Eros entre hombres (I)

En el interior de la copa de principios del siglo V a. C., que comentabamos al principio, el joven lleva en una red una liebre viva fuertemente apretada en su mano, regalo de su amante, y detrás de la pareja de nuevo encontramos la esponja, la estrígile y el aríbalo de la palestra. Claramente hay dos lugares ligados al amor homosexual en las imágenes griegas: la caza y la palestra, dos espacios, dos formas de vida que ponen en contacto a los efebos con los adultos y donde el continuo ejercicio de competición sirve para comparar las cualidades que manifiestan la excelencia de los jóvenes y la habilidad y virilidad de sus maduros compañeros. Son actividades adecuadas para la educación de un hombre noble, donde el joven se forja resistiendo el dolor, aprendiendo a disimular el sufrimiento, superando el frío, el calor, el cansancio, el sueño.

Las presas de caza se exhiben con orgullo en las imágenes aristocráticas de la Grecia arcaica. Son elementos de prestigio social y de distinción personal. Cazar es un instrumento decisivo en la educación de un joven, como dice el propio Platón en las Leyes, antes de pasar a formar parte del grupo de guerreros. Afrontar los peligros del bosque, lleno de seres salvajes y riesgos eróticos, y cobrar además una hermosa presa, requiere una habilidad y una práctica extraordinarias. La captura de la liebre a la carrera era particularmente difícil. Son muchas las imágenes de la cerámica que muestran a los jóvenes erómenoi acariciando o jugando con sus liebres vivas. «El mundo de la caza, como el de la erótica, es por excelencia un espacio donde todo puede pasar y el cazador convertirse en presa, como Acteón devorado por sus propios perros.» En la Atenas democrática, el agreste escenario erótico se convierte en espacio urbano. Nos trasladamos del campo a la ciudad. Eros aparece ahora entre los hombres ciudadanos, en el lugar de mayor actividad física de la polis, donde los adultos encontraban el sugerente estímulo de contemplar los cuerpos de los adolescentes desnudos: la palestra.

Tal vez se pregunten qué sucedía con aquel grupo de edad de varones, invisibles en las imágenes, que dejaban de ser efebos deseables y no se habían convertido aún en adultos deseantes. Debía de ser difícil ser un hombre joven en Atenas. Para señalar el paso a la juventud, los griegos tenían un léxico, como señala Eva Cantarella, muy preciso: «nacido sin cabeza, aphron, el joven varón comenzaba a razonar, phronein, a los dieciocho o veinte años». Pero razonar no es madurar y el joven, a partir de esta edad, iniciaba un delicado y difícil proceso en el que tenía que evolucionar de amante pasivo a amante activo, un largo camino de varios años en el que los hombres eran al mismo tiempo paides y neoi, niños y jóvenes, a la vez pasivos y activos sexualmente, ambiguos, pésimos amantes y un peligro potencial como inexpertos seductores de efebos. Probablemente estos jóvenes solteros tenían muy restringido el acceso a los gimnasios como medida de protección hacia los paídes, y no tenían posibilidad alguna de mantener relaciones con una mujer casada o una virgen. Así pues, en la edad comprendida entre los dieciocho y los treinta años las únicas relaciones sexuales que podía mantener un joven en Atenas eran con profesionales del sexo o con esclavos/as.

¿Por qué y cómo se produjo este complejo fenómeno tan estrictamente regulado como fue la homosexualidad o, si quieren, la seudohomosexualidad pederástica en Grecia? La segregación de los sexos no es respuesta suficiente. Por un lado, es verdad que en el pensamiento griego el igual (no sólo físico, sino también moral e intelectual) de un hombre es otro hombre. Tal y como imaginaban los griegos a las mujeres, es más de fiar un muchacho: «un joven guarda agradecimiento; en cambio, para la mujer no hay ningún amante digno de fidelidad, sino que ama siempre al más próximo», pero esto no explica por sí mismo la rígida normalización de la relación homoerótica masculina.

Los amores homófilos de los griegos tienen en la base, como destacan los estudios más recientes, la práctica de unos procedimientos educativos que aún dependían en gran medida de los ritos de iniciación tribal. Efectivamente, es en la Grecia más remota, prehomérica, donde se buscan las raíces de la homosexualidad, en un pasado tribal con una organización social basada en la división de clases por edad. Para pasar de una clase a otra los jóvenes tendrían que someterse a una serie de ritos y a un período de segregación donde vivirían en compañía de un adulto.

