Historia del Arte

Arquitectura en el barroco español (I)

Pero la gran «gesta» de la arquitectura barroca española había de consistir en el remozamiento (o revestimiento) de otro antiquísimo centro de devoción: la transformación de la basílica románica de Santiago. Es una realización asimismo tardía, aunque su preparación se inició ya a mediados del siglo XVII. En 1658-1666 el arquitecto Peña de Toro construyó el Pórtico Real de la Quintana, en una esquina del crucero de la catedral, con el que se iniciaron las obras de remodelación de este templo. Pese al extraordinario recargamiento decorativo de este Pórtico, único elemento barroquizante del mismo, sus líneas constructivas obedecen todavía a los esquemas más clásicos del Renacimiento. La magnífica y monumental fachada barroca del Obradoiro, la principal del templo, obra del gran arquitecto gallego Fernando Casas y Novoa, aunque estudiada años antes, no se empezó a realizar hasta 1738.

Casas y Novoa es la gran figura final de la tradición puramente barroca del siglo XVII. Antes que él, cronológicamente, se sitúa la actividad de los miembros de una familia de arquitectos de origen catalán, los Churriguera, arraigada ya hacia 1650 en Madrid. José Churriguera es la figura principal de la familia, en quien se ha querido ver la iniciación de la fase más exagerada del barroquismo, aunque no resulte en modo alguno cierto. Nacido en Madrid, en 1665, a los veintisiete años se trasladó a Salamanca con su hermano Joaquín, autor allí de la fachada del Colegio de Calatrava y de la cúpula de la Catedral Nueva. El año siguiente de su llegada, en 1693, José Churriguera realizaba el gran retablo barroco de la iglesia de San Esteban, magnifico ejemplo de rica imaginación en la combinación de detalles. Además de las doradas columnas salomónicas, el espacio se ve enriquecido por elementos curvados que dan relieve al panel central y por imitaciones doradas de tapices ornados con borlas.

De José (o José Benito, como en realidad se llamó), no es casi nada de toda la obra arquitectónica que se le venía atribuyendo, de modo que no es Churriguera el creador del «churriguerismo»; su sobrino Alberto es, en cambio, el autor de la magnífica Plaza Mayor salmantina, tan clásica por la simplicidad de sus líneas, iniciada en 1728, y que no se completó hasta 1755 con la fachada del Ayuntamiento, que no es obra de ninguno de los Churriguera sino de Andrés García de Quiñones.

Resulta muy explicable que las críticas de los corifeos del neoclasicismo al estilo «churrigueresco» arreciaran particularmente alrededor de las obras del madrileño Pedro de Ribera y de sus seguidores, a causa del exacerbamiento que en ellas muestra el adorno. Tal exageración se concreta, sin embargo, sobre todo en las portadas. Nacido en 1683, Pedro de Ribera sucedió, en 1726, a Ardemans como «maestro mayor» del Ayuntamiento de Madrid. En la fina iglesia de la Virgen del Puerto se comportó de un modo tradicionalista, y en lo ornamental se conformó al estilo «llano». Donde se manifiesta su exuberancia, en lo que realizó en Madrid, es en la fachada de San Cayetano (hoy parroquia de San Millán) y en la riquísima portada que preside la fachada del antiguo Hospicio, hoy Museo Municipal, así como en la del Cuartel del Conde Duque, ejecutadas ambas entre 1720 y 1730. Relacionado con la tendencia (aunque no con el estilo) de Ribera se halla el famoso Transparente de la catedral de Toledo, obra firmada por Narciso Tomé en 1726, y que por su continua ondulación de líneas cabe incluir ya dentro de lo «rococó».

Otra clase de superabundancia de exorno se da, en pleno siglo XVIII, en el interior de la sacristía de la Cartuja de Granada. El proyecto del edificio se atribuye al arquitecto Francisco Hurtado; en cambio, no hay certeza acerca de quién fue el autor de aquella fastuosa decoración de estucos. Se ha atribuido a Diego Antonio Díaz, arquitecto andaluz de comienzos del XVIII, pero según otra autorizada opinión sería de José de Bada.
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Sacristía del monasterio de la Cartuja de Granada supuestamente de José de Bada. Realizada hacia 1727, se trata de una de las decoraciones más extraordinarias de la última fase del barroco español. Las formas curvas y convexas se combinan con el dinamismo de la línea quebrada; los filetes de estuco y las rebuscadas molduras contribuyen a crear un clima de tremenda voluptuosidad. Desde la iglesia puede verse esta sacristía como si el espacio se transparentara.