Velázquez: segundo período madrileño (I)

Había una serie de grandes cuadros de historia moderna que representaban episodios triunfalistas de las guerras incesantes de la dinastía, en su mayor parte expuestos hoy en el Museo del Prado, ejecutados por Mayno, Carducho, Caxés, Nardi, Jusepe Leonardo, Pereda, Zurbarán y el propio Velázquez, que se encargó de pintar La rendición de Breda, una de sus obras más famosas, apodada Las lanzas por las de los soldados españoles que aparecen ante el fondo, a la derecha, contribuyendo a crear una asombrosa ilusión atmosférica.
Velázquez, que nunca estuvo en los Países Bajos, debió de tomar su paisaje de un grabado, inventando una asombrosa «realidad» de brumas y humaredas, ante las que destacan los diversos términos principales: segundo plano, con los soldados desfilando, ya algo azulados por la distancia, y primero, con la escena de la rendición, el famoso abrazo del vencedor, Spínola, al vencido gobernador de Breda, Justino de Nassau, que intenta arrodillarse al entregar las llaves de la plaza, lo que impide el cortés triunfador.

Ello corresponde exactamente (como Ángel Valbuena Prat ha señalado) a la escena de una comedia de Calderón titulada «El sitio de Breda», de hacia 1625, que Velázquez sin duda conocía. No es única esta influencia: Ángulo Iñiguez señaló otras debidas a diversos pintores. El milagro es que Velázquez consiguiera una obra tan aparentemente libre y espontánea como ésta, pero que manifiesta una profunda meditación compositiva y una cuidadosísima realización. Los dos grupos enfrentados de holandeses y españoles son una verdadera colección de retratos (reales o imaginarios) que abarcan desde los capitanes identificables a los valentones y gente de tropa. Iniciado en 1634 y concluido al año siguiente, este cuadro constituye la apoteosis de la pintura de historia y la más palpable demostración del ingenio compositivo e inventivo de un artista a quien muchos comparan con un objetivo fotográfico.

Pero Velázquez es mucho más: lo que sucede es que oculta sus estudios y trabajos preliminares.
Como escribía Juan F. de Andrés de Ustarroz, amigo de Velázquez “el primor consiste en pocas pinceladas, obrar mucho, no porque las cosas no cuesten, sino que se ejecuten con liberalidad, que el estudio parezca acaso no afectación. Este modo galantísimo hace hoy famoso a Diego Velázquez, natural de Sevilla.” De este ignorado texto, escrito diez años después de pintadas Las lanzas, se deduce, no sólo que la afectación (de haberla) en Velázquez consistía, paradójicamente, en rehuir la afectación, sino que ya en su tiempo los entendidos apreciaban las pinceladas dispersas y la «manera inacabada» de Velázquez como su mayor primor. De esta manera de trabajar dan idea los numerosos pentimenti (arrepentimientos -partes no corregidas, cubiertas de pintura para pintar encima-) que el tiempo va descubriendo en muchas obras suyas.
La tercera serie de pinturas ejecutadas en este tiempo son los retratos de bufones, enanos y hombres de placer; retratar a estos auténticos «funcionarios» del Alcázar no era una extravagancia. Otros pintores anteriores, Moro, Sánchez-Coello, habían pintado retratos de esas «sabandijas de palacio». Pero Velázquez los cubrió de tal modo con el prestigio en sus pinceles, con el respeto tranquilo con que pintaba a los príncipes, que ha hecho de ellos verdaderos monumentos de humanidad, sin corregir para nada sus deformidades. Destacan los cuatro retratos del Prado, de Don Diego de Acedo, el Primo, encargado de la estampilla con la firma del rey, y que Velázquez representó con los útiles de escribanía; de Don Sebastián de Morra, enano del Cardenal-Infante y de Baltasar Carlos, a quien dio una expresión de melancólica hondura; del erróneamente llamado Niño de Vallecas (en realidad era Francisco Lezcano, enano vizcaíno); y de Calabacillas o don Juan Calabazas, falsamente apodado Bobo de Coria, de quien hay otro retrato anterior de cuerpo entero (Cleveland Museum).

Los dos primeros pudo pintarlos Velázquez en la «jornada de Aragón», viaje que hizo Felipe IV en 1644 con motivo de la rebelión de Cataluña, durante el cual, como conmemoración de la rendición de Lleida, pintó en Fraga un maravilloso retrato del rey con ricas ropas, banda, sombrero y bengala de general (Colección Frick, Nueva York). Esa sublevación y la de Portugal en 1643 habían producido la desgracia del favorito Olivares, primer protector de Velázquez, sin que se resintiera la posición ni la actividad de éste.
En 1644 murieron la reina Isabel de Francia, modelo de Velázquez, y el suegro de éste, Francisco Pacheco. También murió en Roma el papa Urbano VIII Barberini, gran protector de las artes, aunque poco amigo de españoles (sin embargo, sus sobrinos conocieron y honraron a Velázquez), sucediéndole Inocencio X Pamphili, de quien el pintor había de dejar un admirable retrato. Murió también, en Zaragoza, en 1646, el príncipe Baltasar Carlos, esperanza de la monarquía española. Para asegurar la sucesión, Felipe IV volvió a casarse, esta vez con doña Mariana de Austria, novia de su difunto hijo, que entró triunfalmente en Madrid en 1650.

historia del arte

La rendición de Breda


La rendición de Breda de Velázquez (Museo del Prado, Madrid), llamada popularmente Las Lanzas. Velázquez conmemoró el décimo aniversario de las tropas españolas al mando de Ambrosio de Spínola. El ilustre caudillo recibe las llaves de la mano sumisa del gobernador de la plaza, Justino de Nassau. Jamás estuvo Velázquez en los Países Bajos y hubo de basarse en grabados para conseguir ese aire nórdico.