Historia del Arte

La estela de Naram-Sin

arte de la mesaopotamia

Con la estela de Naram-Sin, hallada en Susa, el relieve acadio alcanza su máximo esplendor. En ella se narra, únicamente por una sola cara, la victoriosa campaña del rey acadio contra los lulubi, pueblo montañés del Zagros.

El rey está en lo alto de una montaña, con un pie sobre un enemigo caído y se yergue potente ante otros dos jefes: uno de rodillas está ya atravesado por una lanza; el otro todavía de pie, tal vez Satuni, el rey de los lulubi, junta las manos suplicando clemencia. Corona la composición los dos astros solares: la estrella del alba, la Venus babilónica, Ishtar, y Sin, el astro lunar. Debajo del soberano, aparecen los soldados subiendo al monte por una escarpada ladera.

La temática es evidente: el triunfo del rey ante sus enemigos. La estela presenta sólo el momento más significativo de la batalla, la escena culminante. Destaca la importancia otorgada a la figura del rey, que se ha representado convencionalmente mucho mayor que los soldados. La categoría divina de la figura real está expresada mediante el casco con cuernos, símbolo de poderío y potencia. El plano de lo divino y de lo humano están perfectamente delimitados.

Los dioses protegen la acción del rey y son, en última instancia, sus valedores supremos, no intervienen como humanos en la lucha, no participan real ni alegóricamente en ella, tan sólo se limitan a observaria con su presencia simbólica en lo alto del cono-montaña donde finaliza el triunfo real.

La propia estructura de la estela induce a una visión ascensional del episodio, en lugar de una división en registros: un paisaje montañoso conforma una orientación oblicua de la escena, que culmina en la potente figura de Naram-Sin. El rey-dios alza su pierna izquierda para aplastar a sus enemigos, algunos de los cuales caen muertos, en tanto que otros, a la derecha, suplican la benevolencia del vencedor. Es una magnífica composición en diagonal que se adapta muy bien a la forma puntiaguda de la estela.

Es extraordinaria la capacidad del artista de llenar completamente el campo con una sola escena. Ha logrado, a través de unos pocos personajes, dar la sensación de un numeroso ejército. Hay, pues, una intención de representar un principio de perspectiva.

Igualmente magnífica es la captación del paisaje, sugerido por las líneas onduladas del suelo y por algunos árboles, que denotan el dominio de la naturaleza por parte del escultor.
Los guerreros del rey, que repiten en su actitud la del príncipe, presentan un sentido realista en sus posturas al intentar subir por la dificultosa pendiente. Los personajes están individualizados a través de gestos, sobre todo los enemigos, diferenciados por los cabellos peinados en larga cola. Asimismo, la actitud del rey, que lleva la mano izquierda con las armas ante el pecho y en la mano derecha una flecha, es muy enérgica y llena de vitalidad.

La estela, de dos metros de alto, sigue la misma norma que las obras egipcias, pues en la reproducción de una cabeza rara vez se la representa de frente, siempre de perfil. La estela de Naram-Sin, símbolo de la exaltación del rey y de sus hazañas bélicas, realizada en piedra arenisca rosada en la segunda mitad del III milenio a.C, hoy se encuentra en el Musée du Louvre de París.

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La epopeya de Gilgamesh

La Epopeya de Gilgamesh es una de las obras literarias más importantes de la antigüedad, y sus ecos resuenan en la literatura posterior, desde la Biblia hasta Homero.

Gilgamesh fue el cuarto rey de Uruk hacia el año 2750 a.C. y es el protagonista de esta epopeya, en la que se cuentan sus aventuras y la búsqueda de la inmortalidad junto a su amigo Enkidu.
La historia de Gilgamesh está escrita en doce tablillas halladas entre las ruinas de la biblioteca de Assurbanipal, en Nínive. Se sabe que esta versión fue escrita por Shin-eqi-unninni, lo que le convierte en el autor conocido más antiguo de la humanidad.

De las doce tablillas sobre Gilgamesh, once conforman el poema, probablemente escrito hacia la primera mitad del II milenio a.C, y la última representa una narración de origen independiente, sobre el mismo rey, más reciente que las anteriores, escrita hacia el final del I milenio a.C.

Gilgamesh es un rey que oprime a los ciudadanos de Uruk, por lo que éstos claman ayuda a los dioses, quienes crean a Enkidu para que luche contra Gilgamesh y le derrote. Pero el combate resulta muy igualado, y ambos luchadores se hacen amigos y deciden hacer un largo viaje en busca de gloria y aventuras, en el que aparecerán toda clase de animales fantásticos y peligrosos.

La narración concluye, tras innumerables vicisitudes, con un final feliz, pues Gilgamesh, que ha visto morir a Endiku y ha conocido toda clase de frustraciones y miedos, se dedica a trabajar, a su regreso, por el bien de su pueblo.

gilgamesh

Fragmento de terracota (Museo Israelí, Jerusalén). Texto que narra las hazañas del héroe, procedente de Megiddo (Israel).

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Arte elamita (II)

Junto a las puertas había parejas de animales, pero no se ha podido encontrar hasta ahora en Choga Zambil ninguna decoración mural con ladrillos moldeados. Lo más misterioso de este zigurat es que no era totalmente macizo: había multitud de cámaras en las que se amontonaban clavos y placas de barro cocido y se tapiaban después. Si bien en Susa no han podido encontrarse edificios de época elamita, se han hallado esculturas que han permitido conocer algunos aspectos de aquella antigua civilización. Entre ellas destaca la gran estatua de bronce de la reina Napir-Asu, esposa de Untash-Huban.

