Hubert y Jan van Eyck (II)

Los paisajes que figuran en el políptico de Gante comparados con éste, se dirían visiones interiores y no la aparición visible directa, que no necesita ser descifrada. Poco después debió ser pintada la «Virgen del canónigo Van der Paele», que lleva la fecha de 1436, y en la que aparecen la Virgen y el Niño, de cara al espectador, con el donante, prodigioso retrato inolvidable, el santo obispo Donaciano y San Jorge.

Aquí la arquitectura sin aberturas, y con los arcos románicos describiendo una planta circular, determina un espacio cerrado y autónomo, repleto de minuciosos detalles, en el que se desarrolla la escena que se ha dicho que es la culminación de la pintura auténticamente religiosa de Van Eyck. Es posible que esta Virgen sea la que tomó como modelo el valenciano Lluìs Dalmau para pintar, en 1445, su «Virgen de los Consellers» para la ciudad de Barcelona.

Se sabe que poco antes de pintar esta tabla famosa, había hecho un viaje a Flandes. Jan van Eyck es uno de los más grandes retratistas que haya tenido nunca la humanidad. Sus retratos superan a veces en energía a los de los pintores italianos del primer Renacimiento. Acaso no dé el halo de la persona, como Velásquez, pero por su meticuloso detalle y atmósfera los retratos de Jan van Eyck tienen más realidad.

Junto a la serie de rostros de personajes celestes que, como no sufren la decadencia física que impone el paso del tiempo ni los efectos de las pasiones, nos impresionan por su inmutabilidad facial, hay toda una multitud de caras trabajadas por la edad, por las enfermedades y por la angustia y las preocupaciones. La mirada penetrante de Jan percibe todos los detalles de un rostro y sabe transmitírnoslos con una tensión emocional increíble. En varias de sus obras, sobre la tabla o el marco, trazó la inscripción Ais ich Kan (lo mejor que puedo) con una extraña mezcla de letras latinas y griegas. Es la frase de un humanista, que se esfuerza en ser no sólo exacto, sino perfecto.

En los retratos aislados de Jan, nada viene a distraer del misterio que encierra cada rostro humano. En «El hombre del clavel» captamos el aire tontamente presuntuoso del personaje y advertimos el acento finamente irónico del pintor. Pero ¿quién es el llamado “Timoteo”, al pie de cuyo rostro Jan escribió las palabras Leal souvenir? Esta inscripción aún hace más intrigante la personalidad inaprensible de este desconocido cuya riqueza espiritual logra atravesar la barrera de un rostro donde ciertos rasgos producen la impresión de una fealdad evidente.

Se ha dicho y escrito muchas veces que «El hombre del turbante rojo» (fechado en 1433, y que hoy se halla en la Galería Nacional de Londres) es el autorretrato de Jan van Eyck. La fuerza penetrante de su mirada induce a creerlo así, pero otros piensan que sus características fisonómicas le dan un aire de parentesco con el retrato que Jan pintó de su esposa, y sostienen que se trata del suegro del pintor. Margarita, «La esposa del artista» (Museo de Brujas), representa muy bien el espíritu femenino flamenco: buen gusto, sentido del orden, personalidad activa y poco soñadora.

Fundador de la escuela pictórica flamenca, Jan van Eyck realizó, junto con Masaccio, el descubrimiento del mundo visible». Es decir que, con su visión de pintor, vio la realidad como nadie jamás antes la viera. En este sentido, no cabe negar el carácter revolucionario de su arte, aunque el nuevo rumbo dado por él a la pintura, que a partir de entonces es realista -no sólo por su dramatismo «real» (que es lo que descubrió el Masaccio), sino por la realidad del espacio atmosférico: de la atmósfera-, tuvo antecedentes en la actividad de otros pintores, como Melchior Broederlam.

El hombre del clavel
El hombre del clavel de Jan van Eyck (Staatliche Museen, Berlín). Retrato de un desconocido del que sólo se sabe, por la letra tau y la campanilla que lleva colgando del cuello, que pertenecía a la Orden de San Antonio, hermandad militar que se transformó con los años en sociedad piadosa. Probablemente, un burgués adinerado en cuya expresión se sorprende la desconfianza de una nueva clase social, todavía discutida.

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