El arte mueble de los pueblos bárbaros (I)

Esta suerte de pinjantes demuestran una predilección por las materias ricas (oro, incrustación de granates, en los ejemplares más lujosos). Cuando se elaboraron en chapas de cobre cinceladas formando alvéolos repartidos con rigor geométrico (que fue el caso más frecuente), tales alvéolos se rellenaron con vidrio o esmalte para producir la ilusión de una joya preciosa.

Otro tipo frecuentísimo de fíbula es de esquema alargado, y consta de dos cuerpos, uno superior cuadrangular o abierto en semicírculo, y otro inferior, de silueta piriforme, unidos ambos por un saliente semicírculo. Estas fíbulas de tipo nórdico antiguo llevan adorno inciso hecho a bisel, decoración por cloisonné o relieve cincelado. Estas mismas técnicas se aplicaron también a los broches de cinturón, cuyo tipo más divulgado es el de una placa cuadrada, rellena de series paralelas de alvéolos.

La técnica del cloisonné, con esmaltes imitando incrustación de rubíes, es la que adorna también la montura de un ejemplar importante, elaborado en oro: la espada del rey franco Khilderico, muerto en 481, padre del rey Clodoveo. La bandeja o patena del tesoro merovingio de Gourdon, en Francia, del siglo VI, muestra la misma técnica. La orla está formada por una decoración de piedras de colores, principalmente granates; éstos han sido cortados en plaquitas regulares para introducirlos en los pequeños alvéolos o cajones que forman los delgados tabiques de oro, soldados en la plancha repujada de la patena.

Del mismo estilo era el famoso cáliz de Chelles, llamado de San Eloy, que desapareció durante la Revolución francesa, pero del cual se conservan por fortuna dibujos bastante precisos; era una copa muy alta, casi cilindrica, revestida exteriormente de esta taracea de mosaico de granates. El cáliz merovingio de Gourdon (del siglo VI, como la patena que se acaba de citar) también ostenta placas de esmalte y gemas con técnica de cloisonné. Lo mismo puede decirse del brazalete y portamonedas anglosajones, del siglo VII, hallados en la tumba real de Sutton Hoo (Gran Bretaña).

Algunas veces, el mosaico de oro y de granates es tan fino, que forma como un reticulado de malla; así son los adornos que decoran las piezas de oro del Museo de Ravena, las cuales se supone que pertenecieron a la coraza de Teodorico porque tienen los mismos adornos geométricos del friso que corona el sepulcro de este rey. Evidentemente, esta técnica era la de los esmaltes de Bizancio, sólo que aquí se sustituyeron los colores vidriados fundidos por piezas de granate y turquesas cortadas en frío.

La influencia bizantina en las joyas bárbaras se ve también en la técnica de las filigranas. Los caudillos bárbaros hubieron de preocuparse en perfeccionar su arte nacional de la orfebrería, ya que solían ir materialmente cubiertos de joyas: sobre sus corazas se veían aplicados ricos broches de oro, sus escudos de cuero llevaban también discos preciosos, sobre su pecho colgaban las armillas y condecoraciones, parecidas a las que llevaban también los legionarios romanos.

Las necrópolis de los ostrogodos, descubiertas en Nocera-Umbra, en Italia, han familiarizado con la profusa decoración de sus armas y joyas; hasta en los sepulcros de mujeres y niños se encuentran con mucha frecuencia pequeños cuchillos con los mangos decorados de filigranas de oro y granates.

Al instalarse definitivamente los pueblos germánicos en las provincias del oeste de Europa, pronto utilizaron los antiguos talleres locales para sus joyas y piezas de orfebrería.

Por ejemplo, en el tesoro que regaló la reina longobarda Teodelinda a su basílica de San Juan de Monza, cerca de Milán, además de su propio peine y de libros y evangeliarios con tapas de oro e incrustaciones de piedras preciosas, hay objetos tan singulares como la famosa gallina de oro, con sus polluelos, una cruz con incrustaciones de niel y una corona votiva, de la cual pendía una cruz con piezas engastadas.

En documentos contemporáneos se habla de aquellas joyas con gran elogio, y aparecen reproducidas en el relieve de piedra que adorna el tímpano de una puerta románica de la iglesia. En la misma basílica de Monza se conserva también la famosa Corona de Hierro de los longobardos, con que después sería coronado Carlomagno emperador de Occidente. Su nombre proviene de que su parte interior consiste en un aro de hierro que la tradición supone hecho con uno de los clavos de Cristo; pero exteriormente es de oro, y está guarnecida de florones con perlas y piedras preciosas. Todo induce a creer que originariamente fue una joya votiva.

Coronas parecidas regalaron a las iglesias de España los monarcas y magnates visigodos. Un historiador árabe recuerda que al entrar los mahometanos en la catedral de Toledo encontraron entre las joyas del tesoro una serie de coronas votivas regaladas por cada uno de los reyes godos a la iglesia primada de su capital. Estas coronas debieron de ser fundidas por los sarracenos, pero otras del vecino monasterio de Santa María de Sorbaces, escondidas seguramente para librarlas de los árabes, fueron encontradas cerca de Guarrazar el año 1847.

Entre los teutones que permanecieron en la Europa Central, como los alemanes y borgoñones, la decoración animalística fue menos influida por los gustos de las poblaciones romanizadas del Imperio que los bárbaros invasores encontraron al paso por el camino. Es muy significativo que la joya máxima, la obra maestra de este estilo decorativo, sea una tapa de evangeliario, obra de artistas alemanes, nunca romanizados y tardíamente cristianizados. En ella se combinan, alrededor de una cruz central con adornos de cinceladura, pedrería y esmaltes de estilo nórdico parecido al de las piezas anglosajonas.
arte preromanico
Broche bárbaro de estilo germánico (Museo Nacional de Historia de Rumania, Bucarest). Esta muestra de la metalistería muestra el grado de perfección que el arte de orfebrería había alcanzado en la época. Combinando una aleación de oro, plata, latón y pedrería, el prendedor estaba inicialmente decorado con esmaltes brillantes que realzaban el colorido de la gran joya. Por su lujo ostentoso se considera que servía como distintivo social.

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