Pese a faltarle la cabeza, esta figura impresionante, que pesa cerca de 1.800 kilos, admira por su extraña modernidad y por la elegancia de su regio aspecto. Su vestido es una falda acampanada, que termina con flecos, y se cubre, además, con una túnica ceñida que moldea su torso juvenil. Al contemplarla, no puede evitarse la impresión de una gran dama que se desliza con su vestido de gala sobre la alfombra de un salón. Tranquila y solemne, sus bellas manos cruzadas con dignidad y nobleza atraen más la atención a causa de la mutilación de la cabeza: uno solo de sus dedos se adorna con un anillo.

Entre los diversos bronces elamitas de esta segunda mitad del II milenio a.C, tiene un singular atractivo la tabla de bronce del Louvre conocida con el nombre de Sit-Shamshi. Sobre una superficie de 60 por 40 centímetros se ha representado con todo cuidado una especie de maqueta de una ceremonia religiosa que dos hombres en cuclillas y desnudos celebran a la salida del Sol. Aquella explanada en la que además de las figuras de los oficiantes destacan una tinaja, dos columnas y diversos elementos rituales conserva aún para la actualidad la emoción del rito de una religión desconocida.

Más tardía, de hacia el año 1000 a.C, es una extraordinaria cabeza masculina de terracota, hallada en Susa. La policromía en negro cubre sus poderosas cejas, y la barba y el bigote recortados le dan el aspecto de persona importante. Los labios cerrados, cuyas comisuras se inclinan hacia abajo, parecen conferirle una expresión de triste desencanto.

Hacia 1935, el mercado internacional de antigüedades empezó a verse bruscamente invadido por gran cantidad de extraños objetos de bronce que no se parecían a ninguna de las series antiguas conocidas. Los vendían traficantes armenios que no sabían, o no querían declarar, el lugar exacto de su origen. Se empezó por creer que eran objetos de las tribus de escitas de que hablaban los autores clásicos.

Lo único que daba fuerza a esta atribución era el hecho de que, en su mayoría, eran frenos de caballo y el saber que los escitas fueron -según cuentan Heródoto y Éstrabón- infatigables jinetes de las estepas de las orillas del mar Caspio. La atribución fue muy discutida porque aquellos bronces no se parecían nada a lo que se conocía de los escitas. Además, pronto empezaron a aparecer también hachas ceremoniales, calderos, coronamientos de estandartes y agujas para los peinados femeninos, todo ello de bronce, y cada vez más alejado del arte conocido de los escitas.

Entonces se empezó a decir que tales bronces procedían del Luristán, región iraniana montañosa, situada hacia el sur del país, que hasta hace pocos años no era aconsejable para los viajeros que iban sin armas. Actualmente atraviesa el Luristán una de las carreteras de más bellas perspectivas paisajísticas de todo el Oriente, que va desde Susa hasta Kermanshah. Sin embargo, los arqueólogos no esperaron las comodidades turísticas; en 1938, F. Schmidt excavó un santuario en Surkh Dum, en pleno Luristán, y obtuvo un importante lote de objetos idénticos a los que vendían los traficantes clandestinos. Esta es aún la única excavación científica realizada, lo que hace que las fechas propuestas para los bronces del Luristán varíen entre el 1500 y el 800 a.C.

Lo más característico de estos bronces son los frenos de caballo y los estandartes. Los primeros van adornados generalmente con dos figuras de ibex o cabras monteses, aparejadas con un barrote transversal, y con sendas anillas que servían para sujetar las riendas.

Puede decirse que el ibex es el animal patronímico del Irán, como lo era el león para Asiría, el dragón para Babilonia y el toro para Sumer. En cuanto a los estandartes o remates de mástil, aparte de su valor artístico, son interesantes porque presuponen una organización social avanzada. Algunos parecen un acertijo en el que es difícil descifrar las figuras que los componen. Generalmente hay un personaje central que agarra con sus manos las cabezas de dos monstruos que unas veces tienen fauces de león y otras pico de ave de presa. Todos estos bronces del Luristán fueron fundidos con la técnica que hoy llamamos “a la cera perdida”.

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Zigurat de Choga Zambil, cerca de Ahvaz. Inscripciones cuneiformes incisas en un ladrillo de adobe, en las que se puede leer el nombre del rey elamita Untasha Gal, fechadas hacia 1300 a.C.

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Arte elamita (I)

Recorrida esta breve introducción histórica sobre el pueblo elamita, hay que tratar de Susa, vieja ciudad de la alta llanura del Elam, situada en un contrafuerte montañoso que cierra el golfo Pérsico por el Este. Susa produjo sus hermosas piezas cerámicas mucho antes de que se desarrollase el arte elamita, uno de los ciclos artísticos más antiguos del Irán. Se trata de las construcciones y obras de arte creadas bajo el dominio de una dinastía de soberanos locales, contemporáneos del dominio kasita sobre Babilonia, entre los años 1600 y 1000 a.C.

Las obras arquitectónicas fundamentales del arte elamita debieron de estar en Susa, su capital. Seguramente se debió de tratar de una ciudad importante que acogería numerosas edificaciones que hoy serían de gran ayuda para comprender la evolución artística de este pueblo. Pero siglos más tarde, como se verá, fue en Susa donde los reyes persas aqueménidas establecieron su residencia de invierno.

