Historia del Arte

Bernini y la escultura (1)

El tema escogido no podía ser de más actualidad. Santa Teresa de Jesús había sido en efecto canonizada recientemente, en 1622. Toda la capilla es un derroche fastuoso de mármoles y jaspes de colores, combinados de la manera más barroca. En las dos paredes, como en sendos balcones, Bernini esculpió a los miembros de la familia Cornaro en mármol blanco. Ellos desde atrás de las balaustradas y el espectador desde el suelo contemplan juntos la escena milagrosa del Éxtasis, como si todos fuesen seres igualmente vivientes, situados en un mismo espacio. Así la frontera entre nuestro universo real y el mundo del arte es ingeniosamente escamoteada.
La escena representada es la que describe Santa Teresa en el capítulo XXIX de su autobiografía: se le apareció un ángel en forma corpórea con una cara bellísima y toda iluminada. El ángel sacó un dardo, que le pareció tener la punta inflamada, con el que le traspasó las entrañas, pareciendo, al retirarse, que le daba vida y dejándola «toda agitada en grande amor de Dios». Dice la santa que el dolor y el placer que este dardo le produjo no era corporal, sino espiritual, «por bien que el cuerpo no le fuese del todo extraño». Bernini logró el realismo más exquisito al esculpir el pesado manto de la monja, las nubes vaporosas, el velo ligero y la tierna epidermis del ángel adolescente. Una enigmática sonrisa modela la cara de este ángel. Es una sonrisa ambigua, entre maliciosa y beatífica, que le hace semejante al turbador San Juan de Leonardo.
La expresión del rostro de la santa es la de la pérdida de la consciencia, cerrados los ojos, abiertos los labios y las aletas de la nariz. Las manos y los pies expresan un abandono total, en dramática actitud. Al mismo tiempo, el cuerpo suspendido en el aire y el movimiento en diagonal que lo anima hace creer en algo imposible. Una abertura al exterior, cerrada por un vidrio amarillo y colocada por encima y más atrás que el grupo, baña la escena con una luz mágica.
Pero todavía tenía que dar Bernini, antes de morir, otra nota más elevada del amor divino: la estatua yacente de la Beata Ludovica Alberoni. Excepto la Santa Teresa, nada puede compararse a la emoción de esta joven tendida, cuya cara expresa a la vez dolor y placer, y parece derramar luz de sus facciones. El pathos barroco alcanza el punto culminante en el gesto de su boca, una de estas vivas bocas abiertas que, desde Dafne, son la maravilla de Bernini.
Sin embargo, Bernini había tenido, en escultura, a un poderoso rival en Alessandro Algardi (1595-1654), sobre todo desde que, a la muerte de Urbano VIII, Borromini había sucedido a Bernini en la dirección de los trabajos arquitectónicos. El propio Algardi, como arquitecto, estudió el proyecto y se ocupó de la realización de la fachada de la famosa Villa Doria-Pamphili. Durante el pontificado del sucesor de Urbano VIII, Inocencio X Pamphili, el poder político estuvo en realidad en manos de su cuñada donna Olimpia Pamphili, de la que Algardi realizó un expresivo retrato.
Algardi era bolones, pero sus mejores esculturas se hallan en Roma: la estatua de bronce de Inocencio X, retrato realista, hoy en el Palacio de los Conservadores; el altar de San León el Magno, retablo  marmóreo acertadamente calificado de «pintura petrificada»; y el monumento sepulcral de León XI, en la basílica de San Pedro, donde emplea exclusivamente mármol blanco, monocromía que obedece al mismo gusto que hacía preferir también los blancos al Borromini. La escultura barroca de Algardi, por su ideal más cercano al espíritu clásico y académico que la de Bernini, parece que ya prefigura el gusto del neoclasicismo.
Beata Ludovica Alberoni de Bernini
Beata Ludovica Alberoni de Bernini (capilla Altieri de la iglesia de San Francesco a Ripa, Roma). Fue esculpida en mármol, cuando el artista era ya octogenario, por encargo del cardenal Paluzzo Altieri, primo de Clemente X. En esta obra, terminada en 1675 y que marca el punto culminante del «pathos» barroco, Bernini vuelve a encontrar la inspiración y el éxtasis místico de la Santa Teresa. El cuerpo de la bienaventurada se estremece por el sufrimiento, pero su rostro se ilumina por el gozo de la eternidad entrevista.