Historia del Arte

La imaginería barroca

La escultura religiosa de esa época, la imaginería policromada, ofrece una tendencia muy clara y general. Se desentiende de los anteriores acentos de renacentismo, para realizar pura y simplemente la calidad humana con acentos patéticos. Ello es característico de la sensibilidad del Barroco, que huye de las formas clásicas, de invención humana, y se emociona con las formas llameantes y las visiones de la muerte, la miseria, el heroísmo y la gloria. La transición de la muerte a la gloria está representada por las escenas de martirio manchadas de sangre. Jamás se hizo una escultura que de modo tan directo se dirija a promover y evocar el sentimiento. Valladolid y Sevilla fueron sus dos grandes focos, aunque es típica de toda España, que sentía entonces una emoción fervorosa ante las exultantes manifestaciones externas de religiosidad.

El primero de tales escultores religiosos fue Gregorio Hernández, gallego, nacido según algunos en Pontevedra, según otros en Sarria, alrededor de 1566, y fallecido en 1636. Aunque su estilo deriva remotamente de Juni, personaliza el ambiente de religiosidad exaltada de su tiempo. Su primera obra conocida es el Cristo yacente, del monasterio de la Encarnación, en Madrid (1605); pero tallas suyas no menos famosas son, además del magnífico relieve del Bautismo de Cristo (procedente de los Carmelitas Calzados), el Cristo de la Luz, su grupo de la Piedad, y la Dolorosa de la Santa Cruz, obras hoy todas ellas en el Museo de Valladolid.

Temperamento realista, es lástima que la estridencia de la policromía desluzca en ocasiones las excelencias de su gubia.
La cima de la escultura religiosa sevillana del siglo XVII la ostenta un gran escultor que fue amigo de Velázquez, Juan Martínez Montañés, nacido en 1568 en Alcalá la Real (Jaén), pero formado en Sevilla. Entre sus crucifijos es famoso el que el arcediano Vázquez de Leca regaló en 1614 a la Cartuja de las Cuevas, y que se guarda hoy en la sacristía de los Cálices de la catedral; otra imagen suya muy importante es el Nazareno, con la cruz a cuestas, el Señor de la Pasión. Pero Montañés realizó otro tipo de obras en talla, como el retablo de Santiponce, y, entre sus imágenes de la Virgen, sobresale su Concepción, de la catedral sevillana.
Discípulo de Montañés en la escultura, y en pintura de Pacheco, maestro y suegro de Velázquez, fue el granadino y polifacético Alonso Cano: arquitecto, escultor y pintor. Nació en 1601 y murió en 1667; fue rigurosamente contemporáneo de Velázquez y de Rembrandt.

Hacia los cuarenta años se consagró, sobre todo en Madrid, a la pintura, y regresó a su patria chica en 1652. Quizá la visión de obras de arte, en la capital de España, habría madurado y aireado su talento, porque las esculturas posteriores a su estancia en Madrid muestran, en todo caso, una amplitud y una independencia de lo que anteriormente hiciera; por ejemplo, los magníficos bustos de Adán y Eva y la pequeña y deliciosa Inmaculada, en la catedral granadina. Se trata, en general, de pequeñas imágenes con las que crea tipos nuevos, con un equilibrio armónico entre el idealismo y el realismo. Por excepción en esta clase de artistas, esculpió también en piedra.

Discípulo de Cano fue Pedro de Mena, granadino también, nacido en 1628. Mena entalló el coro de la catedral de Málaga, para la que realizó el bello medallón en relieve de la Virgen con el Niño. Dos de sus mejores estatuas son el famoso San Francisco, que se conserva en el Tesoro de la catedral de Toledo, y la Magdalena Penitente (Museo de Valladolid), y es autor de exquisitos bustos de la Dolorosa.
Tallista refinadísimo e inspirado fue también Pedro Roldan, antequerano, pero que trabajó en Sevilla. Suyo es el magnífico retablo mayor de la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla. Su hija Luisa (apodada La Roldana) fue tallista e imaginera con un estilo de graciosa femineidad.
historia del arte
San Francisco de Pedro de Mena (Catedral de Toledo). La imagen del santo es de un realismo impresionante. El rostro está iluminado por la beatitud, mientras el ascetismo está magníficamente logrado por la talla de su hábito monacal.