Historia del Arte

El Barroco en Italia

Se desconoce aún gran parte del secreto que entraña el origen y proceso de formación del arte barroco; sólo se han conseguido distinguir los signos más destacados de su desarrollo. No sólo se está en una situación de considerable ignorancia acerca de su aparición sino que, hasta hace relativamente pocos años, se aceptaban como definitivos muchos juicios acerca de los hechos y de las personas de aquella época que han tenido que rectificarse por falsos o exagerados.
Se daba por supuesto, por ejemplo, que aquélla fue una época frívola y decadente, casi inmoral en lo que respecta a la vida religiosa, y sin embargo fue la época en que vivió San Felipe Neri, y la época en que vivió Pascal. Pero, además, el período del arte barroco fue aquel en que floreció, por ejemplo, el gran arte pictórico español, que ciertamente nada tiene de frívolo. Y con todo, no siempre resulta posible defender al período barroco de la inculpación de ciertos abusos, que le dan un aspecto que raya, a veces, en lo irrazonable.
Por otra parte, apenas se ha podido situar cuándo empezó el estilo del barroquismo, es decir, cuál es la frontera entre el Renacimiento y el Barroco, y ni tan sólo es posible decir con exactitud qué significa la palabra barroco. Unos han pretendido hacerla derivar de la voz griega baros, que significa «pesadez», como en una alusión a la excesiva cargazón artística; otros han querido ver en ella una derivación de la voz latina verruca, «verruga»; otros, por último, la hacen derivar, con mayor verosimilitud y propiedad, de una palabra portuguesa con que se designaba en aquella época las perlas gruesas y de forma irregular empleadas en la confección de ciertas joyas fastuosas.
Por otra parte, no resulta todavía completamente claro si el estilo barroco tuvo su origen en Roma; pero sí es indudable que los artistas barrocos realizaron en la Ciudad Eterna sus mayores proezas.
El término barroco fue creado y aplicado por los tratadistas neoclásicos del siglo XVIII, como sinónimo de «extravagante y ridículo», para designar el arte del siglo XVII. Pero un siglo más tarde, en 1888, el gran historiador del arte Heinrich Wölfflin en su obra Renacimiento y barroco le confería su actual significado y alcance histórico, como el arte que sucede al Renacimiento y se opone a él.
Con el Barroco, las iglesias, destinadas a la pedagogía de las masas, dejaron de ser edificios propicios al pensamiento abstracto o a la contemplación, y se convirtieron en vastas salas sin columnas, homogéneas, destinadas a la predicación y a la oración en común.
La reflexión sobre la creación de espacios interiores originales, y su articulación con fachadas que cumpliesen la doble finalidad de sugestión y prestigio, hacen del período barroco uno de los más fecundos e interesantes de la historia de la arquitectura.
El mismo Heinrich Wölfflin, en su gran obra de madurez Principios fundamentales de historia del arte (1915), hizo la descripción precisa de las características del Barroco.
«Mientras el espacio renacentista es reducible a la superficie, el espacio barroco se desarrolla en profundidad; de ahí su dinamismo, que obliga a la mirada a avanzar y a retroceder, temiendo siempre dejar escapar la forma; de ahí la insistencia barroca en las líneas oblicuas y curvas y en las superficies alabeadas que destruyen la cuadrícula renacentista de horizontales y verticales; de ahí los retorcimientos y los movimientos impetuosos, la utilización de los efectos luminosos y la disolución de contornos en la penumbra. El resultado es que la contemplación lúcida se hace imposible, todo queda sometido a la inquietud de la emoción y del deseo».
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Iglesia de Sant Ivo a la Sapienza de Borromini, en Roma. El interior de la cúpula sigue la forma de estrella de seis puntas de la planta, abriéndose una gran ventana en la base de cada segmento. La tendencia vertical es muy acusada y las formas contrastantes se van resolviendo hasta terminar en la linterna circular decorada con doce estrellas.