Su capital de Persépolis, en las montañas, era demasiado fría y a menudo estaba cubierta de nieve, así que durante los duros meses de invierno necesitaban fijar su residencia en otro enclave que gozara de un clima más benigno. Por eso, se trasladaban temporalmente cada año a Susa, antigua capital de los elamitas, y al construir sus palacios en Susa arrasaron las construcciones anteriores e hicieron desaparecer todo lo que podía haber de elamita en aquel lugar. Lo que se ha descubierto, pues, en Susa, salvo raras excepciones, es persa aqueménida. Afortunadamente, aunque pocas, estas excepciones son muy sugestivas.

El resto arquitectónico más importante es un fragmento de muro de ladrillos moldeados con relieves que conserva el Musée du Louvre y que representa a una divinidad, cuya mitad inferior es el cuerpo de un toro, frente a una palmera estilizada. El dios-toro parece estar realizando la fecundación artificial de las flores de la palmera con la espiga masculina.

Esta obra es de gran valor no solamente porque se trata del vestigio arquitectónico que se encuentra en mejor estado de la cultura elamita sino porque en ella se puede observar la representación más antigua de esta ceremonia de fecundación, que debemos suponer que sería protagonista en otros muchos relieves de la ciudad de Elam que borraron los persas al establecerse en ella durante los meses de invierno.

Así, esta escena de la fecundación artificial protagonizada por un dios-toro después será muy frecuente en los relieves asirios. La técnica de los ladrillos moldeados procede de la que inventaron los kasitas y será heredada por los arquitectos neobabilónicos y por los persas aqueménidas.

Éste es, por tanto, el resto arquitectónico que mejor se ha conservado del arte elamita y que, por lo tanto, el que más información puede proporcionar sobre ese período artístico. Lógicamente, se debería esperar encontrar los vestigios arquitectónicos más importantes en la que fuera la capital del Elam, Susa, pero debido a la acción de los persas, las excavaciones realizadas hasta la fecha no han descubierto ruinas arquitectónicas de mayor importancia.

Por tanto, las obras de arquitectura del Elam hay que buscarlas no muy lejos de Susa, en Choga Zambil, donde el rey Untash-Huban erigió un gigantesco zigurat de cinco pisos, cuyas ruinas se elevan todavía hoy como una enorme montaña sobre el desierto llano y desolado. Pese a que en verano la temperatura de Choga Zambil alcanza los 60 grados, lo que dificulta enormemente el desarrollo de una agricultura, es posible que antiguamente hubiera en este lugar huertas para el sustento de los sacerdotes del templo y del rey, su corte y su servidumbre, que se albergaban en un gran palacio junto al zigurat.

La realización de un proyecto holandés y estadounidense para plantaciones de caña de azúcar en las proximidades demuestra que el suelo es fértil cuando se utiliza un buen sistema de regadío.

En Mesopotamia, desde muy antiguo, se había conseguido desarrollar sistemas de riego de gran oficia, y debemos suponer que la elección del enclave de Choga Zambil pudo realizarse atendiendo quizás únicamente a motivos estratégicos sabedores los elamitas de su capacidad para aprovechar la tierra.

De este modo, el zigurat encontrado en Choga Zambil está rodeado por una muralla exterior de 1.200 por 800 metros y por otra interior de 400 por 400 metros, en la que hay siete puertas. Ello proporciona una idea de lo necesario que se hacía proteger a la corte de posibles ataques, pues se trata, como se ha visto, de un recinto fuertemente fortificado.

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Carro (Museo Británico, Londres). Fechada hacia el año 1000 a.C, esta escultura en bronce procedente del oeste de Irán, representa un carro tirado por dos caballos.

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Arte elamita

La historia conocida de los elamitas se remonta muchos años antes de su entrada triunfal en Ur, cuando pusieron punto y final a una de las civilizaciones más espléndidas de la Mesopotamia de la antigüedad y dieron inicio, de ese modo, a un pueblo que, no sin intermitencias, se convirtió en uno de las culturas más relevantes de su época en la región.

Por lo tanto, y yéndonos a los albores de la cultura elamita, sabemos que hacia el año 2500 a.C. Eannatum de Lagash, como ya se ha mencionado anteriormente, nieto de Ur-Niná, logró hacerse con el control de los territorios dominados por los elamitas, una zona bastante extensa que correspondería al actual suroeste de Irán, región que hoy se denomina Khuzistán. Por aquel entonces, teniendo en cuenta los datos que se poseen en la actualidad, no parecía ser el pueblo elamita una cultura excesivamente militarizada, por lo que se hace perfectamente comprensible que una civilización como la que gobernaba Eannatum, soberano ambicioso, no tuviera mayores problemas en asimilar dichos territorios.

Por otro lado, el dominio ejercido por Eannatum fue mucho más tiránico que el que ejercería más tarde Sargón de Akkad, así que deberá entenderse que aquella época fue especialmente complicada para las manifestaciones artísticas propias de los elamitas, que se debieron ver claramente influidas por las concepciones estilísticas de los sumerios.

En cambio, como se ha apuntado, Sargón de Akkad también incorporó al pueblo elamita a su imperio aunque, a diferencia de Eannatum, mantuvo las instituciones locales, lo que permitió, probablemente, que se fuera gestando, quizá de una manera algo tímida, una cultura elamita mucho más libre y, por tanto, propia, que la que debió de haber durante el período de Eannatum. Así, no fue hasta el declive del imperio levantado por Sargón que el pueblo elamita recupera la independencia. De todos modos, aún conocerían otro período de dominación antes de entrar triunfantes en Ur, pues los sumerios controlaron los territorios elamitas durante la época de la III Dinastía (2064-1955 a.C).

