Historia del Arte

Crisis y regeneración en el arte bizantino

El arte bizantino tenía sus tipos establecidos, los cuales se iban repitiendo en sus líneas generales de una manera fiel, esta tiranía era puramente exterior. Los artistas griegos de la época clásica también tenían sus tipos fijos que se transmitían de generación en generación, pero quedaba la libertad de interpretarlos como una belleza siempre nueva; este margen relativamente amplio dejado a la iniciativa artística es lo que permitió matizar y enriquecer el cuadro de posibilidades que ofrecía el antiguo arte clásico griego.

Algo por el estilo hubo de acontecer en el arte del Imperio bizantino. Aunque no en tanto grado como a sus antecesores de la época clásica, les fue posible a los artistas de Bizancio infundir a sus creaciones cierta variedad que se apoya si no en la concepción, por lo menos en la fuerza expresiva, elemento esencial cuando se trata de caracterizar las formas artísticas.

Para la crítica superficial del siglo XIX, todo aparecía uniforme en el repertorio de Bizancio; hoy, con una percepción más aguda, es posible ver no pocas veces el esqueleto rígido de sus asuntos rejuvenecerse con estilos nuevos. En la actualidad, se distinguen en el arte bizantino, por lo menos cuatro estilos bien caracterizados: el primero, desde la fundación de Constantinopla hasta los emperadores iconoclastas; el segundo comprende el período de persecución de las imágenes; el tercero, desde Basilio I hasta el saqueo de Constantinopla por los cruzados, en 1204; el cuarto, desde aquella fecha hasta la toma de Constantinopla por los turcos.

Estos cuatro estilos corresponden a cuatro grandes períodos de su historia política. Los occidentales no han querido todavía reconocer la importancia de su épica lucha con el Islam en las regiones de Asia, siendo por Oriente la verdadera muralla de Europa. En la Edad Media el concepto que se tenía de Bizancio como ciudad era muy diferente del que, generalmente se tiene todavía: ella era la única capital del mundo; mientras las mayores ciudades europeas no llegaban a ser más que pequeñas poblaciones, Bizancio, con sus inmensos barrios, llena de grandes edificios y protegida por fuertes murallas, recordaba la grandeza de Roma. Su fausto atraía a los ambiciosos aventureros, quienes veían dentro de su recinto un botín inestimable; y la ciudad, para lograr deshacerse de ellos, tenía que combatir constantemente.

Tanto esfuerzo produjo no pocos hombres ilustres. Para librarse de los hunos y los búlgaros, de rusos y normandos, para defenderse de los cruzados, necesitó emperadores guerreros y grandes capitanes; en diferentes ocasiones, la corte de Bizancio vio reunida en su seno aquella legión de grandes hombres que caracteriza los momentos culminantes de una civilización.

Interiormente, sus propias controversias y revoluciones obedecían a la necesidad de renovar las ideas y provocar renovados sentimientos. Resulta natural, pues, que las obras producidas después de un período de disputas y revueltas tuvieran una gracia nueva, y renacieran los antiguos asuntos con maravillosa juventud. Surgía entonces de nuevo el arte con los fulgores del triunfo: por toda la extensión del Imperio se levantaban nuevas iglesias; brillaba otra vez el esplendor de los mosaicos; se volvían a construir nuevos pórticos, y aparecía otro estilo bizantino.

En cuanto a la arquitectura es interesante descubrir como, después del período de la persecución de los emperadores iconoclastas, los constructores modifican la forma de las cúpulas, levantándolas sobre un tambor cilindrico para que el edificio, visto desde fuera, tuviese aspecto más agradable.

Estas cúpulas, así en el aire, ya no podían ser de tan grandes dimensiones como las de Santa Sofía o de Santa Irene; pero, en cambio, se multiplicaba su número, y los arquitectos las combinaban en las plantas de sus edificios con siempre nuevos e ingeniosos sistemas de ordenación. En la arquitectura bizantina, las cúpulas continuaron como siempre siendo el elemento principal de las cubiertas; pero en este tiempo ya no constituyen la única preocupación del arquitecto, como sucedía en la época de Justiniano cuando tenían que apoyarlas sobre macizos pilares y supeditar a ellas la forma exterior.

De este segundo estilo hay un sinnúmero de iglesias, y en todas ellas se ve aparecer una misma libertad de procedimientos constructivos. Acostumbra precederlas un pórtico o nártex, también con cúpulas, pero dejando ver detrás las de la iglesia propiamente dicha, las cuales se levantan en distintos planos. Los tambores de estas cúpulas son poligonales, con ventanas a veces partidas por columnitas, y sus paramentos exteriores están graciosamente decorados con una combinación de fajas de piedra alternadas con ladrillo. En el interior, la rica decoración de mosaicos o de pinturas al fresco haría confundirlas con los monumentos de los primeros estilos bizantinos, si no fuera por la elevación que se advierte también en las cúpulas vistas desde dentro.

Iglesias de este tipo son la de San Teodoro, la Fetiye-Cami (nombre turco de la bizantina Santa María Pammakaristos), provista de doble nártex, y la de Kariye-Cami (nombre turco de San Salvador de Cora), también con doble nártex y una capilla funeraria adjunta o paraclesion, todas ellas en Constantinopla, construidas entre los siglos X y XIII. Mas, puede decirse que se encuentran otras igualmente características en la propia Grecia (en aquellos tiempos provincia bizantina), sobre todo en Atenas.

Contemporáneamente con este renacimiento arquitectónico se construyeron en Bizancio nuevas dependencias para el Palacio Imperial, las cuales, por las descripciones, se puede imaginar que eran más fastuosas que las anteriores. El Palacio Imperial, llamado comúnmente Palacio Sagrado, ya se ha dicho que estaba en uno de los lados del Foro o Augústeo. Constantino fijó en él su asiento, y sus sucesores lo enriquecieron y ampliaron incesantemente.

arte bizantino

Iglesia de San Salvador de Cora de Constantinopla (Estambul). Quizá sea en el paraclesion del templo donde se hallen las pinturas más representativas del edificio y del siglo VIII del arte bizantino. En ellas, el dominio del color es magistral, y se emplea para dotar de una fuerte emotividad, rayana en el misticismo, a las figuras, dibujadas todavía con cierta estilización helenística.

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