Las mujeres y el amor (I)

El placer femenino necesario para la concepción es inquietante, porque ¿cómo es? ¿Qué intensidad tiene? ¿Quién siente más placer en la relación sexual? Esta discusión ocupó un día a Zeus y a Hera en el Olimpo. El dios creía que las mujeres disfrutaban más y la diosa opinaba que era mayor el placer en los hombres. Para zanjar la cuestión llamaron a Tiresias, que había sido hombre, luego mujer y después hombre, castigado por haber separado con su bastón a dos serpientes que copulaban. Tiresias respondió que, si había diez partes, nueve eran para la mujer y una para el hombre. Por haber traicionado semejante secreto de género, Hera lo dejó ciego, y, por haber dado a los hombres tan valiosa información, Zeus le concedió el don de la adivinación y una larga vida de siete generaciones.

Las mujeres son promiscuas insaciables. Necesitan de los hombres y del falo por la propia naturaleza que las ha concebido con un animal (un útero sediento) dentro de otro animal (su cuerpo). De este tópico los cómicos sacan partido. En la comedia aparece muchas veces un personaje recurrente, la vieja libidinosa y borracha, que se utiliza como recurso cómico de esta necesidad femenina del sexo masculino. Y en la Lisístrata de Aristófanes la ateniense protagonista tiene una idea para acabar con la guerra del Peloponeso, que enfrenta a su ciudad contra Esparta:
Lisístrata Hablaré; no hay que ocultar el plan. Mujeres, si hemos de forzar a nuestros maridos a vivir en paz, hemos de abstenernos…
Cleónica ¿De qué?
Lisístrata ¿Lo haréis?
Cleónica Lo haremos aunque tengamos que morir.
Lisístrata Pues bien, hemos de abstenernos de la polla. ¿Por qué os volvéis? ¿Adonde vais? Vosotras, ¿por qué torcéis el gesto y negáis con la cabeza? ¿Por qué palidecéis? ¿A qué vienen, esas lágrimas? ¿Lo haréis o no?; ¿qué problema tenéis?
Cleónica No puedo hacerlo: que siga la guerra.
Mirrina Ni yo: que siga la guerra.
Lisístrata ¿Eso dices tú, lenguado? Hace un momento estabas dispuesta a dejarte abrir en canal.
Cleónica Cualquier otra cosa. Lo que tú quieras. Dispuesta estoy si hace falta a caminar sobre las brasas; eso mejor que lo de la polla, pues no hay nada como ella, Lisístrata querida.
No es extraño que con esta concepción de las mujeres-animales poseídas por las fuerzas irracionales de la naturaleza los griegos imaginen en sus mitos a la mayoría de sus monstruos con género femenino: esfinges, gorgonas, furias, arpías, sirenas… En estado puro la mujer es la alteridad de lo masculino y provoca miedo y desconfianza. Abandonadas a sí mismas, pueden ser seres indomables, como las amazonas, organizadas en una sociedad femenina y guerrera que conforma un mundo al revés; representan el contrario de lo masculino-griego y de esta forma son tratadas en el arte a partir del siglo V a. C. En época clásica se asimilan a los orientales persas y, como enemigos de la razón, del orden y de los atenienses, encuentran su lugar, por ejemplo, en las metopas del Partenón, junto a otros seres bárbaros e incivilizados como los gigantes o los centauros.

Se oculta en los mitos, textos e imágenes de los griegos un miedo reiterado: el peligro del dominio de las mujeres, que se vuelven más peligrosas cuanto más condescendiente y débil es el hombre, por ejemplo en verano: «Empapa de vino los pulmones, pues la estrella está haciendo su giro y la estación es dura y todo está sediento por el calor y resuena desde el follaje la cigarra cantora.- y florece el cardillo. Ahora están más peligrosas las mujeres y débiles los hombres pues su cabeza y sus rodillas Sirio las hace arder». Y qué decir de las diosas. Mientras una mujer mortal puede alcanzar la inmortalidad a través de una boda sagrada o hierogamia con un dios, como Amímone con Posidón o Ariadna con Dioniso, un hombre debe cuidarse mucho de hacer lo mismo.

