Amedeo Modigliani: biografía (VII)

Tras hacerse cada vez más tempestuosa, la relación con Beatrice Hastings se interrumpió: la mujer ahogó la desesperación en el whisky, mientras que Modigliani siguió su vida como antes, trabajando, vivaqueando en la Rotonde y discutiendo sobre arte y literatura en el salón literario de la baronesa Héléne d’Hoettingen, promotora de varias revistas. En el 278 del Boulevard Raspail se reunían regularmente los colaboradores de la revista Soirées de París, dirigida por André Salón y Apollinaire. Modigliani era uno de los que asistían con más asiduidad a estas reuniones, junto con Picasso, Max Jacob y algunos italianos como Gino Severini, Ardengo Soffici, De Chirico y Alberto Savinio, gran intelectual, pintor, y excelente pianista.

En un momento en que la guerra se intensifica, los fermentos culturales alentados por las experiencias de artistas procedentes de todo el mundo, no tenían límites en París; en 1917, en el Théátre du Chatelet, tiene lugar el estreno de Parade, que provoca un escándalo. “Dicen que en la sala gritaron ‘cerdos rusos'” a los bailarines de Diaghilev, que había reunido a su alrededor a Jean Cocteau como autor, Picasso para los decorados y Erik Satie para la música. A principios de ese año, en una conferencia titulada El espacio en cuatro dimensiones, Gino Severini ilustra el concepto bergsoniano de la “simultaneidad”. Modigliani no era ajeno a estas reflexiones, pero seguía caminos distintos, más individuales.

Antes de conocer a la mujer a la cual permanecería ligado hasta el final, Amedeo tuvo la enésima relación con una modelo. No se trataba de una de tantas muchachas “perdidas” que a fin de juntar algún dinero para gastar en droga o alcohol posaban para los pintores, sino de una estudiante canadiense, Simone Thiroux. La joven tuvo del pintor un hijo que, al morir su madre en 1921, fue adoptado por una familia francesa y nunca se ha sabido más de él (Modigliani, 1958).

Durante el carnaval de 1917, Modigliani conoció a una joven alumna de la Académie Colarossi. Era menuda, de cabello castaño con reflejos rojizos y tez tan pálida que sus amigos la llamaban “nuez de coco”. Se llamaba Jeanne Hébuterne y tenía diecinueve años. Vivía en la Rué Amiot con su madre, su padre y su hermano André, pintor de paisajes. Su padre, Achule Casimir, trabajaba como cajero en una perfumería; era un conocedor de la literatura del siglo XVIII y se acababa de convertir al catolicismo. La mujer de Roger Wild recuerda a Jeanne como una muchacha seria, inteligente, con fuerte personalidad y grandes dotes como pintora.

En julio de 1917, Jeanne y Amedeo alquilaron un “estudio” en el 8 de la Rué de la Grande Chaumiére. Leopold Zborowski esperaba que Amedeo pudiera ahora concentrarse en el trabajo. Para darle ánimos, en diciembre de 1917 le organiza una exposición en la galería de Berthe Weill, en la Rué Taitbout. Weill, una alsaciana “sin edad, obligada por su extremada miopía a llevar unas gafas semejantes a lentes de aumento… con su color apagado, su boca enojada y su delantal informe parecía un poco una beata y un poco una institutriz” (Crespelle, 1987), y era una de las figuras más originales del mercado del arte en aquellos años. Bien aconsejada, desde sus inicios expuso a Matisse, Picasso, Dufy, Utrillo, Derain y, naturalmente, a Modigliani.

El día de la inauguración, los desnudos expuestos suscitaron escándalo y la comisaría de policía que había delante de la galería amenazó con secuestrar los cuadros si no se retiraban inmediatamente. Por fortuna, la muestra no fue clausurada, pero Weill y Zborowski sólo lograron vender dos dibujos a treinta francos cada uno. Berthe, para no desanimar al artista, le compró cinco cuadros.

Entretanto, Modí seguía trabajando a un ritmo cada vez más intenso, pero su salud empeoraba y Jeanne confesó a su familia en marzo de 1918 que estaba encinta. Queriendo ayudar a la pareja, los Zborowski propusieron a Jeanne y Amedeo que pasaran el invierno en el sur de Francia. Marcharon todos juntos: Ana y Léopold Zborowski, Amedeo, Jeanne y su madre. Pero cuando los Zborowski volvieron a París la relación entre Modigliani y la madre de Jeanne se hizo cada vez más tensa, hasta que el pintor decidió trasladarse al hotel Tarelli, en la Rué de France. A pesar de la dificultad que suponía el tener que acostumbrarse a la luz fuerte del Midi, tan distinta de la parisiense, Modigliani aclara su paleta, trabaja en obras de mayores dimensiones y pinta algunos de los poquísimos paisajes que conocemos de él; Zborowski le proporciona una renta de unos cincuenta francos al mes.

Pasado el verano, acaba la I Guerra Mundial, que se había llevado a artistas como Franz Marc, Umberto Boccioni, August Macke y Olivier Hourcade. Sólo dos días antes del armisticio había muerto también Guillaume Apollinaire, víctima de la gripe española.

