Simone Martini

Poco se conoce de la personalidad de Simone Martini. Vasari, que brevemente escribió su vida con la de otros pintores toscanos, no muestra mucho entusiasmo por el pintor de Siena; las pocas noticias que da son en su mayor parte inexactas.
La primera obra que se reconoce de él está en su propia patria, Siena. Acababa de terminarse el Palacio comunal, testimonio de la grandeza de la ciudad, en los primeros años del siglo XIV. Su magnífica fachada ocupa todavía uno de los lados de la gran plaza; su torre prismática, esbelta, de más de 100 metros, se eleva dominando todo el valle, más alta aún que la torre de la ciudad rival, Florencia, pero muy parecida a ella, sin embargo, en sus líneas generales.
Dentro del edificio, en la sala del Consejo de los Ancianos, Simone Martini realizó el encargo de pintar la imagen de la Virgen, reina de la ciudad, para que presidiera las deliberaciones, ella, que era la salvación de Siena. Está rodeada de los santos patronos, los mismos que acompañan a la Madona en el altar de Duccio, en la catedral, y tiene a sus pies varios ángeles arrodillados que le ofrecen vasos de cristal llenos de rosas.

La Virgen ya no es la delicada silueta semi bizantina del altar de Duccio, sino una elegante dama, rubia y fina, como lo son las jóvenes del país, con los cabellos rizados, ojos dulces y pequeños, y labios de expresión delicada. Lleva corona real, como las Vírgenes francesas, mientras que la Madona de Duccio va sin ella, como las Vírgenes bizantinas. Los santos y apóstoles que rodean a la Virgen del Consejo son menos individuales, menos expresivos, que las figuras que hubiera pintado Giotto; guardan muchísimo más la tradición de Duccio, con su calma aristocrática y su expresión suave, sin violencia.
Simone Martini pintó esta obra sólo cuatro años después de haberse terminado el retablo de Duccio, lo cual indica que ya entonces sería maestro famoso, al que por esto se encargó aquella obra, en lugar de confiar su ejecución al autor del retablo de la catedral. Simone, concluido su trabajo, marcharía probablemente a Nápoles, pero en 1324 vuelve a encontrarse en su patria, porque allí casó por esta fecha, y hasta el 1328 debió de residir en Siena.

Fue entonces cuando pintó el retrato del “honorable Capitán de la Guerra” Guidoriccio da Fogliano, quien acababa de someter los pueblos de Montemassi y Sassoforte que se habían sublevado contra la República de Siena. Este fresco es una de las obras más interesantes del Palacio comunal sienes; en él se ven las dos poblaciones en la cumbre de los montes, y al pie de ellos, el campamento de las fuerzas de Siena; el obeso caudillo monta a caballo con gran bizarría, destacando en aquel paisaje simplemente dibujado sobre un cielo de intenso azul. Se trata de un terrible paisaje desolado y triste, cruzado por empalizadas, torres almenadas y máquinas de guerra, sobre el que, aún antes del combate, ya sopla el viento helado de la muerte.
A estos encargos oficiales hay que añadir el que llevó a cabo en 1317 a petición de Roberto, uno de los reyes de Nápoles, en el que Martini realiza un cuadro para uno de los altares de San Lorenzo el Mayor. El santo príncipe, vestido de franciscano, sostiene con la mano derecha, aristocráticamente enguantada, el báculo, mientras con la otra ofrece a Roberto la corona real; dos ángeles, descendiendo de lo alto, le coronan con celeste diadema.

Asimismo, los reyes de Nápoles encargaron a Simone la decoración de la capilla de San Martín, y en sus paredes pintó el artista cuatro escenas de su piadosa leyenda: San Martín partiendo su capa con el pobre; la visión del santo, que, dormido en su cama, ve aparecérsele el Cristo rodeado de ángeles de rubia cabellera y blandas mejillas, como los del fresco del Palacio Comunal de Siena; después, la escena en que el santo es armado caballero, y, por último, cuando renuncia, delante de la tienda del emperador, al oficio de las armas por la cruz, que tiene en la mano.
Las arquitecturas y los paisajes de estas escenas son casi signos convencionales todavía; el principal interés del arte de Simone Martini estriba en la dignidad reflexiva de sus figuras. En la pared de entrada de la capilla hay un trozo de muro alto donde están pintadas bellísimas imágenes de santos y santas dentro de unos arquitos trilobulados; son los más venerados de aquel tiempo: San Francisco y San Antonio, Santa Catalina y Santa Magdalena, y además están los santos de la familia real de Nápoles, que encargaba la decoración; San Luís rey de Francia, San Luís de Anjou y Santa Isabel. Especialmente esta última es una bella dama vestida con un gran manto que envuelve su cuerpo juvenil; su hermosa cabeza ostenta trenzada una cabellera de oro; parece en verdad una de aquellas devotas princesas de la casa angevina de Nápoles que se llamaban “reinas de Jerusalén y de Sicilia, humildes siervas e hijas del beato Francisco”, aunque algunas de ellas derivaron por otros derroteros.

Obra también de Simone Martini será, sin lugar a duda, un fresco del cementerio de Pisa que representaba la Asunción de la Virgen a quien un grupo de ángeles suben al cielo, rodeada de una aureola de forma almendrada y en un trono análogo al de la Virgen del Palacio Comunal de Siena.
Pero Simone pintó muchas otras imágenes en tabla, de las que son auténticos y firmados ejemplos el retablo de Nápoles y otro que está en la Galería de los Uffizi. El retablo de los Uffizi es de maravillosa belleza; fue realizado en 1333 para el altar de San Ansano de la catedral de Siena, representa la Anunciación de la Virgen, y es la más popular de las obras de Martini. La Virgen, envuelta en su manto, se encoge en su sitial, como sorprendida por el mensaje angélico. Su gesto es el de una joven aristócrata que no esconde su calidad a pesar de sus humildes vestiduras. El ángel es una figura andrógina con una palma en la mano; los pliegues flotantes de su manto indican hábilmente lo rápido de su aparición, que sorprende a la Virgen, y casi la deja cohibida.

El arte de Siena se aplicó también a las miniaturas. Al mismo Martini se atribuye un maravilloso misal decorado del Vaticano, y en un manuscrito de Virgilio que había pertenecido a Petrarca puso éste un autógrafo en hexámetros diciendo que la gran miniatura inicial del volumen era obra de U mió Simone, esto es, de Martini.

gótico

El “honorable Capitán de la Guerra” Guidoricdo da Fogliano de Simone Martini (Palacio Comunal de Siena). El retrato realista se destaca contra un cielo amenazador, entre las dos ciudades rebeldes de Monternassi y Sassoforte, a las que el capitán venció.

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