La excesiva libido de las mujeres y de las diosas no sólo despierta el temor masculino, sino que se trata también de un riesgo real para los hombres. Calipso tienta a Ulises y le ofrece junto con su amor la inmortalidad, pero el héroe sabiamente lo rechaza; el precio que tenía que pagar era la pérdida de su memoria, el olvido, sinónimo de muerte. Cualquier hombre puede sufrir el peor de los castigos si se atreve a mirar desnuda a una diosa. ¿Y si una diosa lo ama? El joven que se atrevió a amar la estatua de Afrodita se arrojó al mar. Pero hay diosas comprensivas y enamoradizas que quieren lo mejor para sus amantes, como compartir toda la eternidad con ellos, aunque no dejan de ser femeninas y por tanto caprichosas, volubles y despistadas.

Eos, la Aurora, se enamoró del bello Títonos y reclamó a los dioses la inmortalidad para su jovencísimo amigo, y así poder vivir feliz para siempre a su lado, pero «olvidó» un detalle, pedir para el muchacho algo que sólo poseen los dioses: la eterna juventud. Pasaron los años y a Títonos «empezó a abrumarle por completo la odiosa vejez y ni siquiera podía mover ni levantar sus miembros»; entonces la Aurora, ya harta de su viejo amante inmortal, tomó una decisión: «lo instaló en un dormitorio y cerró las espléndidas puertas.

Cierto es que su voz fluye sin cesar, mas nada queda del vigor que antes había en sus flexibles miembros». Un prisionero que gritará durante toda la eternidad, indefenso y privado de su muerte por haberse atrevido a amar a una diosa.
Es conveniente que el hombre se aleje de la intensa fascinación de las diosas, y de las mujeres en general, peligrosas como el canto de sirenas; una sola mujer puede llevar a la perdición a ciudades enteras, como la Helena de la guerra de Troya. Esto es propio de una cultura como la griega, que reduce el sexo a materia de control, que cree que la desbordante sexualidad femenina debe mantenerse a raya, y que considera que las mujeres deben estar siempre bajo la mirada y la tutela masculinas, restringidas sus actividades lo más posible al interior del hogar. Antes de que sean adultas, y por lo tanto peligrosas, han de pasar del hogar paterno al conyugal, donde el marido se encargará de su domesticación.

Lo femenino resulta ser así para el varón dominante, que no comparte actividad alguna con la mujer, algo desconocido, inquietante, intercambiable y genérico; comparable a los animales, a las incontrolables fuerzas de lo irracional, o a las bellotas. «El cerdo tiene una bellota y desea coger otra. También yo tengo una niña hermosa y deseo coger otra.»85 Muchos de los tópicos que, sobre lo femenino, construyeron los griegos se han transmitido a la cultura occidental: las mujeres inteligentes son peligrosas86, las mujeres son un invento del diablo o las madrastras son malas, como la Fedra que hará exclamar a Hipólito: «he aquí la evidencia de que la mujer es un gran mal: el padre que las ha engendrado y criado les da una dote y las establece en otra casa, para librarse de un mal.

Sin embargo, el que recibe en su casa ese funesto fruto siente alegría en adornar con bellos adornos la estatua funestísima y se esfuerza por cubrirla de vestidos, desdichado de él, consumiendo los bienes de su casa». Resulta al menos curioso que muchas de estas ideas hayan sido recogidas por Eurípides, considerado muchas veces como el más feminista de los trágicos, tanto que las sufragistas británicas solían recitar fragmentos de sus tragedias en sus mítines.