Estrabón nos cuenta el caso de los cretenses; éstos, durante dos meses, segregaban al adolescente que vivía fuera de la ciudad con el adulto que lo había raptado y con el que mantenía relaciones estrictamente reguladas por la ley. Cuando regresaba a la ciudad el muchacho recibía de su amante un equipo militar, ingresando así en la comunidad de adultos. Plutarco cuenta un caso similar con niños de doce años en Esparta. En la isla de Santorini, en la antigua Tera, se han conservado unos grafitos al aire libre que se fechan en el siglo VI a. C. y que hacen referencia explícita a la relación pederástica: «Aquí Crimón ha sodomizado a su país, hermano (o hijo) de Baticles». Comienza así a conformarse la relación pedagógica que une durante un tiempo, también sexualmente, a emstés y a crómenos; la enseñanza es dada y recibida junto con el amor. Esta homosexualidad, que tuvo su origen en ritos iniciáticos, es la que llega a convertirse en una costumbre social-mente aceptada, incluso apreciada y muchas veces representada en el arte de la Grecia arcaica y clásica.

Las escenas de cortejo homosexual se multiplican en la cerámica ática entre el 525-425 a. C., y la mayoría de ellas se fechan entre el 475-450 a. C. A finales del siglo V a. C., cuando este tipo de imágenes comienza a pasar de moda, encontrarnos algunas voces que empiezan a defender la heterosexualidad frente al amor pederástico, como Jenofonte o Aristófanes. Al mismo tiempo se inicia una tendencia en el arte en general, y en los dibujos de la cerámica en particular, hacia «lo femenino».

En las escenas de interior y de gineceo, los espacios femeninos empiezan a reemplazar a las masculinas escenas de combate o de palestra, el cuerpo de la mujer comienza a descubrir su sensualidad en el llamado estilo rico o florido de finales de siglo, que desembocará en el desnudo femenino de Praxíteles del siglo IV a. C. Este cambio se produce justo cuando Atenas ha entrado en una guerra de la que saldrá perdedora, en un momento en el que su población ha sido diezmada por la peste y en el que otros desastres políticos comienzan a desestabilizar la ciudad, en lo que se ha denominado la crisis de la polis que, sea más o menos real, lo cierto es que provoca unas profundas transformaciones que se reflejan en su literatura y en su arte. Y una de ellas es la paulatina sustitución de los temas guerreros, cívicos, masculinos y homosexuales por los temas femeninos, los espacios agrestes y las escenas heterosexuales.

En la época helenística encontramos ya muy pocas imágenes eróticas, y éstas reducidas a objetos de tocador, como espejos y poco más, y ninguna imagen de cortejo pederástico. En la literatura griega tardía se observa que el tema de la comparación entre el amor a las mujeres y el amor a los hombres sigue preocupando, es más, parece haberse puesto de moda. En la Antología Palatina aparece muchas veces.

A favor del amor homosexual encontramos, cómo no, de nuevo la voz de Estratón: «la muchacha no tiene esfínter ni sabe besar llanamente; no tiene buen olor natural en la piel, ni expresiones dulces y al mismo tiempo obscenas; no tiene mirada ingenua, y si va de lista, aún es peor. Por detrás todas son frías. Pero es lo principal, en fin, que no hay donde poner la mano vagabunda».
Mientras, otros prefieren ya claramente a las mujeres y lo proclaman: «¡Los hombres para otros! Conozco solamente el amor de mujeres reservado por lazos duraderos. ¡Qué inmundicia los muchachos! Repugnancia me causan aquellos pelos, creciendo tan malignos, tan rápidos».

Los romanos consideraron que el amor hacia los muchachos era una moda foránea, el vicio griego. Pero esto no es del todo cierto; no hay que imaginar a los romanos como una sociedad rigurosamente heterosexual antes de la llegada de la moda helenizante. Antes bien, los romanos ya practicaban los amores homosexuales, aunque con grandes diferencias en relación con la concepción pederástica griega. «Para el macho romano», «potente e inagotable, las mujeres no podían ser suficientes. Su sexualidad exuberante e irrefrenable debía expresarse sin límites; debía poseer todos los posibles objetos de su deseo, independientemente de su sexo». Como en Grecia, el hombre romano es muchas veces bisexual y, como a los griegos, a los romanos el amor hacia otro hombre les resulta útil para escapar de las mujeres poco sumisas y sexualmente exigentes.

