Historia del Arte

Vermeer de Delft

El arte de Vermeer es típicamente holandés, pero el pintor estaba informado, sin duda, de las tendencias internacionales de su época. Hasta el punto de haber llegado a permanecer invisible durante casi dos siglos; oculto, porque sus temas eran los mismos que los de los innumerables pintores de escenas de la vida holandesa y porque la criba de la historia ha dejado pasar en bloque esos centenares, millares de pinturas. Gustaban por su finura y precisión, por lo cual fueron Gerard Dou y Ter Borch los preferidos, porque eran los más refinados y precisos.
Para distinguir a Vermeer, que elevó el género de los divertidos cuadritos de gabinete al nivel de la reflexión eran necesarios otros criterios. El primero en descubrir a Vermeer fue el crítico francés Thoré Bürger, en 1866. De año en año la figura del pintor no ha cesado de precisarse hasta el punto de que, hacia 1925, reforzada por la admiración general hacia Cézanne, la opinión no dudó en considerar la perspectiva vermeriana como fuente de las abstracciones de Mondrian y de los interiores de Fernand Léger.

Que esta virtud de pura plástica haya estado oculta en cuadros aderezados con anécdotas galantes explica, sin duda, que se haya tardado tantos años en extraer a Vermeer de la multitud de pequeños maestros de su tiempo y en reconocer en él un artista cuya obra iba a situarse al mismo nivel que las de Rembrandt y Frans Hals.
Sin embargo, la plástica, que la anécdota había ocultado, terminó asimismo por disimular o acallar a ésta. Se rechazó en adelante todo lo que, en los cuadros que se habían podido atribuir a Vermeer, no testimoniaba la más severa exigencia de rigor. Apareció un Vermeer cada vez más particular y también más restringido. En 1866, Thoré Bürger llegó a atribuir al pintor 76 cuadros; Goldschider no registraba más que 35 y Swillens aún menos. Era la exigencia de la pureza la que empujaba a los críticos a esta restricción.

Se renunció, de súbito, a construir alrededor de Vermeer una obra que pudiera contarse. Cualquier cronología pareció sospechosa. Ya sólo se quiso un Vermeer quintaesenciado, y sólo se deseó la sublimación de Vermeer, pintor único en la historia.
¿Único, realmente? Los juegos de espejos, la sucesión de planos que conducen la mirada hacia el punto focal del cuadro, la perspectiva que hace abrirse y cerrarse ventanas y puertas, bajarse el techo, subirse el suelo de una habitación, no se encuentran solamente en Vermeer. Pero en ningún pintor como en Vermeer el ejercicio óptico recompone el mundo, descompuesto por las diferentes lentes, en una totalidad tan coherente: tiene la palpitación de la vida y ese frágil latido de más.

Por distinta que sea esta cualidad ¿se puede decir de su obra que pertenezca a una escuela? ¿Fue Delft un centro de pintura cuyo animador hubiera sido Vermeer?
No se tienen pruebas de ello. Delft, una de las escuelas de los Países Bajos, ha abrigado pintores de diversas especialidades: de escenas de género, de flores, paisajistas (entre ellos, el «romano» Pynacher) e incluso un maestro de lo fantástico, Leonard Bramer. Todo ello no ha dado origen a un grupo coherente. Pero en cierta época, entre 1640 y 1660, se ve converger hacia la ciudad un buen número de jóvenes pintores. El más eminente, Carel Fabritius, discípulo de Rembrandt, personalidad poderosa, separada pronto de la influencia de su maestro, pintará una Vista de Delft, en la que hay una curiosísima búsqueda de construcción del espacio en perspectiva.

Están también Pieter de Hooch, Emmanuel de Witte, Jan Steen, artistas cuya obra tendrá cierto parentesco con la de Vermeer. Sin duda, hay algo en Delft que los atrae y los influye. Pieter de Hooch pinta entonces sus cuadros más rigurosos; el turbulento Jan Steen, escenas llenas de mesura y discreción, y podemos pensar que fue en Delft de quien Emmanuel de Witte concibió sus interiores como volúmenes luminosos llenos de misterio. ¿Vinieron a trabajar cerca de Vermeer? De ninguna manera. Las fechas contradicen la hipótesis y si Delft, en el estado actual de las investigaciones, aparece como un centro posible de cierta concepción de la pintura, sin poder decir quién animó este centro.
arte barroco
Vista de Delft de Vermeer (Mauritshuis, La Haya). Éste ha sido llamado el «primer cuadro impresionista de la pintura europea» por su atmósfera de «plein air», fijada en una hora exacta del atardecer, ya que el reloj del edificio central marca con absoluta precisión las siete y diez. Marcel Proust escribió que esta tela era la más bella del mundo. Es, desde luego, uno de los paisajes más famosos de la historia de la pintura por su luminosidad, la perspectiva aérea, los reflejos de las casas en el agua y también por la insuperable perfección técnica, suave y transparente, con cuidados efectos puntillistas.

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