La monarquía visigoda

Poco antes de la llegada de los árabes a la península Ibérica, la monarquía visigoda intentaba crear un estado centralizado, sólido y perdurable.

A principios del siglo vi, el poder de los visigodos estaba situado en Aquitania, pero ante la imposibilidad de establecer una política de convivencia pacífica y productiva entre visigodos y la orgullosa aristocracia de Roma, poco a poco el poder efectivo de la monarquía visigoda fue trasladándose a España.

De este modo, a mediados del siglo VI ya se ha instalado parte de la monarquía visigoda en el centro de la península, inaugurando, así, el Reino de Toledo.

El primero de los soberanos toledanos fue Leovigildo, quien, además, logró el dominio de la Galia visigoda merced a la muerte del soberano de la misma, que no era otro que su hermano Liuva.

Así, puede afirmarse que durante el reinado de Leovigildo el reino visigodo vive uno de sus mejores momentos, ya que el monarca logró someter a numerosos pueblos en su intento de unificar la Península bajo el poder visigodo.

El hijo de Leovigildo tomará una decisión de gran importancia. Efectivamente, Recaredo decide convertirse al catolicismo y obliga a toda la clase clerical arrianista a hacer lo mismo.

La línea sucesoria de estos monarcas se rompería más adelante, con la ascensión al torno de Khindasvinto gracias a una revuelta nobiliaria.

El hijo de éste, Recesvinto, continuará sofocando las revueltas que surgían en diferentes punto de la Hispania y promulgó, además, el Liber ludiciorum, basado en el derecho romano.

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