Catedrales y monasterios románicos

Burdas generalizaciones han intentado establecer entre el estilo románico y el gótico la misma oposición que existe entre la cultura monástica y la urbana. Con frecuencia el primero se considera un arte propio de los monasterios.

Resulta indiscutible que en el mundo románico la abadía era un centro artístico y cultural de primer orden pero, con una importancia menos reconocida aunque idéntica e incluso superior, la catedral fue, a juicio de X. Barral i Altet, el principal foco de creación e innovación constructiva en la época y destacaba, ya durante el siglo XI, por la audacia y ambición de sus planteamientos.

Tal descrédito de las catedrales románicas deriva, en buena medida, de la negligencia e incomprensión de muchos historiadores incapaces de valorar y difundir adecuadamente su notable protagonismo. A ello se suma, quizá como causa principal, la destrucción de la mayoría de sus fábricas cuando fueron sustituidas (y en consecuencia olvidadas) por los imponentes templos góticos que hoy contemplamos.

Barral recuerda, precisamente, cómo algunas fórmulas románicas de gran éxito nacieron en el ámbito catedralicio y muy pronto fueron asumidas por los monasterios. Es el caso del deambulatorio con capillas radiales, tan característico de las denominadas «iglesias de peregrinación», que se ensaya por primera vez en la cripta de Clermont-Ferrand, en Auvernia. A. Erlande-Brandeburg afirma que esta tipología arquitectónica tiene su origen en la explosión demográfica coetánea, que precisará de grandes santuarios capaces simultáneamente de albergar a los fieles de la diócesis durante las celebraciones eucarísticas, por una parte, y, por otra, de estimular la piedad hacia las reliquias, permitiendo la circulación en el interior del templo para así evitar el desvío de los feligreses hacia otros centros de peregrinación. Las espectaculares dimensiones que alcanzaron las naves de algunas catedrales románicas hoy desaparecidas (Ruán, 103 metros; Chartres, 110) responden a esta preocupación.

En suma, sería un error contraponer la imagen de un arte románico rural, monástico y feudal, frente a uno gótico ciudadano, burgués y episcopal, máxime cuando, como ha señalado S. Moralejo, en los orígenes del estilo se confunden y fusionan las aportaciones monacales con las urbanas. No puede olvidarse que el románico se extendió tanto en los florecientes y pujantes burgos medievales, como en el medio campesino.

Así, junto a Cluny, Moissac, Silos, Sahagún… se encuentranToulouse, Jaca, Pamplona, León, Santiago… Al fin y al cabo, como afirma I. Bango, los edificios relevantes del estilo románico se vinculan a los centros de poder de la época, ya sean monásticos o episcopales, pues los promotores de las grandes empresas artísticas son siempre los poderosos de la sociedad.

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