Otros pintores barrocos

En la ciudad del Turia fue entonces pintor de talento Jerónimo Jacinto de Espinosa (1600-1667), que se mantuvo dentro de la tradición española muy cerca de Zurbarán. Parece que el color pardo-rojizo que domina hoy en sus cuadros es debido a su costumbre de imprimir la tela con cola, aceite de linaza y almagre, lo que les ha hecho perder su frescor original.
En la escuela de Sevilla prosiguió el impulso dado por Herrera el Viejo, el propio hijo de este irascible artista, el pintor y arquitecto Francisco de Herrera, el Mozo, quien no pudiendo resistir el carácter de su padre había huido a Roma, donde su acierto en las naturalezas muertas de peces le valió el apodo de Lo Spagnolo degli pesci; después pasó a Madrid y su Triunfo de San Hermenegildo (hoy en el Prado), que pintó para la parroquia de San José, le acredita de gran decorador barroco.

Otro gran maestro sevillano fue Juan de Valdés Leal (1622-1690), el pintor, en este tardío Barroco español, más dotado de sentido dramático; lo demuestran sus lienzos sobre San Jerónimo y los que realizó para las Clarisas de Carmena (todos ellos en el Museo de Sevilla), su retablo de los Carmelitas de Córdoba (hoy en la catedral de esta ciudad), y algunas de sus Inmaculadas. Pero sus dos obras más famosas son las que pintó para la iglesia del sevillano Hospital de la Caridad: El Triunfo de la muerte, en la que la muerte avanza por el mundo con la guadaña y el ataúd, extinguiendo la vida en un abrir y cerrar de ojos, y el Fin de la gloria del mundo, representado por un pudridero con los féretros de un obispo y de un caballero de Alcántara.

A Madrid, la capital, acudieron pintores de varias procedencias, como Antonio de Pereda, vallisoletano, sutil captador de finos matices y suaves efectos luminosos, especialmente en su gran lienzo El Sueño del Caballero (Academia de San Fernando). Importantes fueron también allí Mateo Cerezo (1626-1666), el sevillano madrileñísimo José Antolínez y fray Juan Andrés Rizzi, de familia de origen italiano, que ingresó en la Orden benedictina del monasterio de Montserrat y, a mediados del siglo, en el italiano de Montecassino.
En la capital quedó, como sucesor de Velázquez, un pintor de segunda fila, su yerno Martínez del Mazo, que copió retratos pintados por su suegro y repitió sus asuntos. Mucho más personales fueron Carreño de Miranda y Claudio Coello.

Juan Carreño de Miranda (1614-1685) era de noble linaje, aunque se mostraba más orgulloso de su arte que de su estirpe. Pintó a menudo con gran nobleza muchos retratos de personajes ilustres y su obra principal es el fresco de la bóveda de la iglesia de San Antonio de los Portugueses, en Madrid. Otras pinturas murales suyas, realizadas también en Madrid, han desaparecido. Pero Carreño es apreciado hoy como pintor de retratos. Sus modelos más frecuentes son el raquítico y enfermizo Carlos II y su madre, ya viuda, Mariana de Austria, que aparece siempre vestida de monja. Ambos tienen generalmente como fondo el tétrico Salón de los Espejos del Alcázar de Madrid. Fuera de este triste ambiente, los retratos de Carreño cobran vida y alegría como el del Duque de Pastrana.

Claudio Coello (1642-1693) también se dio a conocer por sus retratos de la familia real. Pero sus mejores obras son dos lienzos muy distintos; uno de ellos la gran composición realista que representa a Carlos II, El Hechizado, con sus nobles y palaciegos ante la custodia con la Sagrada Forma (en la sacristía de El Escorial); el otro es una obra de exaltado asunto religioso, la Apoteosis de San Agustín, en el Prado. Ambos demuestran que Coello es el mejor pintor del final del siglo XVII. El primero, llamado La adoración de la Sagrada Forma, fue pintado en el año 1685; aparte del magnífico conjunto de retratos que esta obra constituye, sorprende por la maestría, propia de un Velázquez, con la que ha sido captado el aire de la estancia y la atmósfera creada por la ceremonia a la que asistimos.
arte barroco
La Adoración de la Sagrada Forma de Claudio Coello (Sacristía de la iglesia de El Escorial, Madrid) Fragmento de la obra pintada en 1685. Son características de este autor la aparatosidad escenográfica y el trato realista de los paños y de los detalles de los trajes. Los retratos de este cuadro corresponden a personajes de la corte de Carlos II rodeando al rey. La tela conmemora el traslado a El Escorial de una forma sagrada milagrosa, procedente de Gorkum, para celebrar la ruptura del sitio de Viena en 1684.

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