Historia del Arte

Catedral de Jaca: La tipología arquitectónica de la catedral y su polémica cronología

La pequeña catedral de Jaca constituye uno de los hitos fundamentales en la formulación del románico pleno en la Península, junto con Frómista, León y Compostela; si bien su cronología ha suscitado encendidas polémicas. Inicialmente se propusieron unas fechas muy tempranas a partir de dos documentos falsos que situaban el comienzo de la construcción en torno a 1063.

En ese año, según las actas del Concilio de Jaca, Ramiro I convocó un capítulo en la catedral para establecer provisionalmente la sede episcopal del reino aragonés en la localidad.

Este dato unido a la cesión que el monarca hace a la basílica, en esa misma fecha, de las rentas del peaje aduanero para la conclusión de su fábrica, llevarán a pensar que por aquel entonces se había terminado la cabecera, iniciado el campanario y proyectado el abovedamiento de las naves. En consecuencia, las obras catedralicias debieron comenzar a mediados del siglo XI. Algún tiempo después, Arteta y Duran Gudiol demuestran el carácter espurio de los dos documentos que contienen estos datos. Entonces, buena parte de la crítica especializada retrasa el inicio de la construcción hasta el 1080, en consonancia con una antigua propuesta de M. Durliat.

Según este investigador francés, las obras sólo pudieron comenzar en torno a 1080 tras la creación del obispado de Jaca por Sancho Ramírez (1063-1094) y el establecimiento de un cabildo catedralicio. Éste adopta la regla de San Agustín, se convierte en el centro de irradiación del ideal apostólico basado en la vida en común y en el oficio sacerdotal y, asimismo, en el núcleo de una comunidad que permite la construcción del edificio, con un ambicioso programa arquitectónico y escultórico, gracias al indispensable apoyo de la familia real aragonesa, y en especial del primer obispo García, hermano-de Sancho Ramírez, y de la infanta Doña Sancha, responsable de una cuantiosa donación ad laborem sancti petri de lacha.

El templo de Jaca sería, para Durliat, el resultado de dos campañas constructivas: la primera emplea un aparejo tosco e irregular en las naves; la segunda, piedra perfectamente tallada en la cabecera, donde interviene un taller que después se encargará de la conclusión de las naves inacabadas y del ornato de la portada occidental. Aún en 1100 se estaría trabajando en la cabecera. De hecho, la decoración del ábside meridional con sofitos y metopas sigue un modelo característico de finales del siglo XI y comienzos del XII en el centro de Francia, presente, por citar un ejemplo, en la torre pórtico de San Hilario de Poitiers, que ocupó un lugar muy relevante en la definición de la primera escultura románica.

Serafín Moralejo respalda esta hipótesis al relacionar un canecillo procedente del ábside central, decorado con un ángel blandiendo una cruz que emerge entre las nubes, con una figura de una mesa de altar de San Saturnino en Toulouse, consagrada por Urbano II en 1096 y firmada por Bernardo Guildin. Esta filiación, que se explica por las fluidas y fecundas relaciones entre Toulouse y Jaca a finales del siglo XI, parece avalar una cronología tardía para su catedral.

No obstante, aún no hay acuerdo sobre tan controvertido asunto. A Canellas López y A. San Vicente, y en fecha más reciente I. Bango, siguen manteniendo la tesis de M. Gómez Moreno que otorgó a la basílica aragonesa un papel paradigmático en el románico español, señalando que la falsificación de los mencionados documentos no implica necesariamente la inexactitud de sus noticias secundarias sobre el estadio constructivo de la catedral; más aun, tal exactitud confiere veracidad a la falsificación principal, confeccionada con fines eminentemente crematísticos.

Además, existen indicios de que en torno a 1063 se había realizado o estaba en construcción la cabecera porque su influjo se manifiesta en la escultura y el léxico decorativo monumental de la iglesia de Iguacel, fechada por una inscripción lapidaria en 1072. Incluso, a juicio de Bango, también se aprecian influjos de la catedral aragonesa en la planimetría del templo del monasterio de Santo Domingo de Silos, consagrado en 1088, o en el de San Pedro de Arlanza, iniciado en 1080, ambos con una tipología coincidente con la definida en Jaca.

Con independencia de la fecha, nos encontramos ante un edificio basilical con tres naves, separadas por soportes donde alternan pilares y columnas, rasgo habitual en las iglesias del sudoeste francés y en algunos de los tramos de San Isidoro de León próximos al crucero; tres ábsides semicirculares y transepto visible al exterior sólo en alzado.

Un cimborrio octogonal, con cuatro gruesos arcos que se cruzan en el centro y descansan sobre modillones de lóbulos dispuestos en el centro de los lados de la base, corona el crucero. Esta solución remite a modelos mozárabes del siglo X, pues, más que una verdadera cubierta de nervaduras, es una estructura cupulada con arcos de refuerzo. Por último, ante el ingreso de los pies se dispuso un pórtico con dos tramos y, sobre él, se proyectó una torre, siguiendo ahora ejemplos foráneos, en concreto postcarolingios.

Las naves se cubrieron, en el siglo XVI, con bóvedas estrelladas. De los ábsides, el central se sustituyó en 1790 por una luminosa y profunda capilla neoclásica, y el septentrional se encuentra hoy muy alterado por reformas posteriores.

Tan sólo en el absidiolo del mediodía, único que mantiene más o menos incólume su estructura primitiva, pueden apreciarse con nitidez los elementos plásticos característicos del románico pleno que resaltan su osamenta tectónica: la cornisa de billetes sobre una hilera de canes esculpidos y columnas que arrancan desde el zócalo y dividen el cilindro absidial en paños; o la amplia ventana con arco de medio punto y chambrana que voltea sobre fustes y capiteles, cuyos ábacos, también abilletados, rebasan la luz del vano, ciñen el hemiciclo y discurren paralelos a la cornisa y a la imposta que recorre el perímetro de los muros a modo de alféizar de las ventanas.

Esta organización, similar a la del ábside francés de San Saturnino de Toulouse, se convierte en fuente de inspiración de numerosos edificios peninsulares posteriores.

Volver a Catedrales de España