Clasisismo escultórico, bizantinismo pictórico (I)

La pérdida irreparable de muchos frescos, y la más completa todavía de los iconos de estos siglos románicos, cuando el arte italiano está incubándose, hace que nos interese más lo que se ha conservado del arte de la miniatura. Ilustra el pensar y sentir de las gentes en aquella época de transición.

La miniatura compendia todas las influencias y tendencias; los libros son importados de países lejanos, y se prestan a introducir maneras y estilos que serían arriesgados en arquitectura y escultura.

Cada centro de producción de manuscritos tenía cierta independencia de los demás; por tanto, es difícil agruparlos y peligroso formular teorías que puedan aplicarse a las otras artes. Sin embargo, dos grandes centros de producción de libros en la Italia románica se destacan con suficiente claridad para poder distinguir sus manuscritos en las bibliotecas. Uno es el de Roma, concentrado probablemente en la Biblioteca Pontificia. Los códices ejecutados en Roma y en el Lacio tienen figuras recortadas con líneas algo gruesas, pero trazadas con firmeza. Los fondos se han llenado de colores uniformes, a veces subdivididos en zonas horizontales. Los colores, que añaden valor a las figuras, son transparentes y variados. Pero las viñetas son escenas llenas de vida.

La segunda escuela de miniatura italiana que se distingue de las otras románicas es la de Montecassino. En el abaciado de Teobaldo, entre los años 1022 y 1035, ya se habían reunido en la biblioteca cassinense sesenta manuscritos, número muy importante para la época. Esto fue sólo el comienzo. El abad Desiderio, que sucedió a Teobaldo y restauró a fondo la abadía, construyó una cámara biblioteca junto al palatium, esto es, el aposento del abad. Aumentó el número de libros y de calígrafos y miniaturistas.

Parece que cambió algo el estilo de decoración del scriptorium. Antes del abaciado de Desiderio, los libros de Montecassino se caracterizaban por decoraciones de carácter casi geométrico con profusión de entrelazados, cuyos remates zoomórficos son supervivencia de los estilos teutónico y celta. Y esto no es de extrañar, pues los monjes celtas mantenían muy activa la colonia de Bobbio, en el Apenino, fundada en tiempos de San Columbano. Con Bobbio estaba relacionada la canónica de Vercelli, otro centro de cultura prerrománica, con la cual estaba asociado Montecassino. Así, por las etapas de Bobbio y Vercelli, el asombroso arte de la miniatura de los monjes irlandeses había llegado hasta la Italia Meridional.

Parece que una escuela de miniatura como la de Montecassino no debiera distraernos hasta el punto de dedicarle varios párrafos de esta historia general. Pero Montecassino fue, a su vez, un lugar de difusión cultural enorme. Antes de que Cluny organizara la Orden benedictina como imperio monástico con la mayoría de las casas de religiosos del Occidente acogidas bajo su férula, Montecassino, sin más autoridad que el prestigio de haber sido el lugar donde vivió, murió y estaba enterrado San Benito, era el monasterio al que acudían en demanda, si no de órdenes, de dirección y consejo las demás casas de benedictinos de toda Europa.

En una de las llamadas artes industriales -aunque nunca son industriales las artes, cuando son arte- se puede apreciar mejor que en la pintura y la escultura la emancipación que, durante el período románico, experimentaron en Italia las artes. Se trata de las puertas de bronce de la época románica, que conservan todavía muchas catedrales italianas. El origen de la técnica de fundirlas y ensamblarlas es bizantino: Santa Sofía de Constantinopla tiene aún sus puertas de bronce.

Se sabe que se importaron de Bizancio puertas broncíneas para la restauración de Montecassino, y que los armadores de Amalfi se encargaron de transportarlas por mar. Mas pronto artistas italianos ejecutaron puertas semejantes, y poco a poco se fue eliminando el hieratismo secular bizantino para dejar paso a una interpretación ingenua de la vida real. Las composiciones historiadas están en relieves rectangulares que forman los paneles de una armazón de bronce. En estos cuadritos con figuras se despliega el gusto latino, amante de lo personal e individual, tan contrario al protocolo artístico bizantino. Famosas entre todas son la puerta de bronce de San Zeno Maggiore en Verona -con elementos del siglo XI- y la maravillosa Porta Ranieri, junto al ábside de la catedral de Pisa, obra del fundidor Bonannus. En los relieves de estas puertas de bronce hay una premonición de las de Ghiberti para el baptisterio de Florencia.

La excelencia de estas puertas de bronce de la Italia Meridional fue reconocida por las gentes nórdicas. Veían en aquellos batientes un hecho artístico que se anticipaba a los tiempos. Así, puertas de bronce fundidas en la Italia románica llegaron a ser imitadas en Alemania.

arte románico

Portal de la catedral de San Zeno Magglore, en Verona (Véneto). Detalle de la puerta de bronce, que está dividida en paneles con escenas del Antiguo Testamento. En este caso se trata del episodio de Noé y el diluvio universal.

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