Los inicios de Elam como un pueblo poderoso que gozaba de un estado sólido se encuentran en la conquista de Ur. Durante más de doscientos años a partir de la caída de una las ciudades más importantes de la antigüedad, los elamitas participarían de una forma claramente protagonista en el curso de la historia de Mesopotamia, legando, asimismo, un arte de sumo interés y no siempre excesivamente ponderado en su justa medida.

Por otro lado, de este período de más de dos centurias han llegado algunas de las obras de arte más importantes de los elamitas. Posteriormente, Elam quedó subyugada por el imperio babilónico levantado por Hammurabi, y los elamitas habrían de esperar hasta bien entrado el siglo XIII a.C. para disponer de un estado autónomo y fuerte. Se confirma, por tanto, que se cumple la idea que ya se había señalado al empezar a tratar del arte elamita, pues, como se decía, este pueblo conoció intermitentes épocas de independencia y esplendor que se alternanaban con otras durante las cuales quedaban sometidas, en mayor o menor medida, por otros imperios que necesariamente debían de dejar impronta en su cultura y, por lo tanto, en su concepción del arte.

Por tanto, a partir de la citada fecha, el Elam entra en un segundo período de gran poder, y, a diferencia de la política seguida siglos atrás, los soberanos elamitas se muestran claramente decididos a ampliar los límites de su territorio. Quizá llegó al poder una élite especialmente ambiciosa que se dio cuenta de que no podían seguir viviendo a merced de las ansias conquistadoras de pueblos vecinos.

En todo caso, los elamitas decidieron convertirse en un pueblo dominante en lugar de presa fácil para las ambiciones de otros imperios. Nuevamente desde Babilonia llegaría el mayor enemigo de los deseos expansionistas de los soberanos de Elam. Nabuco-donosor I acaba con la autonomía elamita conquistando la ciudad de Susa, una de las ciudades más importantes de Elam, y somete al pueblo hasta que en el siglo VIII a.C. el rey elamita Humbanigas vence a Sargón II. Aunque poco duraría este espejismo de independencia, pues enseguida, otro gobernante con ansias de poder, Senaquerib, derrota a los elamitas y pone a fin a su cultura.

Efectivamente, han pasado, desde aquel lejano año 2500 a.C, en el que los elamitas se encontraban sometidos al control del importante soberano sumerio Eannatum de Lagash, prácticamente 1.700 años en los que los elamitas han gozado de períodos de independencia y han padecido épocas de sometimiento a otras culturas. Así, llegados al siglo VIII a.C, el pueblo elamita confirma su definitivo declive pues sus territorios quedarán sometidos una parte al dominio babilónico y la otra al persa, diluyéndose definitivamente su cultura en ambos pueblos.

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Sit-Shamshi (Musée du Louvre, París). Tabla de bronce que parece resumir sabiamente el ritual del antiguo Elam. Los zigurats recuerdan el arte mesopotámico, el bosque sagrado alude a la devoción semita por el árbol verde, la tinaja trae a la mente el “mar de bronce”. Los dos hombres en cuclillas hacen su ablución para celebrar la salida del Sol. Una inscripción, que lleva el nombre del rey Silhak-in-Shushinak, permite fijar su datación en el siglo XII a.C.

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La caída de Ur

La III Dinastía de Ur fue la última de las dinastías sumerias. Shulgi, hijo, como ya hemos mencionado, de Ur-Nammu, fundador de la dinastía, seguramente fue asesinado por tres de sus hijos, que fueron los que, uno a uno, le sucedieron en el poder: Amar-Sin -que reinó nueve años-, Shu-Sin -que reinó también nueve- e Ibbi-Sin. Este último gobernó veinticuatro, y fue durante su reinado cuando se produjo la caída del imperio.

Ya durante el mandato de Shu-Sin el peligro amenazaba Sumer, por lo que se edificó el llamado Muro de Amurra, para mantener apartado al pueblo semita de los amorreos que merodeaban por la zona. Luego su hermano Ibbi-Sin se dedicó al menos tres años a reparar las fortificaciones de Ur y Nippur, a lo que sobrevinieron luchas y problemas. Uno fue que los amorreos franquearon el mencionado muro y se lanzaron sobre Sumer, asumiendo el control de las provincias norteñas del imperio.

Ante la crítica situación, Ibbi-Sin recurrió al comandante de sus tropas septentrionales, un amorreo de Mari, llamado Ishbi-Erra, con cuya ayuda pudo prolongar su reinado pero a costa de un elevado precio. Ishbi-Erra obtuvo a cambio el control total de la provincia de Isin y de la cercana capital religiosa de Nippur, la única que dispensaba la legitimidad monárquica. Poco después reclamaría también para sí la lealtad de las restantes provincias sumero-acadias.

Como es natural, semejante situación fue aprovechada por otras ciudades para obtener su propia independencia. En un comienzo, la medida fue no enviar los tributos debidos ni la mano de obra requerida para enfrentar las necesidades económicas y militares del imperio. Luego, los gobernantes sustituyeron en sus inscripciones y nombres personales el nombre del deificado Ibbi-Sin por el de sus divinidades locales. Al no obtener respuesta a estas acciones, se proclamaron reyes de sus respectivas ciudades y fecharon los años con sus propios nombres y no con el de Ibbi-Sin.

Estas usurpaciones se produjeron primero en las ciudades alejadas, tales como Assur, Eshnunna, Der y Susa. Pero en poco tiempo sucedió también en las ciudades más próximas como Lagash, Nippur y Umma.

Las deserciones se llevaron a cabo en cadena, y no sólo debilitaron el poder central sino que provocaron serios golpes al conjunto de la economía de Sumer. La interrupción de los tributos produjo una inflación de un sesenta por ciento, aproximadamente, lo que tuvo como consecuencia directa una formidable carestía de productos básicos.