El 29 de noviembre de 1918 nació en Niza una niña, inscrita en el registro civil como Jeanne, el mismo nombre de su madre. Unos años después de la muerte de Modigliani y de Jeanne Hébuterne, Félicie Cendrars escribió a Eugenia Garsin que Modigliani había sido gran amigo de su marido, el escritor Blaise Cendrars, y que había frecuentado su casa de París: “Lo vi en Niza en 1918… Jeanne llevaba las trenzas alrededor de la cabeza, como una corona. La vi por última vez hacia Navidad, después de nacer la niña. Iban las dos a buscar una nodriza, porque ni ella ni su madre sabían qué hacer con la criatura. Estaba muy cansada, apenas tres semanas después del nacimiento”.

grandes pintores
Jeanne Hébuterne

Antes de abandonar Niza, Zborewski había confiado a Modigliani a su amigo el pintor Osterlind y el livornés pasará unos meses en su villa de Cagnes, cerca del Chemin des Golletes. Osterlind vivía desde hacía años en el Midi con su esposa, Rachel, “la bella Rachel de ojos de oro” (Modigliani, 1958), enferma de tuberculosis. Modigliani la pintó un día, sentada en una mecedora, con la cara blandamente apoyada en la mano derecha, en la misma pose en que aparece en una fotografía que se vislumbra en el fondo, sobre la repisa de la chimenea.

Según parece, Amedeo escapaba con frecuencia al control de estos amigos, que solamente bebían té, para acudir a una tasca en lo alto del Chemin des Golletes, donde se sentaba para beber un poco de vino y ajenjo. Se dice que hizo el cuadro Niña en azul enfurecido porque la muchachita encargada de las mesas de la taberna, en lugar de llevar al pintor un litro de vino, le sirvió una limonada. Cuenta Osterlind que iba a menudo a visitar al anciano Renoir, semiparalizado en una silla de ruedas y con la cara cubierta por una mosquitera. Según parece, Renoir detestaba las visitas pero aceptaba recibir a Modigliani.

Al parecer, en una de estas visitas, después de hablar un rato de pintura, Renoir invitó al livornés a su estudio para ver dos desnudos que acababa de terminar. “¿Ha visto mis desnudos?” -le preguntó Renoir- “Esos rosas, los rosas de las nalgas, los he visto, los he acariciado durante días…”. La respuesta de Modigliani fue: “No me gustan esas nalgas”, y se marchó dando un portazo.

El 31 de mayo de 1919 Modigliani está de nuevo en París, en la Rué de Grande Chaumiére; Jeanne, nuevamente encinta, y su hija se reúnen con él un mes después. Lunia Czechowska, íntima amiga de los Zborowski y de Modigliani, que la retrató varias veces, cuenta que en el poco tiempo que la hija de Modigliani estuvo en París, antes de ser enviada con una nodriza en el Loiret, fue ella quien se ocupó de la pequeña. Modigliani tocaba la campanilla por la noche, borracho, para saber cómo estaba su hija y cuando Lunia le decía que no hiciera tanto ruido se sentaba en los escalones delante del portal y luego se iba tan contento.

Modigliani empezaba a recoger opiniones favorables también fuera del ambiente parisiense: en 1919, Zborowski había organizado una exposición en Londres en la cual figuraban diez obras del livornés y los críticos ingleses Earp y Atkin habían acogido con entusiasmo su producción. En agosto de 1919, el pintor escribió a su madre para comunicarle sus últimos éxitos; ya estaba consumido por la tuberculosis, que lo mataría al cabo de seis meses. Un rollo de dibujos encontrado por su hermano Emanuele en el estudio después de su muerte atestigua que seguía dibujando retratos, pero sobre todo desnudos, en su mayoría masculinos.

Un día de enero de 1920, Kisling y Ortis de Zarate encontraron a Modigliani en la cama, en el gélido estudio de la Rué de la Grande Chaumiére. Junto a él, embarazada de nueve meses, estaba Jeanne Hébuterne; alrededor de ambos, restos de carbón, botellas de vino vacías y latas de sardinas abiertas. Lo llevaron al hospital el 18 y la tarde del 24 murió, rodeado de sus amigos.

“Cuentan algunos que, ya agonizante, Amedeo murmuró al buen Léopold yo ya estoy jodido, pero te dejo a Soutine (Modigliani, 1958).

Esa noche, el previsor Zworobski no quiso que Jeanne volviera a dormir a la Rué de la Grande Chaumiére y la llevó a un pequeño hotel. “Parecía tranquila -afirma su amiga Paulette, que la acompañó-. A la mañana siguiente, Jeanne volvió acompañada de su padre a ver a Amedeo, “se quedó en el umbral”, “no lo besó” y “lo contempló largo rato sin decir nada”. Por la tarde se dejó convencer por su padre y se fue con él a la Rué Amyot. A pesar de que su hermano la vigilaba, dos días después de la muerte de su compañero, a las cuatro de la mañana, Jeanne Hébuterne se arrojó desde el quinto piso. “Aquella muchacha, tan llena de talento, tan absoluta en su amor por Modigliani” (Quenneville, 1958), murió en el acto. Su “espíritu lúcido y escéptico” no resistió la pérdida de Amedeo.

Comenzó la leyenda; los relatos y las fantasías tejieron una gruesa cortina sobre la figura de Modigliani y sus obras empezaron de inmediato a ser objeto de falsificación. Sólo en décadas recientes, el tiempo y el trabajo de muchos han seleccionado un corpus de obras seguras. Maurice de Vlaminck, el fauve, escribió: “Modigliani era un aristócrata. Toda su obra es un poderoso testimonio de ello. Sus lienzos llevan todos ellos la marca de una gran distinción. Lo grosero, la banalidad y la vulgaridad están excluidos de ellos”.

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