Historia del Arte

El lesbianismo

Me parece igual a los dioses aquel varón que está sentado frente a ti y a tu lado te escucha mientras le hablas dulcemente y mientras ríes con amor. Ello en verdad ha hecho desmayarse a mi corazón dentro del pecho: pues si te miro un punto mi voz no me obedece, mi lengua queda rota, un suave fuego corre bajo mi piel, nada veo con mis ojos, me zumban los oídos, brota de mí el sudor, un temblor se apodera de mí toda, pálida cual la hierba me quedo y a punto de morir me veo a mí misma.
Safo vivió en Lesbos en el siglo VI antes de nuestra era. Sus poemas, inspirados por el amor que despertaban en ella sus jóvenes alumnas, han identificado para siempre a las mujeres de su isla con el amor homosexual femenino.

Pero en la Antigüedad, lejos de tener fama de lesbianas, las mujeres de Lesbos la tenían de hábiles felatrices. Así se interpreta por ejemplo este fragmento de Anacreonte: «Otra vez Eros de cabellos de oro me alcanza con su pelota purpúrea y me invita a jugar con una muchacha de sandalias multicolores. Pero ella, como es de la bella isla de Lesbos, desprecia mis cabellos porque son blancos y abre su boca en busca de otros». El nombre con que se designaba en Grecia lo que ahora llamamos lesbianas es una palabra de significado mucho más inquietante; son «las tríbades», mujeres peligrosas, incontrolables, salvajes, «naturales».

El amor lésbico no parece haber interesado mucho en la Antigüedad clásica, al menos no en la cultura visual. No hay una sola escena de sexo entre mujeres ni en Grecia ni en Roma. Se ha especulado y se ha buscado mucho en las imágenes reflejos de la homosexualidad femenina en un mundo donde la tradición iconográfica del amor entre hombres es tan fuerte. Muchas veces se ha sugerido que en una sociedad como la griega, con tal división de sexos, la insatisfacción femenina podría haberse canalizado hacia la homosexualidad de forma «natural».

Algunos textos, no sólo los de Safo, ponen al descubierto este tipo de prácticas. Luciano, por ejemplo, nos cuenta con palabras femeninas la manera en que es seducida una mujer por otras: «primero me besaban como hombres, sin limitarse a juntar sus labios a los míos, sino entreabriendo la boca, y me abrazaban y oprimían mis senos; Demonasa incluso mordía mientras besaba, y yo no podía figurarme qué era aquello. Más tarde Megila, que estaba ya entrando en calor, se quitó de la cabeza la peluca, que llevaba puesta de modo muy aparente y con aspecto natural, y se dejó ver rapada hasta la piel, corno los atletas muy viriles, y yo me quedé cortada». Al final Megila consigue convencer así a Leena: «entrégate Leena y te darás cuenta de que no me falta nada que tengan los hombres, porque tengo una cosa en lugar de miembro viril. Entrégate y lo verás».

¿Qué cosa tenía Megila? ¿Tal vez un artilugio contra natura como los que aborrece el heterosexual del Pseudo Luciano? «¡Que se sometan al artificio de lascivos instrumentos, misteriosa monstruosidad carente de esperma, y se acueste mujer con mujer como si fuera un hombre!»

En su afán por encontrar algunas escenas de lesbianismo que equilibren algo la abundancia de escenas homosexuales masculinas, algunos autores han decidido de un extraño modo que en las imágenes en que aparecen mujeres manipulando los dildos u ólisboi, la cosa de Megila, se encuentra una referencia a la relación erótica homosexual.

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Interior de una copa ática de figuras rojas de Epiktetos, principios del siglo V a.C., San Petersburgo, Museo del Ermitage.

Pero parece que se olvida que una relación implica al menos a dos personas, y este tipo de escenas, que suelen estar dibujadas sobre copas usadas en el banquete por hombres, se explican mejor como fantasías masculinas de lo femenino que como imagen «fotográfica» de una práctica real. Otro ejemplo que se saca a colación son las imágenes en las que aparecen dos mujeres juntas, y si están desnudas mejor.

Así, el interior de una copa de figuras rojas que muestra a dos mujeres cuya ropa ha quedado colocada sobre un taburete ha sido identificado por algunos, entre ellos Dover, como representación de una masturbación lésbica. Pero lo que vemos aquí es una mujer de pie sosteniendo un exáliptron, un vaso poco frecuente de uso femenino, contenedor de perfumes y ligado a momentos de tránsito, muchas veces asociado a las tumbas, mientras otra mujer arrodillada dirige su atención y sus manos (de forma poco eficaz para una estimulación) al sexo de su compañera.

arte erótico

Interior de una copa ática de figuras rojas procedente de Tarquinia, circa 500 a.C., Tarquinia, Museo Arqueológico.

