La Escuela de Barbizon

Quienes representaron de un modo más exacto el cambio fueron los paisajistas que integraron la llamada Escuela de Barbizon, y sobre todo el creador de esta escuela, Théodore Rousseau (1812-1867). Este pintor, desde 1848, se había refugiado definitivamente en la pequeña aldea de Barbizon, cuando ya era bastante famoso en los medios artísticos de París, adoptando de ese modo una actitud de abierta oposición al sistema vigente, no sólo en el ámbito plástico, sino también en el mismo orden social.
Rousseau atrajo en el año 1846 a Jules Dupré (1811-1889) y a Narcisse-Virgile Díaz de la Peña (1808-1876) -nacido en Burdeos, hijo de padres españoles- a inspirarse en los parajes del bosque de Fontainebleau, en la aldea de Barbizon, y así quedó constituida aquella escuela.
A su alrededor se fueron reuniendo otros artistas descontentos del academicismo imperante y movidos por un común sentimiento en pro de la naturaleza, el campesino y la vida rural. De tal manera, la Escuela de Barbizon es un hecho que hay que considerar desde una perspectiva a la vez histórica, en razón de la comunidad de pintores que se establecen en dicho lugar, y estilística, debido a que el lenguaje de Rousseau se impuso como normativa sistemática. Un estilo de tesitura realista, pero de entonación ligeramente romántica, que se caracteriza por su especialización casi exclusiva en el paisaje y su estudio directo del natural, lo que le convierte en un punto de referencia para la pintura del siglo XIX, influyendo en numerosas escuelas regionales donde surgen diversos focos de creación.
La actitud de los pintores de Barbizon supuso una primera marginación voluntaria frente a lo establecido oficialmente, una propuesta de rebeldía ante las imposiciones de unas estructuras opresivas y el testimonio palpable de las posibilidades creativas de grupos que trabajaran al margen del orden imperante.
Otro componente del grupo fue Charles Frangois Daubigny (1817-1878), quien contó con la amistad de Corot y la admiración de Monet, constituyéndose a través de su pintura de paisajes en una especie de nexo de unión entre los miembros de la Escuela de Barbizon y sus posteriores seguidores impresionistas.
Rousseau era todavía un temperamento romántico, pero su programa se basó íntegramente en un estudio objetivo y directo. El y sus compañeros, renunciando al pintoresquismo, se lanzaron a analizar de un modo escrupuloso lo que pintaban. Pero aman con tal intensidad a la Naturaleza, que le infunden los efectos sentimentales que la misma observación de la Naturaleza despierta en sus almas, y así, sus paisajes -cuidadosamente estudiados- adquieren una calidad dramática que es tanto más perceptible, por cuanto estos pintores que toman sus apuntes al aire libre, realizan sus obras definitivas -como harán más tarde los pintores plenamente realistas- en sus estudios de pintor.
Junto a estos paisajistas se acogió en la colonia pictórica formada en Barbizon un gran pintor que se sentía atraído por el estudio de las reses de ganado. Constant Troyon (1810-1865), el Paulus Potter del XIX francés. Se dedicó a esta especialidad después de su viaje a Holanda en 1846.
Hacía tiempo que estos artistas se habían instalado en Barbizon, cuando Rousseau, que permaneció casi siempre allí, escribe a sus compañeros: Ha llegado un nuevo camarada que posee el color, movimiento y expresión, un pintor verdadero. Era Millet.

Realismo

Otoño (Museo de Bellas Artes, Reims), de Théodore Rousseau, creador de la Escuela de Barbizon, armoniza un dibujo vigoroso y una técnica minuciosa que le permite precisar hasta el mínimo detalle de la naturaleza logrando una atmósfera poética no exenta de melancólico dramatismo. De este modo, los de Barbizon se rebelan contra las estructuras opresivas del academicismo imperante.

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