De la difícil época que vivió el reinado de Ibbi-Sin han sobrevivido tres cartas, que aportan datos sobre las características de este período. Una de estas cartas es la respuesta a la petición de grano por parte del rey a Ishbi-Erra, respuesta negativa que da como excusa la no disponibilidad de barcos capaces de transportar el grano requerido a Ur. La segunda de las cartas fue enviada a Ibbi-Sin por el gobernador de Kazallu, Puzur-Numushda -llamado en ocasiones Puzur-Shulgi-, y por ella se conoce la secesión de Ishbi-Erra, declarado independiente en Isin desde donde se había apoderado de otras ciudades.

La tercera es la respuesta del rey de Ur a Puzur-Numushda. En ella, un Ibbi-Sin creyente lamenta que Enlil le haya concedido la realeza a Ishbi-Erra ya que no es de naturaleza sumeria. Expresa su deseo de que, voluntad de los dioses mediante, los martu y los elamitas capturen al traidor Ishbi-Erra.

Lo cierto es que Ishbi-Erra, ensi independiente, se había titulado dios de su país y rey del territorio, y había comprado la retirada de los martu o amorreos -según algunos no les pagó sino que logró expulsarlos-. De esta manera, el imperio de Ur quedó dividido en dos monarquías: por un lado la monarquía de Ur con Ibbi-Sin al frente de las escasas tierras de la capital y sus cercanías, y por el otro la de Isin, con el sublevado Ishbi-Erra a la cabeza. Este último detentaba el mando efectivo sobre la mayoría de las ciudades sumero-acadias.

Tal era la situación cuando en el año veintiuno del reinado de Ibbi-Sin los elamitas, aliados con los silbárteos, los sua y otras gentes de los Zagros, atravesaron el Tigris al mando de Kindattu, rey de Si-mashki, y se lanzaron sin miramientos contra Ur.

Por entonces, Ibbi-Sin seguía contando con algunos ensi que eran afectos a su causa, y gracias a su ayuda logró contener y rechazar la invasión. No obstante, hubo una nueva embestida al cabo de tres años y en esta ocasión las consecuencias fueron fatales para Ur.

Los elamitas no sólo se apoderaron de Ur. Además la saquearon salvajemente, la destruyeron y al fin la incendiaron, para luego abandonarla dejando una pequeña guarnición junto a sus ruinas. El rey Ibbi-Sin fue trasladado como prisionero y murió en Ansham.

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Cabeza de una princesa de alabastro (Museo de la Universidad de Pensilvania, Filadelfia) Procedente de Ur y fechada hacia 2100 a.C, ha sido identificada con una princesa neosumeria y también con la divinidad Ningal. A pesar de la terrible mutilación, no ha perdido su encanto ni la extraña expresión de su mirada.

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El apogeo de Lagash (I)

Gudea consolidó las murallas de sus ciudades, reparó y construyó canales, realizó obras de saneamiento y dedicó especial interés a las construcciones religiosas. Templos como el de Eninnu, del dios Ningirsu; el Etarsisir de la diosa Baba; el templo de la diosa Gatumdu y el Ebagara, de Ningirsu, evidencian su actividad. Asimismo, el gran número de estatuas y objetos artísticos que destacan tanto por su calidad plástica como por los materiales en que fueron ejecutados, han demostrado el altísimo nivel cultural y económico que tuvo Lagash a finales del III milenio.

Estas estatuas estuvieron destinadas a templos que se había ordenado edificar o restaurar, y fueron dedicadas a diferentes divinidades. También ordenó esculpir siete estelas para ser colocadas en el Enin-nu de Girsu, riqueza artística a la que se suman infinidad de objetos menores perfectamente trabajados. La actividad literaria de la época quedó reflejada asimismo en textos sobre construcción, estatuas, estelas, himnos y sellos.

La recuperación de más de treinta estatuas personales, relieves, estelas, estatuillas fundacionales, cilindros-sellos, vasijas y otros objetos menores que han permitido por su estilo unitario ser catalogados como de tipo Gudea, han contribuido a su popularidad y sobre todo a la aureola de devoto con la que quiso pasar a la historia.

La trascendencia de Gudea se plasmó en la elevación de tal personaje a la categoría de dios, recibiendo culto en templos y capillas levantados a propósito. Para el pueblo llano, Gudea también fue un personaje popular, dado que algunos textos recogen su nombre adoptado como onomástico por diferentes personas.

Durante su reinado, Lagash vivió su último y gran apogeo.

La ciudad de Lagash se remonta a los orígenes de la civilización mesopotámica y surge por el contacto con el mar a través de la navegación fluvial de poblaciones originariamente agrícolas, a las que se sumaron marinos y artesanos. Es uno de los asentamientos que registran desde más antiguo formas de propiedad individual cuyos detentadores se hacían conocer a través de sellos.

Estos sellos favorecieron el desarrollo de una escritura pictográfica primero y cuneiforme después. Se trata de una sociedad agraria y teocrática, pero con un desarrollo de la propiedad privada, los contratos e incluso hipotecas, lo que habla de avanzados mecanismos institucionales.

Tanto en Lagash como en las demás ciudades, se concebía a los hombres al servicio de los dioses. Esto se expresaba mediante el cuidado de los templos y el culto religioso escrupulosamente regulado por el clero.