La imagen puede significar muchas cosas, desde una simple escena de toilette femenina a una preparación del cuerpo con connotaciones rituales, iniciáticas o funerarias, pero desde luego hay que ser muy imaginativo para leerla en clave sexual. No hay nada, ni un atisbo de comunicación, de participación, ni un solo gesto, que nos invite a pensar que aquí hay deseo o emoción erótica. Muy al contrario de lo que veremos en las escenas masculinas. Y esto es lo más explícito que podemos encontrar en las imágenes clásicas. No hay imágenes de lesbianismo ni en el mundo griego ni en el romano, y lo afirmo con la misma rotundidad con la que lo han hecho muchos especialistas antes que yo.

Pero tenemos la voz de Safo. Es cierto que la lesbia vivió en una comunidad de mujeres, en un thiasos, un grupo en el que convivían las muchachas antes de casarse en el cual compartían rituales e incluso deidades y una vida en común, un ambiente de mujeres en el que las jóvenes muchachas, cuyo destino final era el matrimonio, se educaban dirigidas por una maestra como fue Safo. No sólo en Lesbos, también en otros lugares de Grecia, fundamentalmente en Esparta, existían estos thiasoi en el siglo VI a. C., y se trataba de una experiencia muy similar a la de los varones que también comparten estos exclusivos grupos de carácter pedagógico e iniciático. Parece pues que en la Grecia arcaica se admitió una cierta igualdad entre los sexos al menos en este tipo de rituales de iniciación.

Pero mientras que la pederastía masculina siguió desarrollándose en Grecia en el ámbito de la palestra y el banquete, la femenina no resistió las profundas transformaciones sociales de las ciudades griegas que inevitablemente incidieron en las vidas de las mujeres que, como hemos visto, quedaron relegadas al papel de reproductoras legítimas o de objeto de placer, según su clase social, y encerradas y segregadas dentro del oscuro espacio de sus habitaciones de mujeres o gineceo.

Por supuesto, no hay que dudar que la actividad lésbica continuó muchos siglos después de Safo, pero sin voz y sin imágenes. A partir de entonces, la escasa preocupación sobre el tema la encontramos en palabras que salen de boca de hombres. El primero que se ocupa es Platón cuando expone el conocido mito del andrógino y explica la naturaleza del amor hacia los del mismo sexo: «cuantas mujeres son sección de mujer, no prestan mucha atención a los hombres, sino que se inclinan más por las mujeres, y de este género proceden las invertidas».

Y uno de los últimos es un apologista cristiano del siglo IV d. C, Lactancio, que explica así, retomando la vieja idea griega de las partes con que concibe el útero, las tendencias sexuales que se dan por naturaleza: «Cuando el semen de género masculino viene a caer en la parte izquierda del útero, se piensa ciertamente que nace un macho, pero puesto que ha sido concebido en la parte femenina, tiene en sí algo de femenino por encima de lo que permite el decoro viril, ya sea una belleza poco común o una excesiva blancura o un cuerpo ligero o miembros delicados o baja estatura o una voz débil o un ánimo flojo o más características de este tipo.

Igualmente, si el semen de género femenino fluye hacia la parte derecha, ciertamente nace una hembra, pero, por haber sido concebida en la parte masculina, tiene en sí algo de virilidad, más allá de lo que permite la naturaleza de su sexo, ya sea miembros fuertes o una altura excesiva o un color oscuro o un rostro híspido o mal aspecto o una voz fuerte o un ánimo audaz o más características de este tipo».

«La homosexualidad femenina fue, a todos los efectos, un argumento tabú.» Mucha gente no está totalmente de acuerdo con esta afirmación de Dover no cree que fuera tabú, simplemente carecía de interés. Y por eso no se representó nunca. Ni siquiera en las escenas de sexo en grupo encontramos jamás dos o más mujeres compartiendo el lecho con un hombre, mientras que lo normal es encontrar a una mujer que mantiene relaciones con varios hombres a la vez.

Se encuentra aquí un curioso contraste pueden ser diversas; negar a las mujeres un papel activo en la relación sexual puede ser una, pero la más evidente es que el artista y el espectador clásicos son hombres y la mirada a la que se dirigen las escenas eróticas es exclusivamente a la del varón. Y en las masculinas sociedades griega y romana lo que les pasara a las mujeres, la subcultura de lo femenino, no interesaba nada. En realidad, las escenas de amor lésbico aparecen muy tarde en la cultura occidental; antes debió de parecerles algo terriblemente aburrido.

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