Historia del Arte

Realismo: El retrato

La figura de Napoleón es repetidamente plasmada por los escultores como símbolo de gloria y poder. Posteriormente serán los monarcas los personajes más representados.

La mayor parte de las estatuas reales del siglo XIX corresponden a estatuas ecuestres. En Nápoles, Carlos III y Fernando I de Borbón, por Canova; en Munich, Maximiliano I de Baviera, por Thorvaldsen, etc.
La escultura romántica se concentra básicamente en el género del retrato. En particular, la escultura francesa recoge una influencia muy específica: los bronces renacentistas de Donatello, Verrocchio y sus sucesores.

Otro de los elementos representativos de la escultura romántica es la proliferación de retratos de personajes contemporáneos, como respuesta al gusto preponderante de los principales mecenas de la época.

La manera más rápida de trabajar viene dada por el medallón. También las estatuillas son muy representativas del momento. Se realizan en serie y en pequeño formato, adaptándose maravillosamente a las características espaciales de la nueva vivienda burguesa. En gran parte de los retratos encuentra un gusto eminentemente naturalista a la hora de reflejar el carácter más íntimo del retratado, interés poco compartido desde el campo de la escultura monumental. Estas obras tendrán como último destino embellecer la ciudad, no siendo más que un discurso oficial en piedra o metal.

Pierre-Jean David (1788-1856), llamado David d’Angers, es igualmente una figura clave para la comprensión del naturalismo en el género del retrato. Desarrolló el camino iniciado en Francia con esculturas de formas estáticas y tranquilas, al mismo tiempo que incorporaba un nuevo elemento: el realismo de sus retratos. Al gusto por la expresión se sumará, así mismo, la veneración por la figura heroica propia del momento. Además de numerosos medallones, ejecutó más de seiscientos bustos de personajes que resumían los valores morales románticos por excelencia: Chateaubriand, Lamartine, Goethe, Victor Hugo, etc.

El pintor y escultor Honoré Daumier (1808-1879) es uno de los artistas más representativos del nuevo aire naturalista que dominaba la escultura a mediados de siglo. A partir de 1830 se dedicó a modelar treinta y seis pequeños bustos llenos de interés por la expresión. Los modelos en arcilla le facilitarán extraordinariamente la concentración en los efectos escultóricos. La despreocupación técnica no será un freno a la hora de reflejar su interés en el carácter personal del retratado.

Ésta faceta es complementaria a sus dibujos de caricaturas aparecidos en los periódicos satíricos del momento. Sus personajes muestran la vertiente más íntima de su personalidad, sin rehuir lo más exagerado. Lejos se encontrará la escultura neoclásica. Posteriormente Daumier modeló obras escultóricas entre las que destaca Ratapoil (1850), en bronce, símbolo de la demagogia bonapartiana.

En los mismos años, Jean Pierre Dantan (1800-1869) realizó caricaturas escultóricas de personajes contemporáneos del mundo de la literatura, del arte y de la ciencia, conocidas bajo el nombre genérico de Dantanorama. La exageración de las formas y la comicidad se reflejan en sus estatuillas de terracota. Los aires realistas serán cada vez más fuertes. El escultor Eugéne Guillaume (1822-1905) plasmará su admiración por Roma, donde residió durante cinco años después de su gran premio de 1845, en sus retratos apenas idealizados, como en el caso de Marc Seguin (1881).

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Retrato de Félix Fauré, de René de Saint-Marceaux (Museo de Versalles, París). La escultura romántica tuvo en el retrato de personajes notorios de la época otro de sus temas principales. Saint-Marce-aux retrató sobre todo a muchos de los artistas e intelectuales que acudían al salón de Meg, la joven Margueritte de Saint-Mar-ceaux, entre ellos Fauré, Ravel, Debussy, Isadora Duncan y otros.

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