Todos los súmenos eran devotos de los mismos dioses pertenecientes al panteón politeísta presidido por Enlil. Pero a su vez existía la figura de un dios protector de cada ciudad que valía como arma ideológica -en el enfrentamiento entre Lagash y Umma-por ejemplo, el favor de Ningirsu, dios de la guerra y protector de Lagash, habría posibilitado la victoria sobre Umma, mientras que desde la óptica de la ciudad derrotada, la lectura del gobernante atribuía la responsabilidad a sus subditos, quienes con su proceder habrían causado el rechazo de su dios protector.

Otros dioses a los que se rindió culto en Lagash fueron: Inanna, diosa de la reproducción y la lucha; Ninkhursag, divinidad agrícola; Gatumdu, diosa de la fecundidad y fertilidad; Nisaba, diosa de la escritura y las actividades intelectuales.

La sociedad se estructuraba en clases: eran libres los dirigentes, sacerdotes y funcionarios, semilibres los que vendían su trabajo y esclavos los prisioneros y condenados. Contaba asimismo con el en -representante de la deidad y responsable de la organización religiosa, así como de la planificación del sistema hidráulico para la mejor explotación de las tierras que administraba el templo-, con el lugal o rey -la más alta autoridad civil-, con el ensi -especie de príncipe equivalente a la categoría de gobernador- y con un ejército cada vez mejor establecido.

Las principales actividades económicas eran la agricultura y la ganadería, acompañadas de la artesanía. El hecho de carecer de algunas materias primas básicas y la posibilidad de comunicación que ofrecían los ríos, promovió el intercambio de productos a cambio de excedentes agrícolas. Lagash importaba sobre todo madera y piedra, ya que por estar asentada sobre una llanura fluvial carecía de estos materiales. Los metales procedían de Asia Menor y el oro de Egipto, que recibía a cambio lana y cereales.

En cuanto a la administración, la jerarquía en base a reyes se instauró como consecuencia de la rivalidad entre ciudades, con una clase dominante representada por sacerdotes y nobles terratenientes. Sin embargo, el constante desarrollo del comercio hizo que la burguesía fuera adquiriendo una importancia cada vez mayor y provocó entre ésta y las clases privilegiadas conflictos sociales que llevaron a una reforma igualitaria, durante el reinado de Urukagina. Se estableció una primera codificación y al triunfo del individualismo jurídico correspondió el advenimiento de un sistema económico liberal.

El desarrollo de la literatura varía según las diferentes etapas. Durante el dinástico arcaico, en Lagash la escritura se centra sobre todo en cuestiones económicas y administrativas. Y es durante el reinado de Gudea de Lagash cuando se componen obras de alta calidad literaria tales como el himno a la construcción de Eninnu, templo del dios Ningirsu. Lo mismo sucede en cuanto a las artes, impulsadas por Gudea mediante construcciones arquitectónicas en honor a dioses y esculturas que constituyen los mejores ejemplares de la estatuaria mesopotámica de todos los tiempos.

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Hombre con las manos entrelazadas (Musée du Louvre, París). Escultura en diorita procedente de Lagash, que representa a un personaje, que parece estar en actitud de orar.

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El apogeo de Lagash

La escultura neosumeria la conocemos, sobre todo, por los hallazgos de Lagash, ciudad cuyos soberanos jamás se atribuyeron el título de rey, sino el de patesi o gobernador.

Del primero, Ur-Bau, el Musée du Louvre posee una estatua sin cabeza; pero el más importante fue el séptimo, según las listas antiguas, llamado Gudea. Este patesi, que gobernó Lagash durante poco más de quince años, construyó templos y palacios y nos ha dejado una prodigiosa serie de retratos suyos que constituyen quizás el conjunto escultórico más impresionante debido a la voluntad de un solo individuo. Se conocen hoy más de treinta de estas estatuas esculpidas en duras y brillantes rocas volcánicas: diorita azul o dolerita negra.

En todas ellas, el patesi Gudea aparece vestido como un monje, con una túnica que deja descubiertos el hombro y el brazo derechos, y siempre con las manos juntas en actitud de oración. Muchas de ellas están decapitadas, pero también se ha conservado alguna cabeza suelta como la extraordinaria del Museo del Louvre, llamada cabeza con turbante. La finura de los detalles, como los dedos, los labios y las cejas, y algunos músculos sutilmente acentuados en el cuerpo, contrasta con la severa sencillez de la túnica.

Todas las estatuas de la serie producen una impresión no sólo de serena majestad, sino también de intenso fervor religioso. En la época de Gudea, la ciudad de Lagash disfrutó de los beneficios de la paz y de una extraordinaria prosperidad. Este príncipe de ojos fijos, pómulos salientes, boca finamente dibujada y barbilla voluntariosa, tenía como ideal de gobierno el orden y la justicia, que proclama repetidamente en sus inscripciones.

La casualidad ha querido que llegase hasta nosotros uno de los objetos más sagrados del ajuar de Gudea: el vaso de libaciones que utilizaba en las ceremonias religiosas. Se trata de un cubilete de piedra, cuyos relieves nos informan de que, pese a la humanización de los dioses introducida en el intermedio acadio, los antiguos monstruos divinos no habían desaparecido totalmente.

En el vaso de libaciones de Gudea figuran dos dragones de pie que sujetan una lanza con las patas delanteras. Son monstruos terroríficos con cabeza de serpiente, cuerpo de felino, alas y garras de águila y cola de escorpión. Ambos dan guardia a un bastón en el que se enroscan dos serpientes cuyas cabezas ascienden hasta el borde del vaso como si quisieran abrevarse en el líquido ritual. Este símbolo sagrado es ya idéntico al caduceo del griego Esculapio, utilizado por los médicos antiguos, y que todavía hoy sigue siendo emblema de los farmacéuticos.

