La arquitectura del Imperio Medio

Las sepulturas

Los últimos faraones de la XVIIÍ Dinastía renunciaron ya por completo al elemento tradicional de la pirámide y labraron sus hipogeos en las grietas de la montaña; la quebradura cercana del valle se prestaba admirablemente para disimular en su acantilado la entrada de los corredores funerarios, y el macizo de la sierra era preferible a la costosa montaña artificial que representaba la pirámide. Esta, vino a ser sustituida por la montaña natural, y el templo quedó a lo lejos, al pie del valle, sin comunicación con la sepultura. Es más: esta última se disimulaba escondiendo la entrada con rocas superpuestas; nadie conocería en las grietas de Abydos que ellas son el ingreso de los corredores magníficos de las tumbas reales. Así y todo, la mayoría de los sepulcros de los faraones fueron violados desde la antigüedad, pues los turistas del tiempo de Herodoto visitaban algunos ya vacíos; los sarcófagos habían sido levantados por los sacerdotes de la XXI Dinastía y encerrados sin pompa alguna con el mayor desorden, confundidos reyes y reinas en dos tumbas secretas.
En una de ellas, la que había sido tumba de Amenofis II, se amontonaron trece momias reales, donde fueron halladas en 1898 por el egiptólogo Loret. Pero este refugio secreto también había sido descubierto por los ladrones antes de la llegada de los arqueólogos. Todo el ajuar funerario había desaparecido. Loret sólo encontró los cadáveres intactos de los faraones; Amenofis II era el único que aún yacía en su sarcófago.
Más importante aún había sido el hallazgo de la otra tumba, realizado unos años antes, en 1881, por Emile Brugsch-Bey. Este asistente del profesor Maspero -entonces director del Museo de El Cairo- encontró cuarenta cadáveres de faraones y sus reinas escondidos en la tumba inacabada de la reina Astemkhet. Las circunstancias de este hallazgo fueron tan novelescas que bien merece la pena relatarlas brevemente.
A principios de 1881, un rico coleccionista americano compró un precioso papiro pintado, con una larga inscripción en jeroglíficos, a un mercader árabe que se lo ofreció en una callejuela del mercado de Luxor.
Al regresar a Europa, consultó a un experto que le aseguró su autenticidad y al que contó con todo detalle cómo lo había adquirido. El experto escribió una extensa carta al director del Museo de El Cairo, Gastón Maspero, describiendo el papiro que pertenecía a un faraón de la XXI Dinastía, cuya tumba se había estado buscando sin resultado. Maspero, que llevaba seis años anotando la aparición en el mercado negro de joyas de un valor excepcional, con toda seguridad procedentes de una tumba real descubierta y expoliada lentamente por ladrones, se alegró al recibir por primera vez detalles concretos de cómo se había realizado esa compra clandestina. Envió a Luxor a uno de sus jóvenes ayudantes que, haciéndose pasar por turista, procuró tener el mismo comportamiento que el coleccionista americano. Una noche un mercader árabe le ofreció una pequeña estatua auténtica que, según la inscripción, procedía de un sepulcro de la XXI Dinastía. Esto permitió detener, uno tras otro, a los miembros de la familia Abd-er-Rasul, que habían descubierto una
tumba en una colina cercana al templo de Deir el-Bahari y llevaban seis años vendiendo poco a poco, para no despertar las sospechas de la policía, los objetos que contenía en su interior. Uno de los miembros de la familia aceptó acompañar a los funcionarios del Museo hasta el escondrijo secreto. Se trataba de un pozo de trece metros de profundidad cuya entrada había sido disimulada con piedras.
Cuando Brugsch-Bey llegó al fondo, recorrió un estrecho corredor que giraba hacia la derecha. Aunque estaba preparado para cualquier sorpresa, se¡ quedó con la boca abierta cuando vio la cantidad de sarcófagos que allí estaban amontonados. Se encontraba ante los restos de los soberanos más poderosos de la historia de Egipto, entre ellos Ahmosis I, el vencedor de los hiksos, Tuthmosis III, Ramsés II el Grande, que había reinado durante setenta años, y Sethi I. Todavía era visible la precipitación con la que, en secreto, los sacerdotes de la XXI Dinastía habían acumulado en aquel escondrijo los despojos reales. Brugsch-Bey llevó con él a El Cairo algunos papiros hallados en la inmensa tumba. En ellos el profesor Maspero identificó las actas notariales de los traslados de algunas momias de los faraones: "El año decimocuarto, el sexto día del tercer mes de la segunda estación, el Osiris rey Usimare (Ramsés II) fue trasladado para ser enterrado de nuevo en la tumba del Osiris rey Menmare (Sethi I); firmado: el Gran Sacerdote de Amón, Pinutem".


camara de la tumba de tutmosis iii

Cámara del sarcófago de la tumba de Tuthmo-sis III, en el Valle de los Reyes de Deir el-Bahar. Los monumentos funerarios del Imperio Nuevo, siglo XV a.C, se caracterizan por su extraordinaria riqueza ornamental en los muros, cuyos motivos son en general mitológicos y legendarios.


Sigue>>>