El arte de Giotto (I)

Cimabue pintó en el crucero la Virgen sentada entre los ángeles. Giotto, rompiendo con la tradición, se aventuró en un repertorio completamente original, pintando, en los veintiocho recuadros de la pared de la derecha, las escenas más culminantes de la vida del santo de Asís: casi toda la leyenda del fundador de la Orden franciscana, que estaba elaborándose y no había sido representada aún plásticamente. Es fácil que los frescos de Giotto, en Asís, fueran pintados en los primeros años del siglo XIV; el santo había muerto hacía poco más de medio siglo; la devoción popular por el apóstol de la pobreza crecía cada día y ya le reclamaba en los altares.

Giotto trazó, una por una, las escenas gráficas que forman la serie de la vida del pobre de Asís en la pared de la basílica levantada sobre su sepulcro. La primera escena representa al hijo del opulento mercader, que ya empezaba a apartarse de la vida frívola de la juventud, reverenciado por un habitante de Asís, que extiende su capa ante él, en medio de la plaza, para que le sirva de alfombra, mientras cuatro burgueses de Asís comentan la escena. En cambio, resulta interesante observar que aquel mismo artista, capaz de reproducir así la realidad viva, es impotente para copiar el templo romano de la plaza de Asís, pues lo dibuja con cinco columnas en lugar de seis y lo decora con mosaicos medievales, como si se tratara de un mueble litúrgico.

En el recuadro siguiente, Francisco entrega su manto a un pobre. Después se encuentran escenas de su vocación, la disputa con su padre Pedro Bernardone, el sueño en que Cristo le incita a sostener la Iglesia tambaleante, sus milagros y predicaciones, sus retiros de penitencia, las relaciones con sus compañeros, y, por fin, su muerte y los diversos milagros obrados por su intercesión. En todas las escenas, las figuras secundarias expresan con claridad meridiana la agitación espiritual que les produce la presencia inmediata de la santidad de Francisco.
Son los frescos de Asís creación completa de un repertorio nuevo que las generaciones piadosas repetirán durante todo el siglo XIV. La leyenda franciscana será reproducida por los discípulos de Giotto con pocas variaciones, tal como la inventó el maestro. Esto solo ya indica la potencia de creación plástica del gran pintor florentino; recuérdese que para concretar el repertorio de las representaciones cristianas se pasaron cuatro siglos en tanteos, elaborándose penosamente por múltiples generaciones la tradición evangélica, desde los frescos de las catacumbas a las primeras Biblias miniadas y a los mosaicos de las basílicas.

La representación de la leyenda franciscana era realmente mucho más asequible; no existía la gran dificultad de la figura divina del Cristo, pero, como cantidad de imágenes, era también abundantísima. Los primeros libros de la vida del santo: la llamada leyenda antigua, la de los tres compañeros, la historia escrita por San Buenaventura y las nombradas Fioretti, que vienen a ser los cuatro evangelios franciscanos, popularizaban las circunstancias singulares de la vida del pobre, que las gentes tenían empeño en ver desarrolladas plásticamente como un paralelo de la vida de Cristo. Giotto, el pintor de las nuevas generaciones, perpetuó la leyenda del santo enajenado de amor a la Naturaleza, predicando a los pájaros o conversando en éxtasis con el mismo Dios. Dante dedicó a San Francisco su canto magnífico del Paraíso; Giotto, joven aún y algo inexperto, lo cantó también con la misma viveza en sus composiciones de Asís.

GIOTTO

Episodio de la iglesia superior de Asís, pintado por Giotto, que representa a San Francisco recibiendo los estigmas.

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