Arte predinástico y del Imperio Antiguo

Para Diodoro de Sicilia, «los primeros hombres nacieron en Egipto, a causa de la adecuada temperatura del país y las propiedades físicas del Nilo, cuyas aguas fecundas pudieron nutrir a los primeros seres que recibieron la vida».

En la actualidad se sabe que la afirmación de Diodoro de Sicilia no es cierta, pero sí tenía razón en cuanto al papel del río Nilo. La fecundidad de buena parte de los territorios de Egipto se debía a las regulares crecidas del río, que multiplicaban por 50 el volumen del mismo y provocaban que llegaran las aguas hasta El Cairo, y que tras retirarse dejaban una enorme superficie fértil lista para ser sembrada.

Desde la más remota antigüedad se ha considerado a Egipto como el abuelo venerable de todos los pueblos de la Tierra. Cuando el griego Solón visitó los santuarios del valle del Nilo, los sacerdotes egipcios le recibieron orgullosos de su pasado, declarando despectivamente que, para ellos, los griegos serían siempre unos niños. Herodoto, el historiador viajero, ávido como un hombre moderno de sensaciones arqueológicas, regresó de su viaje por Egipto, el siglo V a.C., vivamente sugestionado con la misma idea de su antigüedad, creyendo ver en los dioses egipcios el origen del Panteón helénico.

Más tarde, en la época imperial romana, se visitó el valle del Nilo por pura moda y con la misma superficial afición que despierta hoy entre el turismo internacional. El rico senador, la voluble cortesana, el hombre de ciencia y la muchacha joven, intelectual emancipada, como los viajeros de la actualidad, quisieron conocer aquel país famoso, que era la cuna de la humanidad.

El viaje se hacía cómodamente por mar hasta la boca del Nilo, y después se remontaba el río hasta el Alto Egipto; los templos de Filé, asentados en las primeras cataratas, están llenos de nombres, dibujos y escritos de los turistas de la época romana. Escritores como Plinio hablan de las pirámides como de un monumento muy conocido y aun familiar.

En la Edad Media, el Egipto antiguo se reduce para Europa a las pirámides. Los peregrinos, en sus itinerarios de Palestina, las describen sumariamente en su escala obligada de El Cairo para recoger los permisos necesarios para visitar los Santos Lugares. Los árabes, por codicia y curiosidad, violan los enormes monumentos que se levantan cerca de la capital. Tienen también conciencia de su antigüedad. «Todas las cosas temen el tiempo –dice Abdul Latif–, pero el tiempo tiene miedo a las pirámides.»

Durante el Renacimiento, Egipto es un completo desconocido, como la misma Grecia; sólo se conocían los obeliscos y las esculturas que los romanos habían trasladado a Italia. Delante de las estatuas de pórfido y los obeliscos de Roma, los eruditos del Renacimiento admiraban su labra maravillosa, el pulimento de las piedras duras, la técnica y su antigüedad, pero no gozaban del secreto encanto del arte egipcio.

Ellos fueron los que empezaron a dar vida a la fatal leyenda, creída aún demasiado, de que Egipto era, no sólo el pueblo más antiguo, sino también un pueblo inmóvil, cerrado al progreso, sin la movilidad incesante de las escuelas vivas. Winckelmann, en el siglo XVIII, siguiendo este punto de vista, hoy abandonado, recuerda maliciosamente la frase de Estrabón, según el cual «las Gracias eran divinidades desconocidas en Egipto».

Puede decirse, pues, que Egipto fue descubierto por la expedición francesa dirigida por Bonaparte, en los primeros años del siglo xix. A imitación de Alejandro, que se hizo acompañar en la conquista de la India por los más ilustres naturalistas, geógrafos e historiadores griegos de su tiempo, asimismo el primer cónsul iba acompañado de los hombres de ciencia más eminentes de Francia, a cuyas investigaciones se deben el primer paso para el moderno conocimiento del Egipto antiguo.

Cuando algunos años más tarde de la célebre expedición, la Commission inició la publicación los primeros tomos colosales de la famosa obra Description de l’Egypte, Bonaparte, a quien iba dedicada, estaba en la cumbre de su apogeo y era ya entonces Napoleón le Grand. Los volúmenes, ilustrados con profusión de planos y grabados de sus colaboradores científicos en la campaña de Egipto, constituyen ciertamente uno de los monumentos más perdurables de su gloria.

De aquella expedición de Bonaparte derivan los derechos y la tradición de la escuela francesa de egiptología. A los dos Champollion sucedió el ilustre Mariette, el cual exploró las necrópolis de Menfis, Saqqarah, el Serapeum y la mayor parte de los templos tebanos, y más tarde Maspero y sus discípulos.

piedra rosseta

La Piedra Rosetta (Museo Británico, Londres). Este trozo de basalto negro fue hallado en 1799 por un capitán del ejército napoleónico durante la construcción de un fuerte.

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