Palacios y villas

El Barroco es el arte del siglo XVII. En un principio, apenas se manifiesta en el exterior de las fachadas; sus libertades comienzan en la decoración, sobre todo en los interiores, como se puede ver en iglesias como la de Il Gesù y Sant’Andrea del Valle, de la última mitad del siglo XVI. Por lo demás, el barroco fue siempre un arte de escultores; fueron escultores los que, trabajando como arquitectos, hicieron barrocos los edificios. En los palacios particulares ocurrió lo mismo. Véase, por ejemplo, la fachada del Palacio Borghese, en el Quirinal; sólo el que esté bien iniciado notará en ella síntomas de Barroco; la ordenación geométrica parece a primera vista proyectada por un Sangallo o un Rafael. Tan sólo ciertos detalles de la cornisa, el balcón y el escudo delatan a su autor, Flaminio Ponzio, poco respetuoso con la estética clásica. El Barroco está ya en su interior, en las fuentes con sus frontones curvilíneos, guirnaldas y cariátides.

Y las fortunas cambian de manos. A los Colonna, Orsini y Farnesio, suceden los Borghese, Doria, Pamphili y Barberini. Estos son los linajes de los papas del tiempo barroco. Por esto el palacio Borghese y el Barberini, así como el Doria-Pamphili, son las grandes mansiones de esta época.
Camilo Borghese ascendió al pontificado con el nombre de Paulo V en 1607. Durante los dieciséis años de su pontificado se afianzó en Roma el dominio de uno de los grandes mecenas de la época, su sobrino Scipione, que fue elevado al cardenalato. Scipione fue quien ordenó construir el magnífico Palacio Borghese en el Quirinal, ya citado, y la exquisita Villa Borghese, en las afueras de Roma, por la parte de la Puerta del Popólo, obra del flamenco Jan van Santen, cuyo nombre italianizado se convirtió en Giovanni Vansanzio. Todavía hoy esta villa es una de las glorias de Roma, con el encanto y pompa de su época.

Consiste esencialmente en un palacio, en el centro de cuya fachada se abre un pórtico clásico, sobre el que se levantan dos pisos barrocos, el principal con ventanas de frontones interrumpidos. A los lados, avanzan dos cuerpos salientes. Todas las formas son ligeras y quieren dar una sensación de alegría y ausencia de gravedad, con algo de escenografía. Detrás del casino, o pabellón que sirve de museo y habitación, había un jardín cerrado –hortus condusus– y campos de labranza que hacían gala de su verdor natural para que la villa pudiera contrastar su bucólica sencillez con las avenidas y parques de la parte delantera.

Este mismo contraste se encuentra en la Villa Doria-Pamphili, en el Janículo, la segunda de Roma en extensión, superada sólo por la Villa Borghese. Después de sus puertas monumentales hay un extenso parque urbanizado con avenidas. Más adelante se encuentra la villa propiamente dicha, toda ella una deliciosa reminiscencia palladiana, con su jardín privado, y más allá la campiña romana. Los Pamphili, a quienes pertenecía la villa, lo mismo que el arquitecto Alessandro Algardi, que la había proyectado, tenían suficiente buen gusto como para conocer que el maravilloso paisaje de Roma es el más bello adorno que podían desear para su tranquila residencia rural. El arquitecto y escultor Alessandro Algardi se vio beneficiado por el acceso al solio pontificio en 1644 de Inocencio X, jefe de los Pamphili, que sustituyó a Urbano VIII, miembro de la familia rival de los Barberini. Bernini, que durante tantos años fue el arquitecto de estos últimos, fue destituido por Inocencio X, que encargó las obras en proyecto a Algardi y al Borromini.

Como los arquitectos barrocos poseían especial instinto para estimar las condiciones del terreno destinado a estos parques privados, cada villa de Roma tiene fisonomía propia. Y otra villa del último período del Barroco es la del cardenal Albani, famosa igualmente por sus colecciones de mármoles antiguos. Asimismo, muchas de las villas de Frascati, el pueblo más inmediato a Roma, en los montes Alba-nos, son también barrocas.
El Palacio Barberini, en Roma, no es tan grande como el Borghese, pero su aspecto señorial está lleno de atractivos; le precede un jardín con una verja magnífica. Es la obra de los grandes maestros romanos del arte barroco: Maderno, Borromini y Bernini trabajaron en él sucesivamente.

Las obras fueron encargadas por Taddeo Barberini, sobrino de Urbano VIII, a Carlo Maderno. La planta se compone de un cuerpo central, profundamente abierto al exterior (realizado más tarde por Bernini), y dos alas que avanzan a ambos lados. El cuerpo central realizado por Bernini consta de un solemne pórtico con molduras dóricas sobre el que se alzan dos loggíe, la primera con pilastras jónicas, y la segunda corintias. Los arcos de este último piso producen un efecto óptico de perspectiva en profundidad gracias a estar construidos por dos arcos concéntricos, alzados sobre las dos bases de un trapecio simétrico, y unidos por planos inclinados respecto al de la fachada y por un tronco de cono.
historia del arte barroco
Esta soberbia mansión, que está rodeada de un gran parque cuya verja de entrada no conduce directamente al edificio: el artificio barroco exigía que la casa no pudiera adivinarse desde el exterior de la finca. La fachada se abre al paisaje mediante un pórtico flanqueado por dos cuerpos salientes, cuya austeridad representa la sobriedad clasicista frente a los excesos de Bernini. La ruptura con el palacio renacentista introvertido se ha consumado: ahora la mansión se volcará hacia el exterior.

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