La grandeza cluniacense

La reforma de la Orden de San Benito, iniciada por los monjes franceses de la abadía de Cluny, había de tener consecuencias importantes para el Arte.

Hasta entonces las casas benedictinas no habían tenido entre sí más vínculo de unión que los preceptos de la regla del fundador; no existía una autoridad común general para toda la Orden; los monjes de cada monasterio elegían de entre ellos mismos su propio abad y no mantenían con las otras abadías trato de dependencia ni sujeción alguna, como no fuera la que procedía de vivir los benedictinos según los preceptos de la regla escrita por San Benito.

Como, además, por este tiempo, la vida monástica en Occidente estaba reducida a la Orden benedictina, no reinaba siempre aquella disciplina y fervor religioso que después se despertó por la competencia entre las nuevas Ordenes mendicantes de franciscanos y dominicos.

Los monasterios, reformados por iniciativa de Carlomagno, habían recaído, con el transcurso del tiempo, en desórdenes e inmoralidades, y se imponía, dentro de la Orden misma, una regla que restableciera el antiguo espíritu y la piedad desaparecida. La reforma partió de Cluny, una casa benedictina de Borgoña fundada a principios del siglo X y su idea inicial consistía en acabar con la disgregación e independencia en que habían vivido hasta entonces los benedictinos; no tenía pretensiones de universalidad, pues intentaba sólo agrupar los monasterios con un mínimo de jerarquía para mantener la disciplina.

La reforma cundió y se formalizó porque hacía muchos años que se había advertido la necesidad de reunir las casas de religiosos. Pero sólo por obra de San Odón y San Mayolo, los dos segundos abades de Cluny adquirió la Orden de San Benito nuevo esplendor, y llegó a producirse un renacimiento monástico comparable en todo con el de la época de las primeras fundaciones efectuadas en el siglo V.

Así, en Cluny cabe decir que la Orden benedictina nació por segunda vez, ya que antes era un lugar desierto, malsano y pantanoso, sin tradición alguna de cultura. Su suerte fue haber tenido una serie de primeros abades verdaderamente eminentes. Bajo el primero de ellos, Berno, se construyó la primera iglesia de Cluny, que debía ser sustituida por otra mayor ya a mediados del siglo X.

El segundo, Odón (927-942), estableció ya la federación de Cluny con el monasterio de San Agustín, de Pavía; con el famoso de Aurillac, en Auvernia; con el de Romanmourtier, en Suiza, y con otros, hasta doce, que se sometían a una autoridad común. Cluny, que había propuesto la agregación a pesar de ser de fundación más reciente, iba a la cabeza por el mérito de su abad, universalmente reconocido.

Así empezó la agregación de los monasterios alrededor de uno solo, que quedaba convertido en metropolitano de todos ellos. Como Cluny fundaba además abadías filiales, las cuales eran a su vez nuevos centros de agregación de las viejas casas benedictinas que tenían a su alrededor, y, como, sobre todo, los reyes y nobles facilitaron en gran manera la implantación de la reforma, cediendo o entregando las casas benedictinas de sus Estados, ya a Cluny directamente, ya a sus nuevas abadías filiales, reformadas, la organización se extendió con extraordinaria rapidez.

En Castilla, en tiempo del rey don Alfonso VI, la reina francesa llegó acompañada de benedictinos de Cluny, que ocuparon los principales obispados del reino, y su influencia produjo una corriente cluniacense en el arte. Desgraciadamente es difícil estudiar este desarrollo artístico porque las principales iglesias monásticas han sido destruidas: Oña (fundada en 1033), Nájera (1056), Sahagún (hacia 1080) y Camón de los Condes (1095).

Así, pues, no es de extrañar que al edificar de nuevo la iglesia de la abadía de Cluny con los recursos ilimitados de que la Orden disponía, se la construyera de manera que llegase a ser la mayor de la cristiandad en Occidente, mayor aún que las propias basílicas de los Apóstoles en Roma. La pequeña iglesia primitiva del duque Guillermo, construida bajo el abad Berno, ya había sido sustituida por la llamada Cluny II (edificada entre 955 y 1000), pero ésta fue destruida a su vez para levantar Cluny III, con arreglo a un plan colosal, a partir de 1088. Dice la leyenda que al monje Gauzon, que fue el director de las construcciones, se le apareció el apóstol San Pedro para entregarle los planos, que sin ayuda superior parecía imposible realizar.

El templo tenía un larguísimo atrio o nártex con tres naves, vasto por sí solo como una gran iglesia; después, por una puerta decorada con innumerables esculturas, se entraba en la basílica, de cinco naves, con dos transeptos, cada uno con varios ábsides o capillas y un gran coro en el fondo, también con otros ábsides pequeños y girola. Sobre el crucero posterior se levantaba un fino cimborrio octogonal, y sobre el crucero anterior, cercano al santuario, la llamada Torre de las Lámparas.

arte románico
Vendimador (Musée du Louvre, París). En este detalle de un capitel de la abadía de Montiers-Saint-Jean se manifiesta el estilo escultórico borgoñón del siglo XII.

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