La escuela de Chicago

La arquitectura de la Escuela de Chicago, expresión que define un conjunto de obras que configuraron en los últimos años del siglo XIX el centro administrativo de esta ciudad, representa uno de los avances más decisivos hacia la arquitectura racionalista, superando incluso sus propias reminiscencias eclécticas de carácter decimonónico.
Pese a la variada personalidad de sus autores, estos edificios fueron concebidos con una mentalidad libre de prejuicios, basada en la búsqueda de nuevas soluciones funcionales para conseguir el máximo aprovechamiento del suelo edificable y la utilización de los polifuncionales espacios interiores, definiendo con ello la nueva tipología de los rascacielos que unos años más tarde configurarán la nueva fisonomía de las grandes ciudades.
Los arquitectos de la Escuela de Chicago, en el preciso momento que el modernismo europeo producía sus obras más brillantes, iniciaron en el ámbito industrial avanzado de los Estados Unidos la negación del sistema formal imperante durante el siglo XIX desde los historicismos al modernismo.
Zanjaron las incertidumbres estilísticas de todo un siglo proyectando con visión de futuro una arquitectura nueva de espíritu funcionalista, acorde con el ritmo de los tiempos y las necesidades de los nuevos habitantes de las grandes metrópolis.
En 1892 Sullivan había escrito ya en su artículo El ornamento en arquitectura: “Sería de desear que durante unos años renunciáramos por completo a todo ornamento, de tal modo que pudiésemos concentrar nuestro pensamiento en la construcción de edificios que sean agradables en su desnudez.”El pensamiento de este arquitecto y el conjunto de las obras realizadas en Chicago durante los últimos años del siglo, iban a influir profundamente en los europeos que la visitaron, a la cabeza de los cuales se encontraba un adoctrinado de la arquitectura moderna, Adolf Loos, uno de los principales críticos del formalismo, de una manera de hacer entregada al decorativismo, carente de toda racionalidad técnica, económica o social y puesta al servicio, en cambio, del esteticismo de la clase aristocrática.
El debate entre el pasado y el futuro apuntaba ahora de manera clara hacia una racional interpretación del progreso; Chicago sería uno de los escenarios de tal episodio y la cimentación de la verdadera sociedad contemporánea.
El intenso desarrollo económico que vivió Chicago tras la guerra civil (1861-1865) fue consecuencia de su privilegiada situación geográfica; no en vano era un centro de comunicaciones que unía la costa Este con el rico Oeste americano en plena expansión. La elaboración de un lenguaje apropiado a las nuevas necesidades de la ciudad, centro de gran actividad comercial y económica, fue el objetivo de sus arquitectos. El Reliance Building, iniciado en 1890 por Burnham y Root, con una altura inicial de cinco plantas que más tarde se amplió a diez, puede considerarse uno de los edificios más significativos de esta escuela arquitectónica y el punto de partida de la corriente “estructuralista”.
La unión de una armazón metálica con el ladrillo o mampostería hizo los nuevos edificios de la asolada dudad de Chicago, arrasada por un incendio en 1871, más resistentes al fuego. Este principio constructivo se convirtió en un hallazgo estructural y plástico para la nueva arquitectura comercial; el Roockery Building, de Burnham y Root, o el Sears, Roebuck & Co. Building, de William Le Barón Jenney, son diferentes ejemplos de construcciones comerciales de este tipo. Aun a pesar de que algunos de estos edificios interpretan en su exterior un estilo de traza historicista (uso de almohadillado, gruesas columnas, arcadas que enmascaran el verdadero alzado de sus plantas, etc.), los arquitectos e ingenieros que los construían interpretaban necesidades redescubriendo las formas más racionales de la arquitectura del pasado.

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Roockery Building de Chicago, de Burham y Root. La unión de una armazón metálica con el ladrillo o mampostería hizo a los nuevos edificios de la asolada ciudad de Chicago más resistentes al fuego. Este edificio imita la forma expresiva de Richardson en una versión perfeccionista y depurada de las anteriores obras a base de mampostería. El exterior interpreta estilísticamente las trazas de la línea historicista con el uso del almohadillado rústico, las gruesas columnas de la base y las arcadas que enmascaran el verdadero alzado de sus plantas.

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