Historia del Arte

La pintura flamenca: grandes temas (I)

Jordaens nació en Amberes y no salió jamás de su país. Por este motivo es difícil explicar de qué manera llegó a él el soplo de caravaggismo que se aprecia ya en sus composiciones juveniles. Así sucede en su Alegoría de la Fecundidad, donde el brillo pálido de la carne femenina desnuda se contrapone a los sátiros flamencos, robustos y de pelaje rubio, tan diferentes de los ágiles faunos helénicos.

El autorretrato de Jordaens con su familia en un jardín (Museo del Prado) informa acerca de la felicidad burguesa del hogar del pintor, donde se celebraban grandes comilonas en las que encontraba inspiración para sus obras como la escena de El rey bebe, que representó tantas veces en sus cuadros. En muchos países de Europa, la comida del día de Reyes termina distribuyéndose un pastel en el que se ha escondido un haba. Aquel comensal que al tomar su porción la encuentra, es coronado rey y nombra su corte con chambelán, músico de cámara y bufón. El resto de los comensales deben obedecer sus caprichos, especialmente bebiendo cuando el rey levanta la copa. En diversos museos de Europa se conservan hasta nueve telas de Jordaens con tal escena. El mismo temperamento gozoso se muestra en el Sátiro en casa de un campesino, de Bruselas, en el Triunfo de Baco, de Cassel, y en tantos otros cuadros suyos.

Completan el cuadro de la pintura flamenca del siglo XVII, cada vez más encasillada en los distintos «géneros», los autores de animales y flores Frans Snyders, Jan Fyt, Abraham Bruegel y Siberechts; los paisajistas Paul Bril, D’Artois y Wildens; el marinista Van Minderhout, y los pintores de escenas de interior Adriaen Brouwer y David Teniers.
El primero de los citados, Frans Snyders (1579-1657), fue en su tiempo el más bien pagado de los tiermalers o pintores animalistas de Amberes. Sus obras son de soberana delicadeza y de colorido radiante. En sus escenas de caza o en sus cuadros representando trofeos de cacerías, el pelaje espeso de los animales resplandece a la luz más que el terciopelo. El plumaje de los pájaros brilla más que las piedras preciosas. Las escamas del pescado y los caparazones de los crustáceos tienen ese brillo húmedo y movedizo propio de monstruos inquietantes. Esos temas eran solicitadísimos por los nuevos ricos flamencos del siglo XVII no sólo porque reflejaban la variedad y abundancia de la naturaleza, sino porque dentro de los confortables salones de un país en pleno desarrollo económico, nada podía despertar mejor el apetito de los voraces burgueses flamencos.

David Teniers el Joven (1610-1690) nació en Amberes, hijo de pintor, y aprendió de otro maestro flamenco formado en Utrecht, Adriaen Brouwer, el gusto por la evocación de campesinos entregados a festivas escenas al aire libre o metidos en sus figones. Pero, a diferencia de Brouwer, Teniers era hombre de temperamento señorial. Brouwer (1606-1638) era, como los personajes de sus cuadros, un aventurero, truhán y pícaro. Encarcelado, murió joven y hoy es glorificado como un gran artista. Teniers, en cambio, aunque concede su atención a mendigos y borrachos, se mantiene él en alturas de chambelán, pintor de cámara de archiduques y príncipes gobernadores. Teniers dirigió la galería de arte del archiduque Leopoldo Guillermo y en 1663 fundó la Academia de Pintura. Su serie de cuadros, que versan sobre Las tentaciones de San Antonio, le permitió cultivar la antigua afición flamenca por las «diablerías» grotescas. Sus numerosas escenas de taberna le brindaron la oportunidad de desarrollar plásticamente toda una filosofía folclórica.
pintura flamenca
Fumadores de David Teniers el Joven (Museo del Prado, Madrid). Es una de las telas que forman la vasta colección que posee el museo. La brillante factura y la vivacidad de la escena ensalzan el mundo de truhanes y campesinos que protagonizan la obra de este pintor, que vivió siempre entre príncipes y grandes señores.