En el mundo griego el sexo femenino ha de estar controlado, y para ello debe ser recluido entre las cuatro paredes del gineceo, donde ellas se ocupan de las labores domésticas. El erotismo de las mujeres queda restringido al andrón o sala de banquetes «de los hombres», donde en las imágenes se mostrará una actividad heterosexual libre y desinhibida, un placentero asunto masculino.
En Roma la cosa cambia. La consideración y la libertad de movimientos de las mujeres fue mayor que en Grecia, y de esta diferencia eran conscientes los romanos. El historiador Nepote escribe: «Muchas costumbres que según nuestro criterio son muy dignas, en cambio entre los griegos se consideraban indecentes. por ejemplo: ¿qué ciudadano romano se avergüenza de llevar a su muier a un banquete? ¿O qué madre de familia no ocupa el primer lugar de la casa y no se muestra en público?

Ocurre de manera muy diferente en Grecia». La mujer romana tiene además una educación equiparable a la de los hombres. Y los romanos llegaron a rodear a sus mujeres de un respeto próximo a la veneración. Pero la vieja idea de la misoginia griega no desaparece nunca del todo. La libertad y las intrigas femeninas en la época imperial hacen refunfuñar a los romanos a la antigua, que de nuevo consideran a las mujeres como dux malorum, «fuente de todos los males», o despotrican contra ellas como Juvenal en sus Sátiras: «ellas perpetran los más graves crímenes obligadas por la tiranía que ejerce su sexo, y el libertinaje es el menor de sus pecados» algunos, como Marcial, vuelven al viejo tópico de las mujeres sexualmente insaciables, de libido inagotable y exigentes: «Quieres, Lesbia, que siempre la tenga levantada para servirte, pero una polla no es un dedo, créeme. Tú la acaricias y le hablas, pero tus modos imperiosos son tus enemigos».

Pero en la relación sexual entre hombre y mujer hay una diferencia esencial con los griegos, de la que nos dan muestra las imágenes y algunos textos. En Pompeya se encuentran inscripciones en las calles que nos hablan de un interés popular hacia el amor: Nemo est bellus nici qui amavit, que se podría traducir, «nadie está completamente sano sino el que ama»; o sobre una columna próxima al anfiteatro encontramos una pintada que nos advierte: «el alma está acostumbrada a coger lo que se le da y a dar a su vez: si tú sigues esta moral, que la Venus Syntrophos [recíproca] pueda hacer realidad tus deseos».

En un cuadrito hallado en la pared de la casa del Centenario en Pompeya se muestra una escena erótica muy a la romana; los amantes se acoplan sin perder el contacto visual, las frentes están juntas. Mientras el hombre permanece recostado apoyado en el codo izquierdo y levantando la mano derecha, como un simposiasta, la mujer, sobre él, toma la iniciativa.

arte erótico

Cuadrito erótico de la casa del Centenario de Pompeya, IV estilo, circa 62-79 d. C.

Ovidio escribía más de medio siglo antes: «detesto el abrazo que no deja jadeantes a uno y otro, y ésta es la razón por la cual soy menos sensible al amor con un joven muchacho; detesto a la mujer que se deja hacer porque debe dejarse hacer, que parece de piedra y que durante esos momentos está pensando en su rueca de hilar; el placer que se entrega por cortesía no me resulta nada agradable; no me agrada que mi amante sea refinada conmigo. Lo que me gusta es oír palabras que confirmen su goce, que me pida que vaya más lento y que me retenga; ¡oh!, que pueda ver yo los ojos de mi amante abandonados de la conciencia; que se sienta sin fuerzas y que me impida, largo rato, volverla a tocar».

El amante no tiene otra voluntad que la de hacer feliz a su amiga, algo que no parece haber preocupado en exceso a los griegos. Esta disposición receptiva del hombre romano hacia la mujer, esta adoración que rinde el amante a su compañera, permitió a los romanos realizar una empresa para la que parecían estar más predestinados que ningún otro pueblo de la Antigüedad: la de descubrir el amor carnal, heterosexual y recíproco.

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