Iconos, esmaltes y otros objetos preciosos (I)

Las figuras de los Apóstoles en altarcitos y marfiles son las bien establecidas por la iconografía bizantina y siempre en el mismo orden: Pedro en el centro, a su derecha Juan y Santiago, y a su izquierda Pablo y Andrés.

Las hojas laterales muestran a cuatro santos caballeros y también a cuatro confesores, tal como se los encuentra en los mosaicos; el bello y noble repertorio del arte de Bizancio, al repetirse, difícilmente podía caer en la vulgaridad. En el reverso se continúa la procesión de los santos ermitaños y doctores.

En el centro, la cruz florida adorada por las estrellas y reverenciada por dos cipreses. Es el símbolo de Jesús-Nika, o triunfante. El icono del Precursor o Bautista, como el primero de los santos de la Iglesia bizantina, se veneraba en San Juan en la Piedra, de Constantinopla. Iba vestido como el Patriarca, pero con ropajes de piel. El del Cristo, que protegía la entrada del Palacio Sagrado, la figura más odiada de los iconoclastas, era un busto del Salvador barbado.

La liturgia bizantina relega las santas mujeres a un gineceo celestial que no tiene acceso desde el suelo. María, la Teotokos o Madre de Dios, sintetiza todo lo femenino de la vida religiosa. Después de ella, lo más femenino son los ángeles, andróginas criaturas como los cubicularios y logotetas del Palacio Sagrado, que ejercían de mayordomos y contables, precisamente por su apagada sexualidad.

Algunas placas de marfil o esteatita representan la serie de las Doce Fiestas del año, doce grandes solemnidades espaciadas a lo largo de las cuatro estaciones. Para cada una, la liturgia tenía sus antífonas con música apropiada. El Libro de las Ceremonias ha conservado en detalle el orden de la procesión en cada una de las Doce Fiestas con sus paradas obligatorias, porque ellas eran la ocasión de aproximarse los gremios y grupos políticos al emperador a fin de entregarle el tomo de peticiones.

Todo en Bizancio, incluso en su época de mayor decadencia, se regulaba de acuerdo con unos principios de jerarquía cristiana. El emperador era el agente del Altísimo en la Tierra, y el Pantocrátor o Todopoderoso era el basileo, o emperador de los Cielos. Entre ambos debía haber la correspondencia y relación de un monarca y su regente o virrey. Por esto, a menudo encontramos figurados al basileo y a la basilisa con el mismo Jesús descendido para coronarlos. Bizancio tomó en serio el cristianismo, aunque desfigurado por su teología y sofocado por su liturgia. Pero no cayó en la confusa e hipócrita doblez de los reyes occidentales, los cuales continuaron llamándose catolicisimos y cristianísimos en la época barroca. El barroquismo en Bizancio, si es posible dar este calificativo a los tres últimos siglos de su arte y civilización, fue todavía sinceramente cristiano.

No se debe creer que, a pesar de su piedad regularizada, la vida bizantina se redujera a procesiones, conspiraciones, deposiciones y coronaciones de muñecos purpurados. Leíanse aún los antiguos autores griegos, y se continuaron representando tragedias griegas muy entrada la Edad Media. Sobre todo, el hipódromo proporcionaba espectáculos de mimos, acróbatas, danzantes, cuyas farsas y difíciles ejercicios se admiraban como puede admirarlos cualquier público moderno. Algo de esto se percibe en algunos objetos bizantinos de carácter laico. Se han conservado recuerdos de los juegos del circo en una serie de cajas de marfil con orlas de rosetas y recuadros con figuras. Allí, a veces, se ven bufones, o atletas, o ágiles saltarines pasándose unos a otros antorchas encendidas. Mezclados con éstos, hay temas bíblicos, pero son de asuntos históricos del Antiguo Testamento; parece como si en estos cofrecillos se hiciera un esfuerzo para evitar la obsesión religiosa.

Es triste tener que terminar este capítulo sin haber podido mentar el nombre de un solo artista. Algunos firman miniaturas, otros son recordados como autores de las grandes obras del palacio o decoradores de las últimas iglesias bizantinas. Pero son nombres completamente vacíos, sin la arrogancia que debería caracterizar sus personalidades de grandes creadores cuyas obras llegaron a influir hasta en Occidente.

En la pintura no podemos distinguir los estilos tan puntualmente como en la arquitectura. Sólo hemos podido hacer una ordenación preliminar para establecer la edad de los iconos y las miniaturas. Hasta hay diversidad de opinión sobre la época en que se pintaron algunos de los iconos conservados en los museos, no debida a una monotonía del arte de Bizancio, sino a la escasez de información por la poca abundancia de iconos.

Se ha estado considerando al arte de Bizancio como otro arte europeo y admirándolo más por lo que tiene de clásico que por lo que tiene de asiático; cuando, en realidad, el espíritu bizantino es más oriental que occidental. Por esta causa fueron los críticos eslavos, rusos, los primeros bizantinistas, y puede decirse que hasta los latinos y nórdicos que se han ocupado en el arte de Bizancio han tenido que empezar por orientalizarse para apreciarlo con entera justicia y exacta comprensión.

arte bizantino
Moneda de oro con la efigie del emperador Constantino IX. Durante el gobierno de Constantino IX Monómaco se produjo uno de los hechos más trascendentales de la humanidad, la separación definitiva de las iglesias de Occidente y Oriente. En esta moneda, el emperador aparece representado como la figura de Cristo.

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