Las excavaciones de la antigua Lagash han proporcionado varias estatuas que no son retratos de reyes: hombres jóvenes, con el rostro y el cráneo totalmente afeitados, y diversas representaciones de mujeres, como la llamada La mujer del aríbalo, del Musée du Louvre.

La más importante de todas las representaciones femeninas es una figura también del Louvre, con las manos unidas, en la misma posición que las de Gudea, vestida con túnica y manto engalanados con cintas de bordados y cuyos cabellos rizados cubre una toca sujeta con una cinta.

El aire majestuoso de esta imagen y cierto sentido místico que se desprende de ella, acentuado por la posición de orante que adoptan sus manos, ha hecho que muchos arqueólogos la identificasen como la esposa del propio Gudea.

Lagash, localizada en la actualidad en Tell El-Hiba, en Iraq, fue una de las ciudades antiguas de Sumeria. Estaba situada al noroeste de la unión del Eufrates con el Tigris y al este de Uruk, y pese a no ser la más importante de las ciudades-estado mesopotámicas, la gran cantidad de escritos y restos arqueológicos encontrados en el siglo XIX ha aportado muchos datos acerca de su historia.

Gracias a las inscripciones que nos han llegado, nos podemos hacer una idea muy aproximada de la gran actividad económica que emprendió Gudea y de las relaciones comerciales que llevó a cabo para la obtención de las diferentes materias primas y productos necesarios para sus amplias empresas constructoras. Así, algunas de las zonas de las que llegaron a Lagash piedras, metales y maderas fueron: la India, Arabia, el golfo de Omán, Asiria, Eufrates medio y alto y quizá Capadocia.

Realizó también una serie de reformas administrativas -pesos y medidas, reajuste del calendario- y legislativas -protección de las gentes desfavorecidas- que redundaron en beneficio de sus 216.000 subditos. Se dice que fue el prototipo de príncipe piadoso, justo, sabio y perfecto.

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Cabeza de Gudea (Musée du Louvre, París). Llamada también cabeza con turbante, esta escultura en diorita, que representa al legendario gobernador de Lagash, está datada hacia el año 2120 a.C.

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Período neosumerio (I)

En cuanto al zigurat de Ur, iniciado por Ur-Nam-mu, se construyó como una torre de tres pisos. El primero, completamente macizo, tenía sesenta y cinco metros de largo por cuarenta y tres de ancho y una altura de veintidós metros.

Sus paredes son ligeramente inclinadas y formadas por un revestimiento de ladrillos cocidos, de tres metros de espesor, que mantiene la masa interior de ladrillos secados al sol. Se subía a la plataforma del primer piso por tres escalinatas monumentales: dos adheridas a la fachada y una tercera de frente que conducía al mismo rellano que las otras dos. Las tres tienen cien escalones.

Encima de este pedestal gigantesco se alzaban las otras dos plataformas superpuestas, en la cima de las cuales estaba el templo de recibimiento para el dios. Otro templo en la base, acondicionado como morada de la divinidad, convierte el conjunto -con sus escalinatas para el despliegue de los cortejos-en una monumental escalera para ascender o descender del cielo, análoga a la del sueño de Jacob por la que veía ir y venir a los ángeles. Y he aquí que el dios estaba en lo alto, precisa el capítulo 28 del Génesis. Jacob, después de la visita a la tierra de donde salió su padre, debía recordar las ceremonias religiosas y los cortejos que circulaban por las gigantescas escalinatas del zigurat de Ur.

Todavía hoy resulta increíble imaginarse que estas arquitecturas gigantescas fueron realizadas con ladrillos, ninguno de los cuales alcanza los cuarenta centímetros. Debieron ser necesarios millones de piezas hechas a mano y vencer dificultades enormes para acoplar el conjunto.

No se sabe con certeza cuál era la función de estos monumentos emblemáticos de la Mesopotamia antigua. Se ha especulado mucho acerca de su funcionalidad existiendo en la actualidad varias teorías. Algunos especialistas piensan que básicamente era proporcionar un lugar para hacer ofrendas a la deidad; para otros representa el trono terrenal del dios e incluso no falta quienes lo ven como un lugar monumental para el ofrecimiento de sacrificios.

El zigurat, no existía más de uno por ciudad, se convirtió en el monumento central del culto mesopotámico a lo largo de toda su historia. Se mantuvo en vigor en todos los períodos de la historia mesopotámica: sumerio, acadio, casita, babilónico y asirio.

Fueron edificios dignos de un elevado respecto y profunda admiración. Comparadas con los zigurats, las otras obras arquitectónicas de los neosumerios, pese a su colosalismo, parecen secundarias. Así los palacios y las tumbas, entre las que destacan las de los reyes Dun-gi y Bur-Sin, en Ur, pero ambas violadas y despojadas de sus tesoros antes de que las explorasen los arqueólogos.

Las estatuas neosumerias son el mayor argumento sobre la sencillez y nobleza de aquellos príncipes y de sus consortes. Pero el principal atractivo para quien los contempla es su belleza. Nos presentan una interpretación estética completamente original del rostro humano. En este sentido es impresionante la cabeza de una princesa, encontrada en Ur en 1927, que conserva el Museo de la Universidad de Pensilvania. Lleva una diadema lisa, circular, como un anillo de oro para retener los cabellos, y, pese a que le falta la parte inferior del rostro, sus ojos incrustados en lapislázuli nos miran con una expresión milenaria de asombro. El alabastro en que fue esculpida está viviendo una vida tan fuerte como la del mismo Gudea.

