Partos y sasánidas (I)

Impresionante por su carácter majestuoso es el relieve de Naqsh-i Rustam. Esculpido a mediados del siglo III sobre la roca dorada de la ladera de una montaña, presenta al dios y al rey en pie de igualdad. Ambos montan a caballo, con vestiduras semejantes y tienen la misma altura. Ardeshir I toma en su diestra la corona que le ofrece Ahura-Mazda. Ambos aplastan con los cascos de sus caballos a su enemigo: el rey sasánida al monarca parto Artabán, y el dios de la luz a Ahrimán, príncipe de las tinieblas.

Un gran progreso experimentó este arte monumental sasánida bajo Sapor I, el segundo rey de la dinastía, que pudo disponer de millares de prisioneros de guerra occidentales para realizar las obras del Estado.

Poco después de su victoria (año 260) sobre el emperador romano Valeriano, que se le hubo de entregar prisionero, Sapor I hizo construir en la ruta que comunicaba su provincia natal, El Fars, con la capital Ctesifonte, una residencia fastuosa, la de Bishapur, cuyo trazado rectangular con avenidas perpendiculares abandona la planta circular persa para adoptar el tipo helenístico.

El palacio presenta una mezcla de gusto iraniano en las estructuras (bóvedas y una enorme cúpula) con tendencias helenístico-romanas en el contenido decorativo. Así sus adornos en estuco policromo denotaban inspiración íntegramente occidental y profusión de mosaicos, al antiguo estilo que los helenísticos de Antioquía lo decoraban.

El gran relieve rupestre labrado cerca de aquella residencia real sasánida, con la representación de Valeriano entregándose a la merced de su vencedor, es una obra de concepción grandiosa que refleja la impresión que sobre el pueblo persa debió producir esta victoria aplastante sobre un emperador romano.

El mismo tema aparece en otro relieve que fue esculpido en la enorme pared rocosa de Naqsh-i Rustam, bajo la tumba del aqueménida Darío. Aquí el emperador de Roma se arrodilla ante la soberbia figura a caballo de Sapor I.

Relieves análogos se encuentran asimismo en Taq-i Bostan donde está representada la investidura real de Ardeshir II, a fines del siglo IV, por el dios Ahura-Mazda que le pasa la corona de Rey de Reyes. También en Taq-i Bostan se han hallado dos relieves, ya del final del período sasánida, que representan quizás al rey Cosroes II (590-628) cazando gacelas y jabalíes.

Se trata de grandes composiciones en las que se da importancia fundamental al valor decorativo: las figuras están concebidas como símbolos y se presta una cuidadosa atención a los detalles de los vestidos, insignias y armas. Todo sugiere una sensibilidad próxima de la alta Edad Media europea que es indudable recibió fuertes influencias sasánidas.

Las ruinas del palacio real sasánida de Ctesifonte (que resultaron muy maltrechas durante la I Guerra Mundial) corresponden a una vasta construcción de ladrillo y estuco con refuerzos de piedra tallada, y son muestra de un arte que ofrece muchos detalles originales.

Este enorme palacio levantado por el rey Cosroes I (531-579) parece prefigurar ciertas soluciones decorativas del arte románico, como, por ejemplo, su fachada dispuesta en zonas de pilastras que se superponen a una serie de arcadas ciegas. Aún más sorprendente resulta el gran arco parabólico central que daba entrada al vastísimo salón, o iwán, bajo una alta bóveda cupuliforme que estuvo adornada con relieves de estuco.

El esplendor artístico de los sasánidas se sitúa a partir del siglo V hasta que aconteció la invasión árabe que acabó con la dinastía y la independencia del país, durante la primera mitad del siglo VII.

Los mismos motivos que en los pallia rotata, así como los de escenas de banquete, cacerías reales y otros, decoran los cuencos, copas y picheles de plata labrada, obras de mérito artístico extraordinario que un comercio intenso con el sur de Rusia hizo penetrar en Europa a través de los pueblos que entonces transitaban por el sureste europeo.

Ciertos ejemplares de estos objetos son mundialmente famosos, como, por ejemplo, la copa de oro con incrustaciones de vidrio y cristal de roca y medallón central que reproduce la figura del rey Kavadh I, que data del siglo V, y la de plata dorada cuyo fondo representa a otro rey sasánida cazando a caballo.

Ambos ejemplares se conservan en el Gabinete de Medallas de la Biblioteca Nacional de París. Tales piezas de orfebrería y platería rivalizaron con las mejores creaciones bizantinas, y constituyen para el arte sasánida un verdadero timbre de gloria.

Pocas civilizaciones pueden enorgullecerse de haber alcanzado tal suntuosidad y de haber ejercido su influencia tan lejos con objetos tan preciosos.

Desde las viejas cerámicas chinas de la dinastía T’ang hasta los relieves que figuran en el exterior de la ermita visigótica de Quintanilla de las Viñas (que se publica en el capítulo correspondiente), el gusto sasánida llevó sus formas y motivos de un extremo al otro del Viejo Mundo.

Se trata de una serie fantásticamente rica de imágenes, nacida bajo la sugestión de los antiguos motivos sumerios, asirios y aqueménidas y desarrollada entre las más refinadas combinaciones geométricas (polígonos, círculos, dientes de sierra) y las más intelectuales estilizaciones vegetales.

arte persa


Investidura de Ardeshir II, en Taq-i Bostan (Irán). Relieve sasánida que representa al rey, en el centro, recibiendo el anillo del poder del dios Ahura Mazda. Detrás está el dios Mitra y, bajo sus pies, el emperador romano vencido en el año 363.

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