Historia del Arte

Las posturas eróticas

Las escenas eróticas aparecen en el mundo clásico en su mayoría sobre pequeños objetos de uso cotidiano, como cerámicas, espejos o lámparas. Una clara preferencia por representar un tipo concreto de aproximación sexual: el coito a tergo, esto es, la cópula del varón con la mujer desde atrás. Si miramos más despacio nos daremos cuenta de que en Roma son más variados los soportes, mientras que en Grecia las imágenes eróticas aparecen casi exclusivamente sobre vasos de bebida, sobre todo copas. Y además, a pesar de la fama de las orgías romanas en el imaginario europeo, las escenas de sexo en grupo sólo aparecen sobre objetos griegos. ¿Por qué?

Es entre el 525 y el 475 a. C. cuando hay que situar la mayor parte de las escenas de sexo explícito en el mundo griego. A este período pertenecen las imágenes de orgías. Aparecen en copas, concretamente en el exterior, mientras que en el medallón interior se dibujan otras imágenes «complementarias», por ejemplo las que hacen referencia al noble y delicado cortejo homosexual. Así, cuando el bebedor se asomara, descubriría una bella imagen paradigmática de amor masculino en el interior del vaso, mientras que fuera de la copa encontraría, sin delicadezas ni sutilezas, la inclusión más prosaica que un griego pudo imaginar en una cruda escena sexual.

En una copa de figuras rojas vemos de izquierda a derecha cómo una mujer es penetrada a tergo por un hombre que al mismo tiempo empuja su cabeza para obligarla a practicar una felación a su compañero.

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Exterior de una copa ática de figuras rojas del pintor de Brygos, circa 480 a.C., Florencia, Museo Arqueológico.

En el centro, otra mujer en cuclillas parece solicitar algo, tal vez compasión, del hombre que la amenaza con una zapatilla. A la derecha, otro hombre transporta en brazos, en pleno coito, a una tercera mujer mientras otro personaje vestido, tan viejo que sólo puede mirar, se ilumina con una lucerna. En un detalle de otra copa, otra vez una mujer se ocupa de dos hombres, apoyada en una incómoda banqueta y amenazada de nuevo con la zapatilla.

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Detalle del exterior de una copa ática de figuras rojas del pintor de Pedeio, finales del siglo VI a.C., París, Museo del Louvre.

Resulta algo recurrente en este tipo de imágenes el que la hetera, que es el estatus que conceden los investigadores a estas mujeres que comparten el espacio masculino de la sala de banquetes, se encargue de satisfacer a más de un hombre, mientras que jamás veremos dos mujeres con un solo hombre ni en las escenas de Grecia ni en las de Roma. Hay una constante en el pensamiento visual, la mujer es el objeto sexual, el juguete multiuso, la prostituta debe esforzarse por satisfacer a varios clientes a la vez, como la Tarentila de un fragmento de una comedia romana: «Como una pelota en un círculo de jugadores, ella se prestaba y se daba por turno a todos. A uno dirigía una señal con la cabeza, a otro un guiño de su ojo; coqueteaba con aquél, todo y teniendo a un cuarto entre sus brazos; su mano estaba ocupada por un lado mientras hacía una señal con el pie; hacía admirar a alguien su sortija al tiempo que sus labios llamaban a otro; cantaba con éste y, con un dedo, mandaba un mensaje al de más allá».

¿Serían así los banquetes griegos? ¿Son estas escenas una imagen real? ¿Se deben leer simplemente como imágenes libidinosas que encierran una propaganda masculina sobre la explotación y degradación de la mujer? ¿Son, como también se ha sugerido, una autoexploración de la psique ateniense? ¿Cómo debemos entender estas imágenes? No es fácil responder. Las imágenes nos informan sólo parcialmente de la realidad. Son un producto elaborado vertido por la imaginación. Lo que nos puede ayudar a descifrar el código es un análisis del contexto, del sistema de valores de la sociedad que las ha producido en un determinado momento histórico, del modo de ver de las gentes que las dibujaron y que las miraron.

Todas estas escenas se hallan en copas. Las kylikes griegas estaban diseñadas para la bebida en común, de ahí las dos asas para que un comensal pueda ofrecérsela a su compañero en el banquete. Era la sala de banquetes o andrón un espacio restringido a los hombres, y a muy pocos, ya que las salas solían ser pequeñas y una costumbre inviolada establecía que los comensales debían mantener siempre todos entre sí el contacto visual y verbal. Sólo accedían los selectos amigos del anfitrión, y el consumo y reparto de la comida y la bebida estaban estrictamente ritualizados. El simposio era un acto colectivo de gran importancia en la polis; allí se bebía, se comía, se discutía, se conspiraba, se escuchaba música y se disfrutaba del sexo en común. Los simposiastas constituían un grupo fuertemente cohesionado, hermanados por la distribución de placeres, como la comida, la música, el vino y las mujeres. Así pues, nuestras imágenes sobre copas deben relacionarse con este mundo masculino de la Atenas de finales del arcaísmo. En la imagen la ropa ha quedado colgada en la pared, y el hecho de que aparezca una lucerna indica un ambiente cerrado y oscuro, el andrón.