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Fachada nordeste del zigurat de Ur, en Iraq. Las raíces tipológicas del zigurat se hallan en los templos construidos sobre plataformas o montañas artificiales, algunas veces con dos terrazas superpuestas, que aparecieron en Mesopotamia en el V milenio. Concebido, ya a finales de III milenio, como templo, el zigurat quedó plenamente integrado en la vida de la ciudad. El zigurat de Ur es, junto con el de Uruk, el mejor conservado de toda la baja Mesopotamia. Fue construido en honor del dios Sin, entre los años 2111 y 2046 a.C, con ladrillo crudo recubierto de un paramento de ladrillo cocido. Al piso inferior se accede por tres escaleras que convergen en un portal, que, a su vez, da a un rellano intermedio entre el primer y el segundo piso.

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Período neosumerio

La restauración sumeria no fue una vuelta de la civilización mesopotámica hacia atrás. La Historia no retrocede nunca, y si bien los guti no aportaron nada al arte y a la cultura, la impronta acadia había sido tan fuerte que no pudo ser olvidada.

La huella semita puede ser detectada en las obras de este período: una suavización de la rigidez ancestral de los sumerios muestra que, aunque el vigor y la potencia vuelvan a ocupar el primer plano de la creación artística, la lección acadia ha dejado una huella imborrable.

Ur se convirtió nuevamente en ciudad real y con el soberano Ur-Nammu dio comienzo a su III Dinastía. Ur-Nammu debió de reinar dieciocho años y le sucedió su hijo Shulgi que ocupó el trono cerca de medio siglo. Incontables monumentos, cuyos ladrillos llevan impresos los nombres de estos dos soberanos, muestran la potencia constructora de ambos reyes.

La primera preocupación de Ur-Nammu fue fortificar su capital de manera que pudiera resistir cualquier ataque. Las murallas de Ur, que son de esta época, tienen casi 25 metros de ancho en su base. Pero esta obra formidable no es ni mucho menos la construcción más importante de los neosumerios.

A mediados del siglo pasado, el emplazamiento de la venerable metrópoli se destacaba en el llano por una gigantesca montaña de ladrillo. Era la ruina del templo de Sin, el dios lunar. Los árabes la llamaban Mugayyar, o sea “la montaña de hormigón”, porque veían entre los ladrillos el hormigón que había servido de mortero a los constructores.

Ello permitió que, en 1854, J. E.Taylor, cónsul inglés en Basora y agente del Museo Británico, identificase el lugar de Ur. Las excavaciones iniciadas en 1922 nos han dado la posibilidad de conocer detalladamente este monumento. Era un zigurat o torre escalonada, dispuesta sobre todo para que la divinidad pueda descender del cielo a la tierra. La mayoría de poblaciones sumerias tienen construcciones análogas.

Además de Ur, Uruk, Nippur, Larsa y Eridu han conservado los restos de su zigurat entre sus ruinas. Estos monumentos tenían de tres a siete pisos, cada uno de base más reducida que el inferior, y corresponden al tipo de edificio que describe la Biblia con el nombre de Torre de Babel, el zigurat de Babilonia, al que nos referiremos al hablar del arte neobabilónico.

Antes de visitar el zigurat de Ur, vale la pena que hagamos mención a las características generales de estos importantes monumentos. Desde un punto vista arquitectónico, el zigurat no es más que una torre compuesta por una superposición de pisos de diferentes colores que formaban una pirámide escalonada. Estas terrazas superpuestas, que servían de base al templo, iban decreciendo en altura, la superficie superior más pequeña que la inferior. Las terrazas comunicaban de un piso a otro a través de las escaleras o rampas de acceso que permitían llegar hasta la cúspide, lugar donde se situaba el templo o la capilla del dios. Allí, en la cima, lo humano intentaba contactar con las fuerzas divinas, al igual que en las pirámides se establecía el vínculo con lo sagrado. La idea de una escalera entre el cielo y la tierra quedaba así maravillosamente plasmada.

El zigurat apareció a finales del III milenio, aunque su tipología constructiva es antiquísima, se remonta al IV e incluso a finales del V milenio a.C. El origen de estas formas escalonadas debe buscarse efectivamente en los templos levantados sobre plataformas de uno o dos escalones, que eran la base de muchos templos del año 3000 a.C. Pero es a partir del año 2000, durante la III Dinastía de Ur (2112-2004 a.C), cuando se empiezan a construir en forma de terrazas de muchos pisos, logrando proporciones monumentales.

Una tipología bien definida de zigurat se fija en su época de mayor esplendor, alrededor del II milenio a.C, aunque su estructura fue evolucionando al introducirse pequeñas modificaciones.
Las excavaciones de Mesopotamia han dado a conocer tipologías diferentes de este monumento.

En el sur, la base era rectangular. De uno de sus lados mayores salía una escalera, perpendicular a la terraza, y otras dos se reunían en la cúspide. A esta terraza se añadían otras dos, más pequeñas, y con una escalera que las comunicaba. El norte del país poseía otra tradición arquitectónica. La superposición de terrazas era con base cuadrangular y los lados iban estrechándose progresivamente. Podían tener rampas en lugar de escaleras. Y finalmente, una tercera tipología combinaba ambas soluciones.

Estos monumentos arquitectónicos eran construidos en ladrillo, por lo que muchas arquitecturas han llegado hasta la actualidad en estado de completa destrucción. Algunos, incluso, exigían continuas obras de restauración y reconstrucción ya en su momento.

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Zigurat de Ur, en Iraq. Vista aérea del que se considera un ejemplo de zigurat. Fue construido por la cultura más importante de la época, que corresponde al momento de máximo apogeo y esplendor de Sumer.

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