De hecho, en Roma las mujeres llegaban más allá y se atrevían a pedir a sus maridos que les dejaran tener amantes: «Mi esposa me suplica, Gallo, que le permita un amante, uno, no dos. Pero yo le arranco los dos ojos». La homosexualidad romana es igual que la griega en lo que se refiere a la afición a los muchachitos imberbes: «que sea terso por su tierna edad, y no por la piedra pómez, mi pequeño esclavo y me haga aborrecer a las mujeres». Los jovencitos, como en Grecia, eran un peligro para las esposas, pero parece que las mujeres romanas, lejos de resignarse, intentaban atraer a sus maridos ofreciéndoles su espalda, ofrecimiento al que un marido contesta así en un epigrama burlesco de Marcial. «Esposa mía, porque me has sorprendido con un muchacho me atacas con furiosas injurias y gritos: ¡también yo tengo culo! Cuántas veces Juno se lo ha dicho al lascivo Júpiter y él, testarudo, se va al lecho con Ganimedes ya crecido. Encorvaba a Hilas, dejando el arco, Hércules: ¿crees acaso que Mégara no tenía encantos? Febo sufría ferozmente por Dafne fugitiva: un jovencito espartano apagó aquellas llamas. Y al Eácida Briseida siempre ofrecía la espalda, pero su corazón estaba preso de su impúber amigo. Por favor, no des nombres masculinos al que está debajo. No veo un culo en ti sino un doble higo».

Pero, a pesar de la misma preferencia pederástica, la homosexualidad masculina griega y romana tenía un carácter muy distinto, lo que indica orígenes diferentes e independientes para la misma práctica, por mucho que a algunos romanos biempensantes les pareciera que el sexo entre varones era una costumbre «nacida en los gimnasios griegos».

La gran diferencia estriba en que para un romano no era lícita la relación con otro romano de cualquier edad. «La pasividad sexual para un hombre libre es un crimen, para el esclavo una necesidad, para un liberto un deber.» La relación homosexual ha de ser la de un hombre libre con un esclavo. En la comedia de Plauto se muestra qué espera un dueño de su esclavo y cómo se empieza a jugar con él; primero «el esclavo debe ponerse a cuatro patas». El sexo, y no precisamente el intercrural, era un servicio que debía un esclavo a su amo. ¡Qué diferente de la experiencia pedagógica de los amantes griegos! Para un griego no tenía ningún sentido amar a un esclavo, y para un romano era una ofensa someter a otro romano, aunque fuera un niño.
También en Roma encontramos una moral sexual muy peculiar. Tampoco se juzga el acto en sí mismo; al igual que en Grecia, lo que era un crimen era contaminar sangre romana, y el acto carnal siempre dejaba una mancha al que lo padecía, de tal manera que semejante señal sexual sólo podía infligirse a alguien de sangre no romana, esto es, a un esclavo. «Nada prohibe a quienquiera el pasear por la vía pública. Con tal de que no se atraviese ninguna propiedad privada, con tal de que no se toque a una mujer casada, a una viuda, a una virgen o a algún joven libre. ¡Que se haga el amor con quien a uno le venga en gana!» Con tanta libertad sexual sólo quedaban los prostíbulos o los esclavos.

Esto explica, el distinto tratamiento del mismo tema en las imágenes. En la cultura visual de los griegos era imposible e impensable representar a un hombre en una postura sumisa pues, aunque fuera adolescente, no dejaba por ello de ser varón, y por lo tanto jamás se llegó a hacer visible una escena homosexual de sexo explícito. Las imágenes de homosexualidad en Grecia eran ejemplares porque lo que se ilustra es una relación entre iguales; los amantes se encuentran cara a cara, existe la mirada y la palabra, es el juego de la seducción y del cortejo lo que se quiere figurar una y otra vez. Es un encuentro entre dos seres libres que de manera también libre mantienen relaciones sexuales. En el caso de la copa romana es la satisfacción del hombre adulto, es la morbosidad del acto carnal aumentado con la presencia del niño mirón, es una relación en la que no hay comunicación visual porque no hay contacto entre iguales, es el mandato del amo y el sometimiento del esclavo.

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