En la Atenas de finales del siglo VI a. C., el ámbito del aristocrático sympósion, donde cantaban los poetas y los adorables muchachos aprendían poesía y tocaban la lira144, donde eran
abundantes los placeres de la mesa, del intelecto y del sexo, sólo es propio de los personajes de la clase dominante. Es un mundo que gusta de las demostraciones de lujo y de poder que les pertenece y les distingue, un mundo de ostentosos placeres que en estos años ha de sentirse amenazado por las reformas democráticas de Clístenes y por una nueva organización social que no tarda en llegar. Efectivamente, hacia el 480 a. C., tras las guerras médicas, las imágenes de sexo en grupo desaparecen. Ahora, en la democrática Atenas victoriosa de los persas, la moda y el arte cambian. Las mujeres se quitan el elegante quitón jonio y se visten con el sobrio y dorio peplo. Se tiende a una mayor moderación, a un rechazo de las costumbres y vestidos orientales, a una mayor sobriedad en el peinado, a una cultura del auto-conoci-miento y del auto-control, de la sophrosyne, de la mesura. Los nobles y los ricos ya no quieren destacar con la ostentación de lujos desmesurados, sino representarse a sí mismos en el mismo estilo de vida moderado de la mayoría, y las escenas de sexo en grupo en el banquete caen en desuso.

Estas imágenes podrían explicarse pues, al menos en parte, por razones históricas. Pero aún hay otra explicación, la geográfica. Las copas con imágenes de orgías son muy escasas (apenas cinco o seis) y de ellas al menos la mitad tiene un contexto muy claro, proceden de tumbas etruscas. Nuestras imágenes pudieron tener un sentido funerario. Ya hemos visto unas páginas más arriba cómo la exhibición de órganos sexuales o algunas escenas de cópulas pueden tener este sentido mágico, este carácter protector contra espíritus adversos en el mundo antiguo. Pero estas imágenes no sólo son escenas sexuales, tienen otro componente: la violencia. ¿Violencia de género producida en el furor orgiástico? Tal vez, pero la cuestión es más compleja.

Algunos autores llaman la atención sobre una característica propia de las sociedades esclavistas. Pegar o comportarse violentamente con un esclavo/a no era algo reprobable, y tal vez fuera incluso hasta normal, tal y como nos muestran los textos de las comedias. Se puede argumentar que el lugar y la imagen que en el pensamiento griego se reservan a la mujer y a su cuerpo casi coinciden con los del esclavo. Pero ¿por qué pegar a las heteras en unos vasos que encuentran su último uso en una tumba? En una pintura de la lomba de la Fustigazione en Tarquinia, dos hombres azotan con varas a una mujer. En algunas fiestas romanas, como las celebradas en honor de la Bona Dea, parte del ritual para propiciar la fecundidad consistía en pegar a las mujeres con ramas de mirto. Es muy posible que las escenas que tratamos tengan un significado que vaya más allá del simplemente erótico.

En las imágenes de vasos griegos rara vez se usa la vara y el objeto que aparece en los contextos eróticos para ejercer violencia es una zapatilla. Mario Torelli se dio cuenta de cómo el zapato, uno solo, se asocia en Grecia al ámbito de Afrodita y de las heteras. Una zapatilla es lo que usa la propia diosa para defenderse del insistente Pan en el grupo escultórico de Délos. La sandalia aislada de su par tiene una clara connotación erótica entre los griegos. Con ella amenaza también el maestro al niño con el falo semierecto del ánfora de figuras rojas de Eufronios, y probablemente el hecho de que la sensual Nike de la sandalia del parapeto de finales del V a. C., en el templito de la Atenea Nike de la Acrópolis de Atenas, dirija descuidadamente la atención a su zapato no debía dejar indiferente al espectador masculino. Todavía hoy en la jerga griega e italiana se llama tsócaro o zoccaro (zueco) a las prostitutas. En las imágenes encontramos, además, la amenaza de la zapatilla en un mismo contexto, el de la felación. Es típico que en estas escenas se repita el mismo esquema: la mujer es penetrada por un hombre desde atrás, mientras parece obligada a realizar una felación a otro.

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