucho. Tras los primeros lienzos, vacilantes, a veces informes, de tonalidad oscura, iban apareciendo ahora algunos bodegones que indican, no sólo un cambio de la concepción romántica a la objetiva, sino un claro deseo de expresar el espacio y el volumen. A la gruesa pintura de los primeros años, en la que hizo gran empleo de la espátula, sucede ahora otra aún muy empastada, pero de pinceladas fundidas. La coloración es ya decididamente clara.

El trato con Pissarro, sobre todo, fue decisivo para él en aquellos años de prueba. En su vejez recordará: «Vivía como un bohemio, malgastando mi vida. Tan sólo más tarde, cuando fui conociendo a Pissarro, que era infatigable, empecé a sentir gusto por trabajar». Y confiaba a otro interlocutor, a ese respecto, en 1902: «En cuanto a ese «viejo» Pissarro, para mí fue como un padre. No se perdía el tiempo consultándole; era algo así como le bon Dieu».

Se conserva una copia de un paisaje de Pisarro hecha con Cézanne en 1873. Denota un gran esfuerzo; es una copia «fatigada». Pero de aquel mismo año es ya su primer gran paisaje personal: La Maison du Penan (hoy en el Musée d’Orsay, París), una obra muy significativa e importante, en la que se percibe la atmósfera.

Esta fue una de las tres obras con que Cézanne participó en la primera Exposición de los impresionistas, las cuales fueron, al parecer, las que allí obtuvieron el mayor éxito de hilaridad por parte del público visitante.

Pissarro le enseñó, pues, a pintar como un impresionista, y gracias a esto pudo contar ya Cézanne, no sólo con la base de una técnica, sino también con una estética a la que trató de amoldarse. No tomó parte en la segunda exposición de aquel grupo, celebrada en 1876, pero sí en la tercera, del año siguiente.
Paul Cézanne
La mer, a l’Estaque de Paul Cézanne (Musée d’Orsay, París). El primero lo pintó en el verano de 1876; las cinco versiones del segundo las realizó hacia 1896. En éste se percibe claramente la evolución no sólo pictórica, sino también humana de Cézanne, pues vemos aquí una composición elaborada con gran cuidado, una especie de regreso al clasicismo.

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