El reino de Asturias (I)

Así empezó en la región asturiana un primer estilo prerrománico independiente del que estaba cuajando en el resto de Europa. A lo más, pudo estar relacionado con el arte de los vikingos escandinavos, que asolaban a menudo las costas de Asturias y Galicia.

Estos monumentos que hoy aparecen desnudos, se sabe que estuvieron suntuosamente decorados con pinturas, mobiliario y alhajas. Se poseen algunos dibujos coloreados que se hicieron hace varias décadas copiando las grandes pinturas murales -hoy casi totalmente desaparecidas- de San Julián de los Prados. Sus temas arquitectónicos y simbólicos recuerdan los del solarium carolingio de Lorsch.

Otros restos de Lillo, con representaciones humanas, preludian la violencia expresionista que un siglo más tarde desarrollarán las miniaturas mozárabes. Pero sólo las fantásticas piezas de orfebrería asturiana pueden darnos idea de la suntuosidad de ese pequeño reino.

La pieza más antigua es la Cruz de los Ángeles, que Alfonso II mandó hacer en 808 para la catedral de Oviedo, con la amenazadora inscripción: «quien quiera que osase quitármela de donde mi libre voluntad la donare, sea fulminado por el rayo divino».

Más elegante y suntuosa es la Cruz de la Victoria, donada por Alfonso III en 908. Las piedras preciosas verdes y rojas, mezcladas con esmaltes, recorren los brazos de oro cubiertos de filigranas granuladas semejantes a las de las joyas carolingias. Parecida a ella, y del mismo reinado, es la caja de las reliquias de la catedral de Astorga.

Finalmente, la última pieza conocida de esta serie de joyas fabulosas es la Caja de las Ágatas que Fruela II regaló a la catedral de Oviedo en 910. Su sabia utilización de los veteados del ónice, sus esmaltes en dos tonos de azul y en rojo rubí, las piedras preciosas y los relieves en metal, evocan un lujo bárbaro que enlaza con la tradición visigoda aún más directamente que la arquitectura.

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Sala de audiencia (Iglesia de Santa María del Naranco, Oviedo). Uno de los pocos vestigios que se conservan del primitivo palacio de recreo original es el mirador que abre la vista sobre la panorámica de las laderas del monte Naranco y que presumiblemente sirvió en un principio como sala de baños antes de ser habilitada como templo por orden del rey Ramiro I.

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