Catedral de Lérida: Apóstoles, santos, reyes y caballeros en la ornamentación del templo

A juzgar por la iconografía de los capiteles, las advocaciones de las capillas determinaron, en última instancia, la elección de los temas ornamentales. Así, para la primera absidiola del transepto, consagrada a Santiago y a San Lázaro, se escogen tres escenas: el martirio y el traslado de las reliquias apostólicas a Compostela y la resurrección de Lázaro. El ciclo comienza con la figura de Herodes ordenando la decapitación de Santiago que, a continuación, sucumbe al impacto de la enorme espada que blande el verdugo. Después, siete discípulos llevan el sarcófago con sus restos a Galicia en una barca, sin velas ni remos, conducida por la mano de Dios; es la expresión plástica, según M. Melero, de la navegación milagrosa descrita en la Historia Compostelana (siglo XII), donde se afirma que los discípulos alcanzaron las costas gallegas «bajo la Mano del Señor que los guiaba».

El siguiente capitel se dedica a un motivo poco común de la translatio de Santiago: la veneración de su féretro, aquí por cuatro personajes, coronado por una cruz y enmarcado por amplios cortinajes. Este tema simboliza la victoria sobre la muerte y las fuerzas del mal, de acuerdo con la tradición paleocristiana, significado que recalcan las numerosas escenas de lucha entre guerreros y seres monstruosos, así como los milagros de Cristo cincelados en los relieves que se sitúan frente a los ya descritos: la curación del sirviente del centurión, el joven endemoniado y la resurrección de Lázaro (donde reaparece el mismo tipo de sarcófago).

En los capiteles que abren paso a la nave septentrional se desarrolla un breve ciclo veterotestamentario sobre la usurpación de la primogenitura de Esaú: Isaac bendice a Jacob, postrado a sus pies, tocándole la cabeza en presencia de Rebeca y un sirviente; después Esaú, tras regresar de la cacería, se encuentra con Rebeca y su hermano Jacob, que ha de abandonar el hogar paterno y refugiarse en la casa de su pariente Labán. El relato bíblico continúa en la nave sur con Daniel en el foso de los leones y algunos pasajes evangélicos: Anunciación, Visitación, Natividad, Adoración de los pastores y, quizás, los Peregrinos de Emaús.

La capilla de los Montcada, en el brazo meridional del transepto, se consagra al martirio de San Pedro que, tras ser liberado por el ángel, aparece bajo el rótulo Ss. PEDRVS clavado a una cruz invertida, por considerarse indigno de sufrir tormento como Cristo, ante la presencia de los sicarios que actúan siguiendo las órdenes del prefecto Agripa. Dos episodios de la vida de San Pablo, el viaje en barca y su decapitación, completan el ornato de la estancia.

No menos singular resulta el relieve de un atlante acuclillado que soporta sobre su espalda un rosetón. Los dos efebos que parecen hacerlo girar sobre su eje inducen a interpretar el motivo como la rueda de la fortuna.

En el mensaje de triunfo y difusión del Cristianismo insisten también las figuraciones de Sansón desquijarando al león y el Caballero Victorioso: un aristocrático jinete alza su mano en actitud de saludo hacia una doncella, vestida con lujoso atuendo, que celebra su regreso triunfante enarbolando una rama; mientras, su corcel apoya la pata delantera sobre la cabeza de un personaje grotesco con rasgos antropomorfos y garras de animal, alegoría del vencido que yace a los pies del vencedor.

Este motivo, relativamente común en el románico, arranca de la iconografía romana del Adventus Imperatoris, es decir, el retorno victorioso del César tras una exitosa campaña militar. En concreto, la imagen del caballero se inspira en la estatua ecuestre de Marco Aurelio (entonces en la plaza de Letrán, hoy en la del Campidoglio, ambas en Roma), considerada durante la Edad Media como de Constantino, el célebre emperador que impuso el Cristianismo como religión oficial del mundo romano. En la formulación de este terna desempeñaron un papel importante, asimismo, las monedas que mostraban a los enemigos sometidos bajo la montura del emperador.

En fecha reciente, S. Moralejo propuso indentificar este enigmático personaje a la luz de textos bíblicos, máxime cuando la figura femenina que lo acompaña ciñe una corona, como la reina del Salmo 44 que asiste a una entrada triunfal regia, donde no falta el vencido a los pies del soberano victorioso. Aunque relativo a Cristo, este salmo siempre se vinculó a sus prefiguraciones velero testamentarias: a David y, sobre todo, a Salomón, auténticos paradigmas de la monarquía medieval, como atestiguan numerosas fuentes literarias e iconográficas coetáneas.
M. Ruiz Maldonado destaca, también, la relación del caballero victorioso con la imagen de David tañendo el arpa que se representa junto a él. A juicio de Moralejo, esta asociación no sugiere tanto la posibilidad de identificar al jinete con rey de Judá, como el reconocimiento a éste de su papel de profeta y cantor del encuentro nupcial protagonizado por su hijo: «Cristo en la alegoría, y Salomón en la historia».

Según esta hipótesis, el caballero victorioso y la reina coronada descritos aludirían, por una parte a la presencia de Jesús ante la Virgen, símbolo de la Iglesia; por otra, al encuentro de Salomón y la reina de Saba. En este segundo caso, el motivo conlleva además un claro matiz proselitísta, de propaganda de la realeza y de difusión del mensaje mesiánico entre los gentiles, similar al del asunto contiguo, Sansón desquijarando al león. De su victoria sobre el felino se desprenden connotaciones de gran interés, al relacionarse con el matrimonio del héroe bíblico con una mujer filistea (Jueces 14). Los intelectuales eclesiásticos interpretaron ambos episodios como un emblema de la extensión del Cristianismo entre los paganos.

Como señala Bartal, tanto San Agustín y San Isidoro de Sevilla como Gregorio Magno glosan estos pasajes del Antiguo Testamento y los emplean como alegoría del triunfo de la Iglesia. En este contexto, las imágenes del Caballero Victorioso (acaso Salomón) y de Sansón junto con los combates entre soldados y bestias demoníacas, no sólo simbolizan la superioridad del bien sobre el mal, de la virtud sobre el vicio y de Cristo sobre Satán; sino que son susceptibles de una lectura política en íntima conexión con las circunstancias históricas de la época: la Reconquista de los territorios ocupados por los musulmanes, en definitiva la propagación de la palabra de Dios sobre la faz de la tierra cuando, finalmente, la Iglesia acepte a todas las naciones en su seno.

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